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¿Unidad?

Cada vez más, a los armadores y líderes políticos les cuesta afianzar un espacio auténtico y puro, bajo una consigna política clara. El objetivo central en todos los casos es conseguir la unidad, pero ¿cuál es el costo de lograrla?; por caso, ¿cuáles son las propuestas que acompañan la decisión de unificar voluntades, más allá de las diferencias?

En Entre Ríos el dilema corre tanto para el oficialismo como para la oposición. Si algo va a arrojar como certeza el presente año electoral es que el desorden y las idas y vueltas han estado a la orden del día. En ningún espacio se logró amalgamar una lista que surgiera del verdadero consenso, aunque en pleno se hayan esforzado por convencernos de ello.

Reforma Electoral aparte, las causas han sido diversas. En algunos se aduce la falta de tiempo y negociaciones que se fueron dilatando; en otros, ha reinado la vanidad del querer ser para luego, a la larga o a la corta, chocar contra la inmensa pared del No o simplemente negociar un cargo para su propia supervivencia. También hubo dirigentes -vale aclararlo-, que han tenido que dar un paso al costado por una causa mayor, a pesar de no representar su deseo personal.

En sí, hubo tantos candidatos como posibilidades de pagar una gigantografia en la vía pública. Así, en total largaron más de 10 precandidatos a gobernador y muchos más para disputar las principales intendencias. Actualmente estos se redujeron a menos de la mitad. Un quilombo.

En este plano resulta una obviedad decir que la construcción política no es para nada sencilla, pero no está mal recordarlo. Tanto para el gobernador Urribarri como el resto de los dirigentes con chances serias de disputarle el poder, les ha costado sangre, sudor y lágrimas congeniar una lista que deje conforme a la mayoría. No obstante, en ambas veredas muchos han sido los heridos y se han contado por decenas. Algunos optaron por aceptar las condiciones y otros decidieron posicionarse en el mercado de pases.

¿Y las propuestas?

Quizás estemos en presencia de una costumbre malsana. Otra vez, en la banquina han quedado las propuestas de campaña concretas, de base programática. Por descuido o por restarle importancia, la gran mayoría se ha dedicado a expresar generalidades e ideas a grandes rasgos, tanto aquellos que han tenido responsabilidad de gestión como quienes manifiestan un cambio. Los menos eligieron tres o cuatro puntales para presentar su plataforma. Se verá si alcanza.

Ninguno muestra sus cartas del todo y se duda si se darán a conocer en profundidad. Sea cual fuere la razón, la campaña actual se mantiene prácticamente vacía de contenido, lo que significa que la gente queda automáticamente fuera del juego al no ser incluida en el diálogo. Todo se ha resumido a frases ligadas más al marketing político que a una cuestión propositiva e inclusiva en cuanto al contenido en sí.

De un lado proponen continuar el camino; del otro se afianzan a la idea del cambio. En ambos casos se conoce más el qué pero no tanto el cómo. El riesgo latente es que la disputa obstaculice el camino de la política como vehículo social, que sin un propósito colectivo queda expuesta a ser motor del fracaso.

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