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El libro es como la cuchara (*)

Umberto Eco comienza su libro sobre “Los límites de la interpretación” con la siguiente observación del obispo John Wilkins, del 1600: “Cuan extraño debió resultar este Arte de la Escritura en su primera Invención lo podemos adivinar por los Americanos recién descubiertos, que se sorprendían al ver Hombres que conversaban con Libros, y a duras penas podían hacerse a la idea de que un Papel pudiera hablar...”. Y a continuación trae el simpático relato de un esclavo indio que debía llevar a un cierto señor una canasta con higos junto con una carta. De camino se comió unos cuantos de los higos. Al llegar, el tal señor le recriminó porque la carta decía que había tantos higos y en la cesta había menos. El indio aquel no podía explicarse cómo el papel pudiera haberle hablado a aquel señor acerca de los higos.

Relaciono esta observación sobre una época tan arcaica, con una ilustración en un folleto educativo donde se ve a la maestra en un aula, sin pizarrón, y a cada chico en su mesa con la netbook abierta, menos uno, y otro lo seña exclamando: “¡Seño! ¡Seño!, ese chico escribe con cuaderno y lápiz!”

Ustedes que hoy egresan, se habrán encontrado o se encontrarán posiblemente con casos de regreso a una época arcaica en la que ya no se comprende cómo sea posible conversar con libros. Y sí, porque para qué preocuparse por los libros, ya que en Internet está todo, y para qué aprender la ortografía, ya que la computadora corrige automáticamente los errores.

Pero no todo es tan simple. Como el caso que cuenta una maestra en una nota en Clarín del miércoles 18 de setiembre pasado: una nena prefería consultar la Real Academia Española online, pero muchas veces no obtenía respuesta. Obvio, la nena ingresaba la consulta con errores de ortografía.

No es que esté en contra de la tecnología, más bien tenemos que alegrarnos que se aumenten nuestras posibilidades. Pero es significativo que en la edición del Diario arriba indicada, la Directora de Currículum y Enseñanza del Ministerio de Educación porteño, Gabriela Azar, diga que “Hay una sensación generalizada de que la ortografía pierde lugar porque los chicos escriben cada vez menos con papel y lápiz. Se trata de una discusión sobre los nuevos formatos de comunicación y la tecnología”.

Y en lo que se refiere al libro, Umberto Eco, en “Nadie acabará con los libros”, publicación conjunta con el dramaturgo Jean-Claude Carrière, opina que el libro no va a desaparecer por más internet y tablets que aparezcan, por varias razones, porque “El libro es como la cuchara, - dice - . Una vez inventado no se puede hacer nada mejor”. Pero docentes y especialistas aseguran, sin embargo, que “aunque los chicos leen y escriben más –por el uso de Internet, las redes sociales y mensajes de texto– tienen cada vez menos contacto con textos de calidad y con las reglas ortográficas, porque van poco a los libros.” Uno de los resultados no deseados de la falta de lectura es la gran dificultad para organizar los escritos y la comprensión de textos. De allí que lo que decimos sea importante tanto para los docentes como para los comunicadores sociales. Hablando de comunicadores Pedro Luis Barcia, hace ya diez años decía en un reportaje en el diario La Nación: “La libertad de expresión es una mentira cuando las personas carecen del vocabulario apropiado para expresar con precisión lo que piensan”. Y volvió sobre el tema en noviembre del año pasado, en el mismo Diario: "Cuando no hay capacidad de expresión se achica el pensamiento. Lo vemos todos los días con jóvenes que no leen, que no saben escribir correctamente y terminan con un lenguaje empobrecido. Y ese empobrecimiento intelectual y verbal le hace muy mal al sistema democrático".

Estos diagnósticos terminan indefectiblemente por apuntar a la escuela. Esto es un gran desafío, sobre todo para los docentes. No es cuestión ciertamente de quejarnos de nuestro presente y añorar épocas pasadas. Dice san Agustín que siempre pensamos que en tiempos de nuestros padres se estaba mejor, pero lo curioso es que nuestros padres pensaban lo mismo. De modo que es cuestión de poner manos a la obra, agudizar el ingenio y fortalecer la voluntad, porque es tiempo de construir, tiempo, por lo tanto, de esperanza.

Termino así con unas palabras del Papa Francisco, en la entrevista que le hicieron en la revista jesuita La Civiltá Cattolica. Cuando se le pregunta si debemos ser optimistas, el Papa, como antiguo profesor de Literatura, responde que prefiere hablar de esperanza, pero no una esperanza al estilo del primer acertijo de la ópera Turandot de Puccini. El P. Spadafaro, que hace la entrevista, explica que la referencia alude a un fantasma que de noche “Sube y despliega las alas / sobre la negra, infinita humanidad”, pero que se esfuma con la aurora; que cada noche nace y cada día muere! Es decir, son voces que revelan el deseo de una esperanza que, sin embargo, resulta ser un fantasma que se desvanece.

“Pues bien – continua el Papa - , la esperanza cristiana no es un fantasma ni engaña. Es una actitud teologal y, en definitiva, un regalo de Dios que no se puede reducir a un optimismo meramente humano. Dios no defrauda la esperanza ni puede traicionarse a sí miso. Dios es todo promesa.”
Que estas palabras nos sirvan entonces de guía.


(*) El Presbítero Licenciado Alfonso Frank pronunció estas palabras durante la Colación de Grados del Instituto de Profesorado "Concordia". Más información en www.ipconcordia.com.ar

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