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No nos olvidemos de Iguala

A dos años de la desaparición de 43 estudiantes en Iguala, México, todavía se reclama por la verdad. Teorías sobre lo que pasó hay muchas pero la versión oficial es descreída por varios investigadores del caso y familiares. Mientras tanto, el paso del tiempo se convierte en el gran enemigo ya que viene acompañado de la impunidad.

No es que no se ha hecho nada en los últimos 24 meses, sino que nada de lo realizado ha logrado esclarecer los hechos. Se han producido 130 detenciones, 422 resoluciones judiciales 850 declaraciones y 1651 actuaciones periciales. El expediente ya posee 240 tomos y un cuarto de millón de folios. A su vez, han dimitido de sus puestos dos investigadores importantes: el director de la Agencia de Investigación Criminal, Tomás Zerón y el titular de la Procuraduría General de la República, Jesús Morillo Karam. Este último, previó a abandonar su cargo, fue el que sostuvo la llamada "verdad histórica" que afirmaba que las víctimas fueron llevadas al basurero de Cocula para ser incineradas y después sus cenizas fueron arrojadas a un río.

No obstante, el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI)conformado por cinco especialistas designados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cuestiona fuertemente esta versión ya que las confesiones de los detenidos habrían sido obtenidas mediante la tortura y se les ha negado el acceso a militares para entrevistarlos, entre otras dilaciones, obstrucciones y bloqueos que sufrieron, y sobre todo denuncia que las "conductas omisivas de los funcionarios públicos" han quedado sin investigar, más allá del alcalde de Iguala y sus policías municipales,. A su vez, señalan el traslado de drogas oculta en uno de los autobuses tomados por los jóvenes como posible móvil del crimen.

Igualmente, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) manifestó que no había evidencias científicas ni biológicas que prueben que los estudiantes hubieran sido incinerados.

No hay ninguna respuesta real sobre lo que sucedió el 26 de septiembre de 2014, sólo teorías y ningún culpable. El paradero de los cuerpos es todavía otra gran incógnita, habiéndose sólo encontrado los de Alexander Moray (igualmente, el gobierno sostiene que encontró los de Jhosivani Guerrero y así lo confirmaron los expertos forenses de la Universidad de Innsbruck, en Austria, pero el EAAF lo ha desmentido y los familiares no lo creen aún).Lo único que no parecería dejar dudas es que hay una parte de México en donde grupos criminales hacen y deshacen a su placer, siendo capaces de matar a 43 personas e incluso desaparecerlas.

Iguala logró destapar a un alcalde corrupto y narcotraficante que gobernaba con total impunidad y a sangre fría, además de generar una serie de reclamos sociales por un fin a la convivencia con estos grupos. Es decir, generó que la indignación social fuera mayor que el miedo.

No debemos olvidar esta tragedia, sino que debemos sumarnos a los miles de estudiantes y miembros de organizaciones sociales que han salido a la calle este lunes para clamar por el esclarecimiento de los hechos y condena de los responsables en el país que fuera la cuna de la civilización Maya.

El caso puede parecernos una cuestión interna, un crimen atroz que México sólo debe resolver, pero el grito por justicia no recae sólo en esta nación ya que se produce como consecuencia de una de las grandes amenazas mundiales: el narcotráfico.

Iguala nos involucra a todos. Recordarla es la mejor forma de evitar que continúe impune. Recordarla es la única manera de que no nos suceda a nosotros. Recordarla es necesario para tenerla presente y hacerle frente a sus autores. Recordarla es la forma de salvarnos a nosotros mismos.

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