Por Magdalena Vinacur - Abogada de Familia, especialista en Niñez, de Colón
La historia de Esteban es la de una vida sostenida en base al amor y la constancia. Nació con una discapacidad motora y neurológica y, desde entonces, fue su madre quien cargó sobre los hombros el cuidado, las terapias, los gastos y la incertidumbre. Durante más de 26 años lo hizo sola, ya que el padre se fue muy pronto y con él sus obligaciones, la crianza de Esteban y de sus dos hermanos menores recayó únicamente en ella.
Pero Esteban no es solo un diagnóstico o una necesidad económica. Son sueños, son pasiones, son música en el corazón y los colores de su club, Ñapindá, tatuados en el alma. Creció entre melodías y camisetas deportivas, con la sonrisa de quien elige celebrar la vida pese a todo. Su madre lo acompañó en cada paso, aún cuando el cansancio y el estrés parecían ganarle la partida.
Después de recorrer un largo camino de frustraciones judiciales, Esther se presentó en mi oficina, con su guardapolvo de docente y su cabello tan perfectamente arreglado, sus ojos estaban cansados, su alma aun confiaba y se conectó con la mía. Probamos una vía distinta: accionar contra el tío paterno de Esteban, apelando a la solidaridad familiar prevista en el Código Civil y Comercial. El caso no era común: ya no se trataba de un niño, sino de un adulto con discapacidad severa, cuya dignidad exigía una respuesta urgente.
Allí fue clave la mirada del juzgado de Colón, que con perspectiva de familia y discapacidad, ordenó la notificación al hermano del alimentante. Fue una decisión firme, que no permitió seguir postergando el derecho de Esteban. La reacción fue inesperada: el progenitor ausente, al ver que su propio hermano sería alcanzado por las consecuencias legales, decidió finalmente asumir su obligación. No lo hizo por iniciativa afectiva, pero lo hizo; la presión de la justicia y de su propia familia lo empujaron a cumplir.
Hoy Esteban tiene 32 años: todavía no se reencontró con su padre, a quien espera desde los 6 en el zaguán de su casa. Nunca estuvo solo, a su lado siempre estuvo su madre, que supo multiplicarse para ser sostén, guía y compañía. Sus hermanos, que con amor y silencioso sacrificio lo abrazan en la vida cotidiana; gracias a ellos, entre terapias, música y la magia del “verde”, Esteban pudo crecer con dignidad, demostrando que la verdadera solidaridad no se mide en obligaciones sino en la entrega del corazón.