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¡Ya no se puede salir a la calle!

Inseguridad y delito, ellos y nosotros, todos podemos ser víctimas.

En Concordia, el asesinato de Esteban Alanís pareciera haber despertado a una comunidad dormida por el desánimo.

Todos los miércoles a las 21hs. una marcha en silencio se realiza desde la Plaza Urquiza. Basta de quejarte por la inseguridad. Se parte de los cambios posibles.

Si bien en nuestro país la inseguridad en general hace referencia al delito, especialmente al robo-asesinato y a la violación-asesinato, en el imaginario social, “todos podemos ser víctimas”, es una posibilidad, pero no podemos vivir paralizados, sintiendo la impotencia de que nada podemos hacer para modificar esa situación.

El discurso de la inseguridad intenta construir la oposición: nosotros/ellos.

Las personas que se sienten en riesgo tienen la certeza de que tarde o temprano, sin necesidad de hacer cálculos de probabilidad, serán víctimas.

Y éste es el principal logro del discurso de la inseguridad; el habernos convencido de que estamos en riesgo sin ninguna valoración de las probabilidades.

Ellos, los otros, los victimarios, son los que transgreden la ley y pisotean el bien común, el orden, la paz, el progreso y hasta la vida misma. El problema es que ellos, los delincuentes, no son sólo los declarados culpables por la Justicia, sino también los sospechosos de haber cometido algún delito y los que por cualquier motivo nos intimidan.

A decir verdad, nosotros no les tenemos miedo porque son delincuentes; considero que, porque les tenemos miedo, creemos que son delincuentes.

En otras latitudes, la inseguridad está referida a la inmigración, al terrorismo o a los carteles de la droga. En nuestro país, a pesar de los atentados a la AMIA y a la Embajada de Israel, no está instalada en la opinión pública la inseguridad en relación con el terrorismo, ya que quienes corren el riesgo de nuevos atentados, se supone, no somos “todos” sino solo los que están ligados a instituciones de la comunidad judía.

“¡Ya no se puede salir a la calle!”, se dramatiza. El discurso de la inseguridad destaca lo que falta y denuncia la impotencia de la ley, de la ley escrita y de la fuerza de la ley, la materializada en jueces, policía y sistema penitenciario, la que debiera proveernos de lo que tanta falta nos hace.

Los delincuentes no son necesariamente pobres, ni los pobres están condenados a ser delincuentes.

Los trabajadores y los desempleados también son victimas de robos, violaciones y asesinatos.

Son poseedores de un cuerpo, de fuerza de trabajo, de hijos amenazados, de bicicletas, de motos, de esperanzas de una vida mejor. Esa es la riqueza que ellos quieren asegurar.

Con sólo abrir las orejas se podrá verificar que el discurso de la inseguridad está diseminado en todas las clases sociales y no, como a algunos les gusta creer, exclusivamente en la clase media.

El discurso de la inseguridad es un problema político del cual el Gobierno debe hacerse cargo sin confundirlo con las estadísticas sobre criminalidad.

El artículo 3ª de la Declaración Universal de los Derechos Humanos sostiene que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y la seguridad de su persona”. Este es el principio de una política posible.

El gobierno nacional lleva adelante una política, en relación con las Fuerzas Armadas, que tuvo como uno de sus ejes a los derechos humanos.

¿Cuáles son los impedimentos para lograr una política en relación a las fuerzas de seguridad?

No hay recetas únicas, pero sabemos que lo importante es diagnosticar el problema, para identificar el modo de abordarlo.

Que una acción no es eficaz, sino se articula como parte de una estrategia.

Que las estrategias deben ser pensadas más allá de un periodo de gobierno.

Por ultimo, que la participación interinstitucional y ciudadana es clave para el éxito.

Tenemos en Brasil un ejemplo claro de abordaje de esta problemática, con la pacificación de las favelas en Río de Janeiro. Se necesita decisión político e inversión.

Hasta nuestro próximo encuentro.

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