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Una historia que sigue vigente

MalalaYousafzai, un nombre que ha logrado quedarse en la cabeza de todos. No sólo por ser la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz en 2014, sino porque continúa portando la bandera que la puso en los ojos de todo el mundo: la educación de las mujeres.

Hoy no sólo lidera la fundación que lleva a su nombre y que lucha por lograr que más mujeres accedan a la educación, sino que además busca ingresar a la prestigiosa universidad de Oxford para terminar de formarse. Ganó una de las máximas distinciones del mundo pero eso no la hace creerse más.

Ella entiende que necesita estudiar, que necesita una educación universitaria completa y con este acto da un ejemplo a todos: no sólo predica que las chicas tienen que estudiar sino que además ella misma lo hace.

Malala se hizo conocida tras recibir un balazo por un grupo de talibanes en Paquistán en 2012. ¿El motivo? Defender el derecho a la educación de las mujeres, algo que para los talibanes está prohibido.

Desde entonces se ha convertido en un modelo a seguir que inspira a miles de chicas que se encuentran en situaciones similares a ella. Un caso es el de OmaimaHoshan, una refugiada siria en Jordania que busca con todos los medios a su alcance que sus amigas no dejen la escuela. En este caso, son las familias de estas jóvenes las que entienden que su mejor opción es el casamiento y no la escuela.

Y las estadísticas reflejan justamente esta realidad: la tasa de matrimonios integrados por un menor se ha elevado al 32% en el primer trimestre de 2014 entre los refugiados sirios que se han mudado a Jordania según ACNUR.

Hoshan tomó como guía en su lucha para evitar que las chicas del campo de refugiados que habita desde 2011 dejen la escuela en la autobiografía de la ganadora del Premio Nobel: Yo soy Malala.

No se trata entona sólo grupos radicales como los talibanes los que se oponen a la educación del sexo femenino, sino también de los que las mismas familias disponen en su casa. Hoshan y Malala entonces no luchan sólo contra creencias religiosas o culturales sino contra algo mucho más grande, las condiciones crueles de ciertos lugares.

Así es que en situaciones de guerra, de desplazamientos fruto de ésta, o de pobreza extrema parecería que lo mejor que se le puede ofrecer a estas chicas es el matrimonio, cuando en verdad, significa perpetuar su condición.

Por su lucha, Malala casi pierde la vida, pero el destino quiso que sobreviviera. Y cada día que pasa nos da más motivos para agradecer su presencia. Seguramente escucharemos muchas más cosas grandiosas de esta joven, y esperemos que con su trabajo contribuya a que las 31 millones de chicas que no acceden hoy a la educación empiecen a hacerlo.

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