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El éxito de la "cumbia cheta"

El éxito de la música tropical en Argentina es un fenómeno peculiar que no suele suceder (sea el género que sea) en muchas partes del mundo. No por el tipo de música, no por letras, sino por su círculo de vida.

Si bien la cumbia tiene sus orígenes en Colombia y ha tenido variaciones en todo Sudamérica, el clic total que la hizo pasar de un género más a ser el predominante en el Río de la Plata sucedió a principios del 2000 con el nacimiento de la cumbia villera.

"Flor de Piedra" fue el primer grupo que sentaría las bases de un movimiento social que hasta hoy perdura y que cuya principal característica (muchísimas veces pasada por alto) es que sólo un ínfimo número de aquellos que sonaron en los boliches del país pudo mantenerse en el cénit. La cumbia pasó por tantas evoluciones como grupos famosos, pudiéndose nombrar a La Base, Agrupación Marilyn, El Original, Los Chicos de la Vía, El Empuje, La Rama, Escuchá y muchííííísimos más.

A pesar de todos los cambios en el cielo de la cumbia, ésta se mantenía en armonía estructural: aunque con poca variación y calidad musical, todos los que aspiraban a vivir de la cumbia tocaban con un grupo que generalmente consistía en no menos de 7 músicos diversificados entre timbalista, organista, bajista, guitarrista, etc.

Pero tal como sucedió a principios del 2000, en 2012 sucedería otro terremoto tropical con la llegada de Los Wachiturros, los cuales siendo cinco bailarines y un DJ que hacía cualquier cosa con la música y el autotune (efecto que se le aplica a la voz para que se pueda elevar a un tono que naturalmente el cantante no podría alcanzar) tiraron por la borda toda composición grupal para tocar música marginal.

Desde el surgimiento de Los Wachiturros las bandas de cumbia propiamente dichas casi desaparecieron, siendo absorbidas a una velocidad brutal por los grupos de baile y cantantes de voz robótica y artificial al ritmo de una fusión casi absoluta con el reggaetón.

A todo esto hay que aclarar que desde la clase media para arriba nunca se aceptó a la cumbia como género musical digno de oírse, sin importar cuántas veces se bailó en el boliche y se cantó desaforadamente "bailá bien pu, bailá bien pu, bailá bien puuuu". Es decir, todos estaban en contra de la cumbia por su bajo aporte cultural/intelectual, pero nadie encontraba una fórmula que la destierre de las noches rioplatenses. Y si eso fue así aún teniendo enfrente a verdaderas personas tocando verdaderos instrumentos, con el surgimiento de la cumbia digital la tolerancia se rebalsó.

Antes de seguir avanzando, es menester asegurar y dar por sentado que el género de la cumbia no es un género malo. No señor, la cumbia no es mala. La música es la expresión concreta de la inteligencia emocional, y en cuanto a transmitir la emoción de la alegría nada supera al género que reina las calles argentinas. Además, basta con ver tocar el órgano a Pablo Lescano en Damas Gratis o la guitarra a Ramón "el mago" Benítez en La Nueva Luna para saber que a partir del supuesto peor género que existe se pueden hacer canciones de buena calidad.

Sin lugar a dudas, la sociedad argentina tuvo durante más de 20 años un mercado musical insatisfecho (lo que en marketing se llama "nicho"): el de los jóvenes con medio/alto poder adquisitivo que disfruta de la música alegre de la cumbia pero que denigra completamente sus letras y su sobrecarga sexual. La mayoría de la gente de esa condición social nunca dejó de reconocer, al menos implícitamente, que la cumbia le gustaba, pero nunca pudo (con obvias razones) sentirse identificados con un grupo musical de esta índole.

Nunca supe por qué, pero las compañías disqueras tardaron un enorme tiempo en darse cuenta que ahí estaba el negocio, que era todo lo que tenían que hacer para dar otra revolución musical y romper todos los esquemas en ventas.

Llegado 2014, un tal Montevideo Music Group se toparía de cara con ocho chicos de la más alta clase social uruguaya que estudiaban en la prestigiosa Universidad ORT y que en sus tiempos libres se juntaban a tocar "cumbia sana", quizás imitando a Agapornis aunque con la ligera diferencia de que en vez de copiar todo lo que había componían sus propios singles.

Más que la buena calidad musical del grupo, la disquera vio en ellos la carta al éxito: ocho jóvenes que no superaban los 25 años, bien vestidos, tocando la música que todos quieren pero sacándoles las letras marginales y poniéndole lo mismo pero de forma adecuada y apta para todo público. Al ritmo de "los dos somos fanáticos de lo prohibido / nos emborrachamos frente al mar", Rombai grababa su primer videoclip y canción, soportada por una infraestructura musical increíble que le permitiría alcanzar los más de 15 millones de vistas apenas salió.

Pero no sólo la estructura brutal de la disquera les permitió alcanzar el éxito: apenas observar el videoclip de su primer corto se pueden destacar cosas que identifican a la clase alta como el palito selfie, las papas fritas Pringles, la lancha (atención: no yate, yate es para el reggaetón) en el mar y las gafas estilo RayBan.

La cumbia de Rombai dejó de poner en el centro de la lírica tropical la búsqueda de lo ostentoso y lo sexual, aunque nunca lo dejó de lado. En sí, el argentino promedio quería ver que gente que no sean los "negros villeros" prejuiciados hasta la muerte baile cumbia para poder disfrutarla sin tapujos, por más cruel que eso suene.

Así, el grupo cuya cantante es diseñadora gráfica (profesión que ni en sueños tendría un cantante de cumbia de la vieja escuela) y cuyos miembros visten marcas callejeras de élite absoluta como VANS y Circa ascendió a la fama de forma inmediata, dándole a la gente lo que quería ver y escuchar.
Tras ellos llegarían grupos como Marama o Los Totora, persiguiendo la misma idea, temática y vestimenta e invadiendo la noche de forma casi total.

Probablemente, al trencito de la "cumbia cheta" se suban varios grupos más del mismo estilo, cada uno creado por cada disquera de música tropical que exista para no quedarse sin su pedazo de la torta que se reparten los boliches argentinos.

En tanto, el sector marginado quedará más marginado aún, aunque hoy en parte disfrute del subgénero aristocrático que hoy reina. Comenzarán a usar camisa abierta con remera abajo y a vestirse como la moda indica, aunque aplicándoles sus propios toques. Esto probablemente moleste a VANS como Los Wachiturros molestaron a Lacoste.

Así el círculo de la cumbia seguirá rodando. Cambiará todo, pero seguirá siendo lo mismo.

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