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Apostar

Ella no entendía por qué él le dijo eso. Algo así tan cruel, tan desestabilizador, parecía que su única intención era derrumbar sus planes para que terminen estando juntos. Sol disfrutaba estar con él, y de hecho lo quería un montón, pero ella ya tenía planificada una vida con su ex y jugársela por lo desconocido era demasiado arriesgado.

Se alejó de la plaza por el camino central, mirando para abajo y pensando si lo que había hecho estaba bien. Contaba las baldosas de la vereda del banco como intentando distraerse, pero unos metros más adelante la trama del piso pasó a ser de un cuadriculado milimétrico y ya no tenía sentido seguir enumerando. A pesar de ello, siempre terminaba encontrando algo que la distraía y que le hacía el favor de no dejarla pensar en la decisión que acababa de tomar.

Mirando los árboles de la calle, prestándole atención a libros de vidrieras que nunca se había dignado a repasar, saludando gente que no conocía… Así Sol llegó a su casa como si nada hubiera pasado, o al menos de eso se intentaba convencer.

Abrió la puerta, dejó las cosas tiradas en la cocina y se acostó. Tenía pensado mirar Facebook con el celular, pero se le quedó sin batería. En ese momento miró el techo y supo que no le quedaba otra que reflexionar.

¿Iniciar algo nuevo? Nunca conoció nada de eso. Toda su vida la pasó junto al mismo hombre, y se amaron tanto por tanto tiempo que hablar de su adolescencia y hablar de él eran sinónimos. Sin embargo, algo fue cambiando y el amor que le tenía dejó de estar tan presente. Sol nunca supo por qué, y por eso no le tomó importancia. El conocimiento empírico siempre estuvo primero en ella, y hasta que no sepa qué le pasaba no iba a sentenciar nada.

“Me voy a Córdoba a trabajar”. Deberían haberle sonado más duras. Sol comenzó a preguntarse si el significado de las palabras siempre es el mismo o si varían dependiendo del que las escucha. Simuló tristeza, lo abrazó, lo besó y hasta lloró… Todavía conservaba sus dotes de actriz. Andrés se creyó la desazón de la bella morocha y ambos partieron en llanto, acostados en el sofá mientras lo que decía el noticiero se perdía en el aire del pequeño departamento.

Una vez que Andrés partió, Sol volvió a su casa y quedó pensativa en el sofá marrón, que ocupaba prácticamente todo el pequeño living. Nunca se dio cuenta de lo mal puesto que estaba, probablemente porque nunca tuvo tiempo para disfrutarlo. De hecho, el enorme esfuerzo que tuvo que hacer para pasar por el pasillito que dejaba el diván la hizo pensar por un momento que estaba gorda.

Sol quedó mirando el cielo raso de madera, pensando en lo que significaba la partida de Andrés. Lo único que sentía era libertad, tranquilidad, esa extraña sensación de no tener que rendirle cuentas a nadie. Sin embargo en seguida reprimía esos sentimientos: si bien habían elegido separarse porque las relaciones a distancia no tenían sentido, él aún la seguía amando y para ella eso era motivo suficiente como para seguir cumpliéndole.

Siguió con su rutina de todos los días hasta que llegó el preciado fin de semana. En algún momento se preguntó si era realmente sano tener tan ocupada su agenda, pero más adelante se convenció de que era mejor así, para valorar más los días libres. Además, con esa horita libre al día que tenía le alcanzaba, no tenía mucho que hacer.

Ese domingo se juntó en su casa con sus amigos a comer algo y divertirse de manera tranquila. No eran muchos, habrán sido 6, y entre ellos había un chico nuevo, la antítesis de todo lo que ella quería para su futuro. Todos se divertían y hablaban en torno a la mesa redonda, sentados en cajones y demás sillas improvisadas ya que en el departamento solo había asientos para Sol, Andrés y un par más por las dudas.

Pasaba el tiempo y no podía dejar de mirarlo, no entendía por qué. Era callado, tranquilo, ni siquiera era lindo y menos con facha. Quizás era demasiado llamativo su tono de voz y eso era lo que la tenía atrapada, quizás. Lo cierto es que se quedó muy callada durante toda la noche, hasta que los chicos aseguraron que habían traído para jugar al poker.

Ya sabía más o menos las reglas así que no hubo mayores demoras en arrancar. El pozo de $100 cada uno era poco para ella, aunque realmente se preguntó si valía la pena arriesgar ese centenar. Las manos que le tocaban eran buenas así que, fiel a su estilo, apostaba de manera normal.

Apenas la morocha mostró agresividad los demás perdieron la confianza en sus manos, todos salvo Santiago. Ese que le llamaba la atención no sólo le siguió el juego sino que le subía tres veces la apuesta. Sol estaba contenta con su par de J en mano, pero el flop había arrojado un par de 9 y era muy probable que su contrincante tenga trío. Decidió ser cautelosa ante todo, y antes de perder más fichas se fue al mazo.

El tiempo pasó y Sol nunca entendió cómo cada vez tenía menos dinero si nunca arriesgaba más de lo necesario. Cada vez que intentaba hacer una suba Santiago se la replicaba a un valor exorbitante, obligándola a abandonar la mano, y cuando ella se animaba a seguirle el juego se enteraba que la mano del nuevo era infinitamente superior. Cada luz que perdía y cada mano al fold le hacían preguntarse más y más que estaba pasando, por qué estaba por quedarse afuera. Ella jugó a lo seguro, conservando lo que ya tenía, y sin embargo en dos manos más tuvo que entregar sus últimas fichas verdes al ganador. Nada tenía sentido, y por ello recurrió al chivo expiatorio infalible de aquellos que no comprenden la realidad: la mala suerte.

Las botellas de vodka y gaseosa quedaron en la pileta cuando todos se fueron. Sol decidió, por primera vez en varias semanas, dejar la limpieza para el otro día. Se permitió liberar todo su peso sobre el verde acolchado y, antes de dormirse al instante, se preguntó qué fue lo que pasó, y de donde salió ese pibe.

Vio que le había aceptado la solicitud de amistad y apenas lo vio conectado le habló. La rareza del chico cada vez era mayor, ya que se supone que el hombre apenas conoce a una chica que le interesa al otro día le envía solicitud de amistad. En este caso Sol esperó tres días hasta que se dignó a enviarla ella, y a los cinco minutos ya eran amigos.

Chatearon un rato, y media hora de charla ya le fue suficiente para comprobar que estaba en lo cierto: ese pibe no era normal. Tardaba en responder, hablaba como si no le importara caerle bien e incluso le dijo que pasaba su tiempo de sobra jugando a los jueguitos. Estaba a punto de decirle “estás fallando como hombre”, pero algo le decía que no tenía que caer en los prejuicios. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió intrigada por alguien.

No tardaron mucho en salir, aunque fue gran parte gracias a ella que le insistió para hacer algo. Quedaron en ir al cine, pero el boludo llegó diez minutos después de que la puerta haya cerrado; igualmente ella no tenía mucho para decirle porque acababa de bajarse del colectivo. Decidió fingirle un enojo por haber llegado tarde, y por ende se aseguró de mirarlo mal apenas establezcan contacto visual. Sin embargo, la cara de “chupame un huevo” de Santiago hizo perdurar dos segundos el planteo malvado y enseguida ambos se sinceraron.

El pensar un plan nuevo los obligó a entablar una charla mientras caminaban, y estuvo tan interesante que llegaron hasta el final del centro sin darse cuenta. Iban a seguir en la misma senda, hasta que Santiago puso los pies en la tierra y dijo para ir a comer algo.

El callado no resultó ser tan callado, de hecho las charlas eran tan entretenidas que ni se dieron cuenta que los sacramentos tardaron como 40 minutos en salir. El nuevo le terminó cayendo tan bien que en un momento casi se le cae la comida y ella se rió, en vez de cagarlo a pedo como haría con cualquier persona. Sol no entendía que carajo pasaba, pero se dejó llevar por el momento y prefirió disfrutar más y preguntarse menos.

Habían pasado cinco días desde que se fue Andrés y Sol ya casi se había olvidado de él. La pasó tan bien abrazando a Santi que lo de que alguien la amaba a la distancia pasó a un segundo plano. No sólo eso, sino que ya se sentía soltera, ya se sentía libre y ya percibía esa bocanada de aire fresco, ese no tener que cumplirle a nadie. Sol se despertó para ir a trabajar, y ni el sueño por haberse acostado tarde le pudo desdibujar la sonrisa con la que arrancó el día.

Siguió chateando con Santi y al fin de semana próximo volvieron a salir. Esta vez sin caballerosidades, sin invitarla a comer; esta vez fue una salida normal y sincera. El motivo por el que se sentía atraída por él era tan ilógico como el helado que se estaban tomando, en pleno invierno y con una sensación térmica que rozaba los 5°.

Volvieron a pasarla bien, otra vez se rieron toda la noche, nuevamente caminaron abrazados. Sol intentó en sobremanera encontrarle algo a Santiago que no sea positivo, pero estaba tan atravesada que por arte de magia todos sus defectos se transformaban en virtudes. Encima ni siquiera la distancia lo evitaba: ambos amaban chatear entre ellos, la pasaban realmente bien.

Tantas cosas positivas parecían que iban a mejorarle la vida, pero lo único que generaron en la feliz soltera fue miedo. Acababa de finalizar una relación larguísima que la tuvo atada todo el tiempo y ya se estaba metiendo en algo importante con otro chico. El miedo a recurrir al error la hizo hacerse más fría con Santiago, que no entendía nada de lo que pasaba pero seguía igual que siempre.

El único objetivo que se puso Sol para ese entonces era lograr que el callado la odie, y estaba perdiendo por goleada. Cada intento de marcar distancia era colapsado por las ocurrencias de Santiago, que no daba ninguna por perdida y seguía intentando aún sin saber que le pasaba a la chica que le encantaba. Esto la atrapaba cada vez más: era como si él supiera exactamente qué es lo que quería hacerle, y no se dejaba vencer. Sol no pudo mantener más sus intentos y no quiso lastimarlo, así que simplemente no le habló más. Y para no caer en la tentación, lo bloqueó.

Dos semanas más tarde, la puerta blanca del departamento estaría casi en igualdad cromática con la cara de Sol al ver que Andrés estaba de nuevo. Completamente entristecido, el joven le pidió infinidad de perdones por haberla abandonado, y juró que nunca volvería a hacerle algo así a la mujer que ama. Esta vez no hubo títulos teatrales que valgan: el regreso la desarmó.

Tardó un par de días en encontrarle el lado positivo a la llegada de su ex: al menos ahora tenía una excusa para dejar a Santiago. El callado tardó tres días en enterarse que Sol lo había bloqueado, y cuando lo supo en vez de preguntar decidió no hablar. Después de todo, el haber sido ignorado así fue un mensaje tan contundente como inexplicable.

Andrés estaba tan entusiasmado con el regreso que incluso le pidió a su novia que lo acompañe a un partido. Ella accedió, pero tras unos minutos de observar el aburrido encuentro de fútbol 5 decidió irse a la plaza a mirar los árboles y a pensar que estaba haciendo de su vida. La sesión filosófica no fue muy profunda: fiel a su estilo, los gorriones y palomas que revoloteaban por el parque captaron su atención al completo, tanto que ni percibió al que se sentó a su lado.

“Holu”. “Hasta para saludar es raro este pibe”, pensó tras no poder ocultar la sonrisa que le generó el particular inicio de la conversación. Sol no podía recordar qué era lo que estaba pensando, pero sí estaba segura de que lo que más deseaba era que aparezca Santiago así de improviso, fiel a su estilo impredecible, y estaba segura de ello porque lo imaginaba a cada momento.

La chica pudo observar con facilidad lo difícil que se le hacía a Santiago no preguntarle lo que pasó. Enseguida notó que estaba vacío, como si no encontrara el rumbo, como un ciego al que le quitaron el bastón. La simpatía de siempre estaba ahí, pero el alma estaba tapada por algo que no la dejaba relucirse como solía pasar.

Sol interrumpió las charlas casuales de Santiago de la manera más notoria posible, para hablar exclusivamente de lo que ambos querían discutir. “Volví con mi ex” fueron las palabras exactas de la morocha, que fue testigo inmediato de la cara de resignación del callado. Los dos se quedaron mirando hacia la nada misma en uno de los silencios más largos que Sol pudo recordar. “Sí, ya sé, soy una pelotuda”, se animó a sentenciar. “Sos una pelotuda porque vos querés”, se escuchó como respuesta.

Santiago procedió a sentarse chinito, y tras una breve pausa miró a Sol y le preguntó: “¿No te sentís vacía? ¿No sentís que hay algo en vos que te dice que estás haciendo algo mal?”. Ella no supo qué responderle. En otro momento le hubiese dicho que no, pero el ver por primera vez al joven hablando en serio la hizo dejar a un lado las mentiras para hablar frente a frente.

Sol no entendía cómo ese pibe podía saber exactamente lo que ella sentía. Su ser era un testigo permantente del conflicto entre la cabeza, que le hacía pensar en no dejar a la persona que la ama, y el corazón, que no soportaba un minuto más junto a Andrés. Ese tiempo que pasó junto a Santiago fue único por más que haya sido ínfimo, y no sólo por él sino por el sentimiento de libertad que la invadió durante esos días.

Había dejado al nuevo por querer estar sola, y sin embargo unos días después estaba de regreso con el ex. Cada palabra del chico de remera azul era una revolución que sacudía los cimientos de la chica organizada, que poco a poco estaba volviendo a la rutina que tanto odiaba pero anhelaba por costumbre.

Toda la charla fue demasiado para ella, y lo peor fue que sabía que Santiago tenía razón en todo. Por eso no atisbó a discutir nada ni a justificar ninguno de sus pensamientos. ¿Valía la pena arriesgar lo que tenía por un pibe que conoció poco y nada? Si dejaba a Andrés y después de no tenerlo se daba cuenta de lo que se perdió, ¿Estaría dispuesta a perdonarse? ¿Qué le aseguraba que alejarse de aquél que estuvo toda la vida con ella y que estaba dispuesto a todo le iba a dar la felicidad? El empirismo y la necesidad de pruebas se apoderaron de la mente de Sol, que finalmente se decidió y eligió un camino.

Unas horas más tarde, Andrés ya había vuelto del partido y estaba acostado junto a ella. Sol siguió mirando el cielo raso de madera, preguntándose y dudando si su decisión fue la correcta.

Entonces la morocha se preguntó cómo hizo para sentirse tan triste si nunca arriesgó más de lo necesario. Cada vez que alguien le proponía un cambio que atentaba contra su orden habitual, lo rechazaba y mantenía firme su estructura. Cada noche junto a Andrés y cada año que pasaba le hacían preguntarse qué estaba pasando, por qué cada noche la encontraba en el baño llorando. Ella jugó a lo seguro, conservando lo que ya tenía, y sin embargo en un par de meses se sintió la persona más solitaria del mundo.

Nada de lo que sentía tenía sentido, pero en vez de seguir ahondando en sus interrogantes recurrió al chivo expiatorio infalible de aquellos que no comprenden la realidad: la mala suerte.

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