Blogs Ver todos los posts

¿Te invito un café?

- Aquí le traigo su orden señor, un desayuno de campo y dos medialunas
- Muchas gracias... ¡Eh, pero este café es grandísimo!
- Sí, así es el menú... 400 ml. de café
- ¿Y cómo me traes esto sin avisarme? ¿No te parece que te fuiste al carajo? ¿Cómo hago para tomarme todo esto yo?
- No está obligado a tomarlo completo señor, puede dejar lo que le sobre, no hay problema
- Claaro, pero yo dejo la mitad de la taza y me cobras la taza entera. Cómo nos roban, manga de sinvergüenzas
- Señor, con todo respeto, pero no está obligado a consumir las opciones del menú. Además es una porción barata, si vamos a las proporciones
- ¿A vos te parece que me chicanees así? ¿Me haces gastar de más y encima me decís que no me estás robando? Decime dónde está tu jefe que voy a hablar con él
- El jefe no se encuentra en este momento pero tiene el libro de quejas a su disposición, tiene que pedirlo en el mostrador
- Genial, ahora mismo le notifico sobre tu comportamiento. ¿Tu nombre?
- Gastón
- ¿Apellido?
- Con que describa mi nombre mi jefe ya sabrá que está hablando de mí, no se preocupe
- Pero andá, sinvergüenza


Ese hombre tiene suerte de que el negocio no es mío, si fuese mío ya lo habría echado. "Y bueno, si no te gusta andate, no me dejes un mango, total qué me hace que no me pagues si todos los días se llena esto. De hecho, más beneficio porque me ahorro la bajeza de darle la razón a un pelotudo". Bah, si fuese mío no estaría atendiendo sino en la oficina y les diría a los mozos que si hay algún cliente denso le respondan que no estoy pero que tiene el libro de quejas a su disposición.

Lo peor es que por escrito la gente se anima a decir de todo, hay mucho lenguaje que no se expresa. Antes de irme mi jefe se va a hacer presente por primera vez en el salón y le voy a tener que decir que tres horas antes le dejaron una nota en el libro de quejas y que fue sobre mí porque claro, si no se lo cuento va a quedar como que estoy ocultando que hubo un cliente insatisfecho. Don González va a abrir el cuaderno Gloria forrado en papel araña azul que usamos como libro de quejas y va a leer cómo un tipo que teniendo más o menos 36 años y ya pelado del estrés le manifiesta su completa disconformidad mientras se hace el joven exitoso de 26 que inocentemente pidió un pocillo y le trajeron un camión cisterna repleto de cafeína.

Ahí lo veo escribiendo con la calma de quien ya tiene pensado todo, de quien está acostumbrado a llevarse el mundo por delante porque es cliente y el cliente tiene la razón. Tiene pinta de haber hecho un cursito de masajista para decirle a todo el mundo que es médico (sin desmerecer a los que hicieron un curso de masajista). Hasta me lo imagino haciendo una letra irreconocible para que nadie dude de que es del rubro.

"Le comento, señor González: soy un humilde profesional de la medicina que sólo quiso venir a disfrutar de sus ricos desayunos y se topó con el maltrato de su empleado Gastón", le va a escribir. El jefe lo va a leer, me va a preguntar que pasó, le voy a contar mi versión de los hechos pero no me va a creer porque el otro partícipe es un profesional de la medicina y yo un pobre mozo. Entonces me va a decir "la próxima avisale al cliente, no quiero una firma más en el libro de quejas", y yo me voy a tener que tragar las ganas de decirle "si advierto que es una taza de casi medio litro de café nadie te la va a comprar, imbécil".

Igual me gusta este trabajo, me gusta hablar con la gente. Imaginate si me entretengo que el cascarrabias de anteojos todavía no cerró el cuaderno y yo ya me inventé todo lo que va a pasar. Crear el futuro, jugar con la imaginación, cuestionarme un "¿Y si fuese así, qué sucedería?" es como invoco al monito con platillos que ocupa el cerebro de Homero Simpson cuando piensa en otra cosa. Haciendo esto y siendo simpático con la mayoría de los clientes (la mayoría se lo merece) es como anestesio el continuo zumbido de mi alma cuando me recuerda que esto no es para lo que nací.

Entre la gente que atiendo rebusco la forma de enfocar mi vida para el lado que quiero. En realidad ya está enfocada: cuando acepté este trabajo lo hice porque está todo muy lindo con pintar cuadros pero no me deja un mango. Me las rebusqué haciendo caricaturas para los diarios, me salen bien, a la gente les gustan y sé que al menos una parte de los lectores dice "me voy a la contratapa a ver la viñeta que hizo hoy Eeyore". Al dueño del diario le gusta, me felicita, me dice que tengo talento, pero no le puedo pedir el sueldo que creo que merezco por el tiempo en el que me mato pensando situaciones, puliendo los dibujos, refinando todo porque no quiero ser como La Cope o el ladrón de Nik. No me lo permito porque puede prescindir de mí: hago viñetas, en internet está lleno de ellas y ni el diario va a dejar de existir ni los lectores van a dejar de comprarlo si de la nada desaparecen mis obras del papel. A mis chistes los hago yo, son únicos y exclusivos para su edición, pero nadie va a pagar lo que en realidad valen porque la gente sabe ver el valor de las cosas pero les cuesta asociarlo con el precio al que equivale.

Sí, soy un frustrado. Ojalá hubiese nacido con el talento de comprender el idioma al máximo o con una prodigiosa capacidad matemática así la mayoría de las materias de la escuela se me hacían más fáciles, pero no, vine al mundo con ganas de dibujar, te dibujo todos los márgenes, le pongo colores a lo que debería ser un suplicio por no condecirse con lo que me gusta. Muchos me dicen "uh cómo me gustaría dibujar como vos, qué impresionante"... ¡Mentira! Lo decís vos que descubriste que querías ser abogado, terminaste la secundaria y te fuiste a estudiar abogacía, te recibiste en la Facultad de Derecho y hoy sos abogado. Yo descubrí que amo representar el mundo a mí manera y me sirvió para tener sólo una materia aprobada con tranquilidad y 11 siendo un parto. Me sirvió para consumir diez horas por día de mi vida en un trabajo que me gusta pero no amo y que hace que cada vez que vuelvo a mi casa quiera tirarme en la cama y no pintar una mierda. Y lo tengo que hacer porque con felicidad no pago las facturas.

Hay una mesa sin atender... Mirá, es Ivanoff, el prodigio de la secundaria. El que quería ser abogado, estudió en la Facultad de Derecho y hoy es abogado. Sí, todos mis prejuicios y resentimientos hacia quienes están favorecidos por el sistema están dedicados a él, pero aún así lo quiero.

- Hola, ¡Buen día! Te dejo la carta
- ¡Eh Gastón! ¿Cómo andás? Hace mucho no te veía
- ¡Eh Agustín! ¡No te había reconocido! Tal cual vieja, años sin cruzarnos. ¿Qué hacés por acá? ¿No estabas en Alemania?
- Sí, pero no... Estuve con unos temitas jaja, viste como es la vida


Me sonrió tímidamente, apenas me miró a los ojos antes de que se quede mirando la nada que se dibujaba en la rajadura del sillón de enfrente. En seguida supe que su sonrisa artificial oculta un problema grande y que estaba finjiendo que el rompimiento del tapizado rojo era lo que le llamaba la atención. Si fumara estaría haciéndolo, pero es demasiado buena gente como para caer en vicios.

Está triste, se le nota. Es cierto que el dinero no compra la felicidad, aunque a mi me gustaría estar llorando en el BMW que maneja. Cuando le dejé el menú y me agradeció me di cuenta de que la situación social no hace esquivar el dolor. Claro, quizá los problemas de Ivanoff serán que este mes cobró $50.000 en vez de $70.000, no se compara con la gente que pasa hambre todos los días, pero ¿y si Ivanoff nunca tuvo problemas? Si es así cualquier inconveniente, por mínimo que sea, sería una tortura porque no está acostumbrado a tener uno. Y lo veo devastado, sobre todo porque lo está negando.

Amo el tiempo libre que queda cuando nadie pide nada, aunque si es demasiado me aburre. Hoy no me tomé mi media hora de descanso porque estuvo llenísimo, me la voy a cobrar obvio. No sé cuando. Ahí se levantó el masajista, la frustración se transmite en su sensación de superioridad. Esa gente así me hace acordar a quienes terminan siendo profesores de química porque por algún motivo no pudieron dedicarse a la ciencia, que es lo que en realidad les gusta (sí, te estoy hablando a vos, Walter White). Se me hace que es de esos que no supieron aceptar que la vida tiene preparada una cosa muy distinta a todo lo que venían soñando y planificando, de esos que sienten que el piedrazo que les pegó el destino los dejó desviados de la ruta para siempre en vez de pensar que eso fue sólo una curva tan cerrada como inevitable, que así es el camino que les tocó.

Estoy juntando las cosas de su mesa pero no me saco de la cabeza su mirada altiva que hace que su nariz casi apunte al cielo, su calvicie y juventud, su camisa barata de estilo caro... su tacañería al no dejar propina. En realidad siento que lo único que nos distingue entre nosotros es que yo también esperaba mucho más de mi vida cuando gané el premio "Khalo's Duty" al arte local pero bueno, sentía que no quería irme a estudiar Bellas Artes a La Plata y no fui, me hice caso. Qué se yo, suena a estupidez pero así lo sentí, no me arrepiento. Carajo cantó que hay que fluir con uno mismo y le hago caso al consejo.

Soy un frustrado no frustrado: estoy contento porque sé que estoy haciendo todo lo posible por ser feliz haciendo lo que me gusta pero me da bronca que lo que amo no deje un peso. Pero, sobre todo, intento ser feliz con lo que me tocó. No como este forro que encima que no admite que su vida es una bazofia se tomó toda la taza de café por la que rompió tanto las bolas. Muchas veces me pregunto si el mundo realmente necesita de gente enojada con la vida.

Ivanoff sigue solo entre los sillones de la parte más bonita de la sala, escondido detrás de la altura del respaldo de los transeúntes que pasan al otro lado de la vidriera. No quiere ver a nadie, juega con el paquete de azúcar distrayendo su mente en la dirección de la fábrica que lo envasó. Creo que me trató bien porque quiere hablar con alguien y como nunca lo bardeé entonces confía en mí. Pero claro, la gente nunca admite que necesita contar los problemas de su vida, principalmente porque todos quieren hacerlo y nadie quiere escucharlos.

Me conmueve pensar que todo el mundo lo ve tan feliz que se siente presionado a no mostrarse triste, que la mayoría le diría "vieja tenés todo, no podés estar mal". Y sí, puede estar mal, es humano, bendecido pero humano, dejá de tratarlo como un idiota porque por algo logró todo lo que tiene. Por eso habrá venido hasta acá a llorar sin lágrimas, escondido en el rincón pero no del todo porque lo conozco y nadie que sepa su nombre y palmarés puede verlo triste ni escapando.

En el camino desde el mostrador hasta su mesa pienso en decirle algo especial para que no se sienta sólo y que confíe en mí. Con las dos tazas en la bandeja imagino un diálogo que podría recitarle, que diga algo así como "negro, te veo re mal, no te sientas presionado por la gente ni por tus títulos. No sé qué problema tendrás pero es normal que a veces las cosas no salgan como esperabas, es lo que hace entretenida a la vida. Aún sin saber lo que te pasa no te ocultes, mostrá tu lado humano, no tiene nada de malo". De la nada, justo cuando llego a su mesa y me dispongo a darle la orden, recuerdo que la gente no quiere escuchar sino ser escuchada y también que no me tomé mi media hora de descanso. El cassette, sabiamente, se transforma en una simple pregunta:

¿Te invito un café?

¡Comentá esta nota!

Para escribir un comentario, antes deberás seleccionar una identidad.

[X]

* 600 caracteres disponibles

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.