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Reflexiones acerca de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II

Ante la canonización de los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II creo oportuno hacer algunas breves reflexiones acerca de su significado.

Ante todo se ha de saber que se canoniza a la persona, no a sus ideas, doctrinas o decisiones. Un ejemplo de la historia puede ser san Roberto Belarmino (siglo XVI), que concebía a la Iglesia como una sociedad perfecta, tan visible como la “República de Venecia”. Concepción luego superada por una comprensión más cabal de la Sagrada Escritura y de la Tradición que viene de los Apóstoles, y que confluye en el Concilio Vaticano II, donde la Iglesia es definida como comunidad espiritual de comunión con el Padre, por Jesucristo en el Espíritu Santo” (el “misterio” de la Iglesia), que se conforma como pueblo en este mundo.

De allí que Juan Pablo II, en el año 2.000, haya dicho que “la santidad se vive en la historia, y ningún santo está exento de las limitaciones y los condicionamientos propios de nuestra humanidad … al beatificar a un hijo suyo, la Iglesia no celebra opciones históricas particulares realizadas por él; más bien, lo propone como modelo a la imitación y veneración por sus virtudes, para alabanza de la gracia divina que resplandece en ellas.

En este sentido vienen bien las palabras de Loris Capovilla, de 98 años, secretario personal de Angelo Roncalli (Juan XXIII), en una entrevista en la casa que había sido del Papa Juan: “A menudo vienen aquí multitudes de niños y niñas, y vienen a la casa de Papa Juan, que es un santo, y no lo dicen hoy a la vigilia de la canonización, sino desde hace muchos años; a veces hay también niños y niñas musulmanes, y yo hablo con ellos sobre el corazón del papá, o, si prefieren, del abuelo. Pregunto: ¿sabes a qué edad murió Papa Juan? Te lo digo yo: tenía 81 años y seis meses. Pero tengo que decirles una cosa: no vi morir a un hombre viejo de 81 años, vi morir a un niño, porque tenía los ojos espléndidos como los tuyos, y una sonrisa en los labios que era como la tuya, expresaba una bondad que sube desde lo profundo del corazón”. Capovilla citó al respecto a Georges Bernanos, para quien “los santos son los que nunca han salido de la infancia, pero esta condición la han ido madurando poco a poco según la medida de la vocación recibida y de la misión que se les encomendó”. (Andrea Tornielli y Iacopo Scaramuzzi, Vatican Insider, La Stampa, 25.4.14). De allí que Juan XXIII haya sido considerado Padre y Pastor y “Juan el Bueno”.
Para nosotros, en concreto, Juan XXIII tiene una significación especial, ya que fue el que erigió la Diócesis de “Concordia”, y su primer obispo, Mons. Ricardo Rösch, puso al Instituto para menores desamparados, su primera obra social, bajo el amparo de “Juan XXIII”.

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