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Arroyo Concordia: una perla escondida

Miércoles. Llovía excesivamente durante la siesta. Ya me venía preguntando hace mucho (cantidad medida en años) qué había atrás de los barrotes negros que cerraban el paso a esos caminos que, muchas veces a mitad de cuadra, aparecían cerca del centro. Lo más raro era que, a pesar de su ubicación geográfica, muchas personas desconocen su existencia y que en ese lugar antes estaba el Arroyo Concordia.

Ese curso de agua fue durante años parte del día a día de los vecinos instalados al oeste del centro. Similar al Manzorez (ubicado unos kilómetros más al este) pero de menor extensión y caudal, el "arroyito" nacía en algún lugar cercano a la escuela San Martín y atravesaba toda la ciudad, hasta desembocar en el arroyo Yuquerí luego de atravesar la actual planta de bombeo de la Defensa Sur.
Pero yo nunca vi el agua correr a través de la ciudad. Lo único que conoce mi vista es el pintoresco caminito de cemento cuyo ancho apenas alcanza a permitir el ingreso de un auto. Y las rejas. Siempre las rejas. Amainó la lluvia pero no el cierre del paseo, a pesar de cada cuadra recorrida en la zona.
Ya la noche se había acomodado cuando finalmente pude hallar el único camino abierto al público que recordaba: el ubicado entre Bernardo de Irigoyen y San Martín, al lado de la estación de servicio.

Quizás su apertura sea la principal explicación a las pésimas condiciones en la que se encontraban los ornamentos del paseo. Los bancos, si tenían maderas, estaban podridos, los faroles sucios y faltos de mantenimiento y las paredes llenas de graffitis de poco esfuerzo, más en busca de ponerle nombre a la pared que de embellecer el lugar. Al menos estaba abierto, aunque de un solo lado: por San Martín la salida está cerrada con los famosos barrotes negros. Básicamente, se podría resumir en que el único tramo disfrutable para todos está disponible porque Shell necesitaba el espacio.
Salí de la oscuridad y crucé Bernardo de Irigoyen para mirar el último tramo de la jornada, ubicado entre esa calle y Quintana, antes de volverme a casa. Quedé observando frente al enrejado la tenue luz del farol que se dejaba entrever desde la vereda, hasta que percibí una silueta oscura que salía de uno de los portones que daban a la callecita. Veía tan poco que no sabía si se trataba de una señora o de un señor, así que sólo atisbé a un "Hola" para llamarle la atención.
Me hizo señas que fueron inentendibles para mí, así que le pregunté a voz media si se podía acercar. Me quedó mirando, giró y se perdió entre el camino. A los dos minutos, se aproximaría a mí acompañada de una pequeña perrita.

Le comenté mi idea, mi deseo de conocer esos senderos a la vista de todos pero conocidos por casi nadie, y me entendió a la perfección: "yo te abro la reja si querés, no hay problema, pero no tiene mucho sentido que pases si está todo oscuro", me respondió. Tras esa oración acordamos una charla a la siesta del día siguiente y me volví feliz a mi casa.


Primera cuadra: privados
El jueves pareció un día completamente aislado al anterior: el sol era radiante y la temperatura agradable, sin una nube en el cielo: un día perfecto para sacar fotos. Apreté el botón del portero eléctrico y, después de un momento, la señora apareció por el sendero. Me saludó y abrió las rejas de ese lugar que tanto quería conocer.

Mientras caminábamos a paso lento, contó que desde la década del 90' se buscó convertir al arroyo en un atractivo turístico y una obra de mayor comodidad para los vecinos, pero que recién a principios del 2000 se llevó a cabo el entubamiento. Tomó varios meses, alrededor de dos años, finalizar la construcción, que tramo a tramo avanzaba desde avenida San Lorenzo hacia el sur. A cada cuadra terminada los constructores pasaban por las casas aledañas preguntando a los vecinos si preferían el enrejado o la apertura, a lo que todos prefirieron la seguridad. Erigidos los barrotes, cada propietario de un terreno contiguo al paseo recibió una copia de cada candado.
Una muestra de la seguridad que implementaron los vecinos
Foto: Una muestra de la seguridad que implementaron los vecinos
Le pregunté, iluso en la moda de la ecología, si prefería el frío cemento al agua corriendo, y me dijo que el paseo es mucho más hermoso que lo que era el cauce. A mi derecha, con la tranquilidad de los ancianos, la pequeña perrita recorría el paisaje, como todos los días según la dueña. Los tres éramos los únicos que transitábamos por el lugar, cuyo silencio sólo se veía interrumpido por el griterío que salía de una de las ventanas de la cancha de fútbol 5 contigua.
Confieso que ingresé a la idea del reportaje deseando denunciar lo difícil que es conocer esa pieza potencialmente turística de Concordia, pero me bastaron unos minutos en el paseo para entender el por qué de las rejas. Es que pasar por la callecita era ver el patio de atrás de cada vecino, era ver su portón, era observar el pasto de su fondo. Era saber que auto tenía, si tenía niños, perros, si cuidaba su jardín, si le importaba mucho o poco la seguridad de la casa. Era ver el día a día de todos, la parte que no se ve de los concordienses; era subirse al tren de Buenos Aires pero sin bullicio, sin ruido. En paz absoluta.

Más tarde me dijo que no le gustaría que el parquecito esté abierto completamente al público, y menos que menos como atractivo turístico. Con su justificación posterior asomó otra arista: cuando desde la Municipalidad realizaron la obra prometieron que se harían cargo del mantenimiento de faroles, veredas, cordones y pasto. Tal lo esperable en este país, eso nunca sucedió, y no sería conveniente abrir un paseo para todo público que tengan que mantener los vecinos.

Sin embargo, y a pesar de que el estado nunca se presentó, el cuidado que tenía el lugar era hermoso. Los árboles adornaban la vera del camino, los faroles estaban en perfecto estado y los bancos relucían un blanco perfecto. Hasta los graffitis eran artísticos y, a su manera, embellecían el paseo. Cada cosa linda fue hecha por ese vecino que deseaba que su patio de atrás sirva de musa inspiradora para el día a día.

La mujer me dejó la llave, pidió que se la devuelva cuando esté por irme y se fue adentro junto a su fiel compañera. A solas, me dediqué a fotografiar todo lo que pude.
¿Estará así alguna vez?
Foto: ¿Estará así alguna vez?
Segunda cuadra: público
Después de un rato cerré el candado, devolví la llave y volví a pasar por el costado de la estación de servicio. La luz del sol no arregló los bancos, pero sí reavivó la belleza de los colores y dejó aún más en evidencia la diferencia entre un paseo privado y uno público. Avancé un poco para reencontrarme con los lugares que había fotografiado en la oscuridad.
Unos metros más adelante, dos adolescentes aprovechaban la hermosa tarde para tomar unos mates en el largo banco de cemento. Mientras avanzaba por la callecita me iba preguntando si iba a interrumpir o no, pero llegado a la posición de ellos ya no importó y me animé a preguntarles si les podía sacar una foto.

Con el momento capturado, sentí que había logrado encerrar la esencia de esta cuadra. De día es un lugar hermoso, a pesar de estar poco cuidado, y el hecho de que esté disponible todo el tiempo hace que la gente no sienta la necesidad imperiosa de ir y ver que tal.
De noche, sin embargo, nadie se anima a entrar, tal como me había contado la señora del paseo entre B. de Irigoyen y Quintana: "a esa hora pasa cualquier cosa. Hay un chico que siempre lo veo en algo raro, que se mete en el camino y siempre van gurises a la pasada, entran y salen al ratito. Yo siempre lo miro y el sabe que lo tengo notado, pero me mira con cara de 'sé que no podés hacer nada'".

Pero decidí omitir toda subjetividad y disfrutar el momento y espacio en el que me encontraba. Cinco minutos después estaba dando la vuelta a la manzana para solicitarle la llave siguiente a otro vecino.
Tercera cuadra: caminito
Llegué al próximo tramo, y avanzados unos metros no me estaba sorprendiendo demasiado. Era más de la misma receta vista antes: portones, rejas, patios y muros se sucedían, cada uno con un diseño distinto, como una solución propia al problema de tener un límite de terreno irregular.

Quizás esa sea la magia: las curvas del arroyo obligaron a los dueños a hacer frente, a su manera, al problema estructural de cada casa, y estar observando eso dejaba en evidencia la actitud de cada vecino. Algunos aprovechaban para hacerlo garage, otros para transformarlo en una bella vista, y otros directamente enrejaban todo o hacían muros parecidos a una prisión. Todo eso en conjunto variante se transformaba en una galería de diversidad y vida, como los altillos de La Boca.
Seguí avanzando y la analogía pareció volverse realidad. Del pasto subían ladrillos de colores, algunos rosados, otros verdes, otros se transformaban e inventaban enredaderas ficticias que se congeniaban con la reja de la ventana. El portón tenía retazos de colores variados, como un papel picado cayendo en pleno carnaval de silencio.
Unos metros más allá, Ástor Piazzola daba la bienvenida mediante un mural en blanco y negro. Su bandoneón y su semblante, tristemente, se veían arruinados por rayadas obscenas que poco tenían que ver con el tema. Al menos fue la única pintura afectada.
Gardel y Santos Maggi se erigían en los muros, en pinturas firmadas por Cecilia "Kira" Pouison, y el tango se adueñaba de la mente sin necesidad de sonar. Después de todo, eso es lo que hace mágica a la música.
Había poco para describir con palabras de ese pintoresco y prácticamente ignoto lugar. Así que me dediqué a fotografiarlo antes de irme por el agujero de la reja.
Cuarta cuadra: nombres
Cuando arribé a la siguiente cuadra no supe cómo ingresar al nuevo pasaje. Toqué timbre en las casas laterales pero nadie pudo atenderme, y antes de irme me detuve a apreciar un pilar de ladrillo próximo al vallado. No pude entender su función exacta, ya que no tenía ni canillas ni placas, y lo interpreté como la situación ideal para que un ladrón cruce al otro lado. Después se las tendría que ver para salir, pero esa es otra historia.
Di vuelta a la manzana y me encontré en la esquina de Brown y Urdinarrain. Tampoco había una forma simple de entrar (como siempre) así que me limité a contactar a algún vecino.

Caminaba y un cartel en la ventana de la casa más próxima decía, de manera llamativa, "TOQUE TIMBRE". No sabía si ahí funcionaba un negocio sin anuncios o si se trataba del hogar de alguien con muchas ganas de hablar, pero accedí al pedido. Del otro lado, una voz envejecida preguntaría a los gritos "¿Quién anda ahí?". Presenté mis intenciones, y tras un minuto de incertidumbre el señor abrió la puerta.

"¿Qué opina sobre la obra de entubamiento del arroyo Concordia?", le pregunté como puntapié a la mini entrevista. "¿Estos cementos? Me arruinaron la casa, me la destruyeron. Pitón (dueño de la empresa de construcción homónima, encargada de la obra) es el sinvergüenza más grande que existe". La mirada amenazante y directa del anciano, de relativamente pequeña calvicie y contextura física alta, me hizo darme cuenta que llevaba mucho tiempo esperando que le pregunten eso. Inmediatamente me hizo pasar y me mostró el estado de su refugio.
Los movimientos de tierra realizados para la obra rompieron los cimientos de la pequeña construcción, cuyas rajaduras se multiplicaban por doquier. El piso era cualquier cosa menos liso, y en el living no entraban muebles no por falta de espacio sino porque desde el suelo se erigían lomadas que hacían imposible la disposición de cosas. Era un rancho de cemento arraigado en pleno centro.
"Apenas me hicieron estos destrozos le presenté un juicio a la municipalidad, tras un año lo gané y me tenían que pagar $175 mil para arreglar la casa. Diez años después recién recibí el primer cobro, de $50 mil, y hasta ahora sigo sin percibir la otra parte". Parecía tan enojado que no me animé a preguntarle que hizo con los $50 mil que cobró.

Tras la charla me abrió las rejas y me quedé a solas con el sendero. Este era más abierto, sin tantos árboles, sin tanta naturalidad. Quizás se trate del tramo más peligroso, porque todas las viviendas tenían muros altos con vidrios o un vallado que llegaba hasta una altura abismal.
Una puerta abierta entre tanta reja
Foto: Una puerta abierta entre tanta reja
Unos metros más adelante me detuve ante una placa que rezaba "Paseo de los Poetas. Gestión Juan Carlos Cresto". Me sorprendió que este tramo esté bautizado, porque era el que menos personalidad tenía. De hecho, no sé de qué podía tratarse el "paseo de los poetas" si lo único de poesía que había era una escultura decapitada que nadie se dignó a reparar.
Más que nada, pareció uno de esos tantos proyectos que en su momento fueron anunciados con bombos y platillos para ensalzar la gestión, aunque no signifiquen nada. Y ahí estaba, sin significar nada, sólo un nombre enaltecido en una placa inmortal.
Quinta cuadra: patio
El sol ya se ponía y la luz se iba retirando, mientras el sendero tomaba una anormal línea recta que cortaba exactamente en dos a la manzana siguiente. Toqué timbre en un pequeño departamento aledaño, y una joven chica con campera de UNER se dignó simpáticamente a dejarme pasar.

La interrogué un poco, pero me pareció lógico que no sepa mucho del paseo: teniendo prácticamente mi edad, era probable que nunca haya visto el arroyo como tal, al igual que yo.

No le quité mucho tiempo (se notaba que estaba en época de exámenes por el nerviosismo que tenía), y cuando volvió a su hogar pude formalizar la enorme diferencia de este pasaje con los anteriores. Mientras la línea recta podría haberlo dejado sin la ornamentación natural de los anteriores, este tramo era más ancho y permitía que sea realmente el patio de los vecinos.
La callecita tenía el espacio exacto para que los chicos puedan jugar al fútbol de manera informal, entre amigos, y al ser un lugar compartido sin dudas que la manzana completa se reunía frecuentemente a compartir las tardes y las noches. Así, era muy fácil imaginar una navidad en la que tras el brindis todos salgan al paseo a saludarse, como una gran familia unida por una calle ficticia. Más adelante, la presencia del deporte se hacía evidente: un aro de básquet se erigía en la vereda y dejaba en evidencia que este era un tramo con mucha actividad.
Entre lavandas, veredas y cercos decorativos me encontré caminando en lo más cercano a la armonía que se podría encontrar en el centro de una ciudad ajetreada. Sin embargo, el momento poético se vio interrumpido por un señor de alrededor de 50 años que, amenazante, me gritó por qué sacaba fotos. Me acerqué y su desafiante postura no cedió, ni siquiera cuando le expliqué mi misión.

"Pensé que habías venido a sacar fotos para robar, mirá que acá son peligrosos. Se suben a los pilares de ladrillos, esos que nadie sabe para qué están, y saltan para adentro". Mi predicción de hacía dos cuadras terminó siendo realidad.

La charla se fue flexibilizando tras unos minutos, y finalizó de la mejor manera. Antes de despedirse, me comentó que al lado del enrejado por el que ingresé (en Brown y Urdinarrain) había varios portones al nivel del suelo, que llevaban a lo que hoy es el arroyo. Le consulté si se animaba a abrirlo, pero fue tajante: "hace años no se abre, así que el olor debe ser nauseabundo".
Entendí la situación y, tras despedirme, me dirigí a las "pseudoexclusas". No había mucho para ver más que la chapa texturada negra y oxidada, pero en la pared aledaña a ese lugar encontré otro cartel que le daba nombre al paseo. Su nombre estaba más disimulado, pero la gestión de Gustavo Bordet también se sumó a la movida de inaugurar por inaugurar cuando en 2012 bautizó al tramo como "Pasaje del Folclore Don Linares Cardozo". Hasta que no leí la placa, no me enteré que había algo de cultura autóctona ahí.
Cerré el portón y me dirigí a casa pensando un poco en todo lo que encontré, en como darle forma a esa catarata de información que junté en apenas una tarde. Los acordes de Jack Johnson se ponían en consonancia con mis sensaciones, mientras comprendí que lo más mágico de todo fue la cantidad de historias que pude conocer en apenas cinco cuadras, cuánta belleza se esconde en pleno centro.

¿Debería estar abierto para todos? ¿Sería un atractivo turístico? ¿Por qué, con tanta hermosura, ni siquiera el Caminito pudo cruzar la frontera del olvido? Pensé en fuentes millonarias y gastos exhorbitantes en turismo y sentí que, quizás, aún no somos capaces de entender que podemos hallar una joya en nuestro propio patio.

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