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Hay que matarlos a todos

Matías caminaba de regreso a su casa pateando piedras y mirando para abajo. Su acostumbrado porte cuasi jorobado era ya célebre en la calle Salta que lo veía pasar día tras día. Transitando por las veredas grises y derruidas jugaba a pensar que al verlo la gente se preguntaba de dónde era, cuál era su pasatiempo, por qué caminaba siempre con un gesto facial enojado.

Como el caminaba lenta pero incansablemente las cuadras anteriores a la vía, en su mente los recuerdos avanzaban y daban vueltas una y otra vez, casi no dejándolo pensar. En peregrinación imbatible pasaban el rostro de su amigo asesinado a sangre fría por una moto, la bici de la cual no llegó a pagar una cuota y ya se la habían quitado, su ex volviendo llorando porque le habían robado la cartera, y muchas imágenes más.

La mente del adolescente viajaba dentro de sí misma a la velocidad de la luz, pero era trasladada por Matías a paso de hombre. Ella no se imaginaba que a un ritmo más rápido avanzaban hacia la periferia de la ciudad las ideas de rebelión y protesta. Poco a poco el boca a boca pasaba por los barrios e informaba de un movimiento que siempre estuvo latente pero que nunca nadie se animó a transformar en realidad. Así que hoy Matías jugaba a pensar que los demás se preguntaban que pensaba, pero hoy los demás pensaban en otras mentes que planeaban algo mucho más impactante que el habitué del caminante.

El sol cayó al oeste al mismo tiempo que el fornido joven arribó a su casa. Otra vez solo, como todo el tiempo de todos los días. Vio que se había olvidado el FAL arriba de la mesa, pero no se preocupó porque sabía que su mamá no iba a volver hasta las 11. Así que volvió a pasarle el trapo, lo guardó debajo de la cama y se echó a mirar el techo.

Cinco minutos después ya se había levantado a ver Facebook y vio que las mentes de la ciudad habían viajado más rápido que él. La realidad le golpeó en la cara cuando vio que sus amigos virtuales se hacían eco de la revolución que se daría en apenas horas. Sin dudarlo, publicó la locura que le parecía eso que todos decían, ese rumor que corría como pólvora, pero no se dio cuenta que al hacer público su rechazo estaba informando a los demás que había algo ahí, que nadie sabía que era pero que él rechazaba. Así que cuando su tía abrió su Face y vio que en el inicio su sobrino defenestraba la rebelión fue el momento en que ella se dio cuenta que esta noche iba a cambiar todo.

La tía de Matías corrió a contarle a su vecina Lorena, que estaba ocupada poniendo baldes en el rincón para que la gotera no moje la cama del nene. En el momento la joven madre estaba preocupada porque, según se decía, se anunciaba lluvia, pero la revolución que doña Elisa le contó le dio un giro a su cabeza.

La morocha mujer quedó embarazada aún siendo adolescente, a los 17 para ser más precisos, y desde entonces se las estuvo rebuscando para mantener a su niño y conseguir un trabajo digno. Nunca lo pudo conseguir, al menos durante los últimos cinco años que la vieron deambulando entre changas, cuidado informal de niños, limpieza de hogares y ocasional empleada en venta de CD's truchos en las veredas del centro, así que el rumor le dio a ella esa esperanza de que todo cambie y que haya un poquito más de justicia.

Matías no era el único con la procesión por dentro: en Lorena no se iban los rostros de todos los empleadores a los que les presentó su flamante título secundario en tiempo y forma pero que con sólo ver su vestimenta prolija pero humilde la rechazaban. Ni Frávega, ni Musimundo, ni el cine ni la confitería querían contratar a una chica sin experiencia laboral previa, que vivía en una casa de madera, con poca ropa apta para lucir y que se recibió en la ignota escuela del barrio, y menos con un niño a cuestas y ninguna madre al cual dejárselo. Así que mes a mes y currículum a currículum se iba la esperanza de llegar tranquila a fin de mes con la compra de comida, o comprarle a su pequeño Walter el celular que tanto le insistían en la tele.

Lorena no sabía si la rebelión iba a suceder más tarde, pero sí tenía en claro que ya estaba pasando en su cabeza. Al fin una posibilidad de conseguir más o menos para comer de manera normal, la única posibilidad en los próximos años para conseguir la tablet que todos los días veía en la vidriera pero que ya sabía que nunca en su vida iba a tener. Pero más importante que eso fue que iba a ser una noche para hacerse escuchar, porque sabía que ella no era la única que estaba en esa situación de marginación absoluta y encasillamiento en la clase más baja del país.

"Esta noche se van a acordar que existimos" le dijo a Paula a través del celular. La respuesta de su prima resonó en el micrófono del teléfono, el cual convirtió las ondas en una señal que rebotó en la misma antena telefónica a la que el celular de Matías se dirigió para coordinar el ataque con sus compañeros. Piry, el heladero, recibió la orden de pasar a buscar en su camioneta al adolescente y aprontar todo. "Las calles ya se están agitando, va a estar bueno", llegó a comentarle a Matías al pasar por el centro.

Las ocho ya habían pasado y los comercios estaban cerrados, pero hoy ningún empleado quería abandonar su lugar de trabajo. Entre miedo y furia veían como de a poco los pobres copaban las calles y se mostraban al acecho, como un escuadrón de hormigas que pasa incontables minutos acomodándose en torno a la serpiente y que, una vez alcanzado el punto justo, ataca sin piedad.

Lorena y Walter bajaban del colectivo cerca del centro mientras Matías y Piry subían las cosas a la camioneta en la zona sur y partían en busca de Javier y el tacha. Piry cada vez se tensionaba más y tenía que estar más atento para esquivar los peatones que se mostraban como embobados por una droga que les hacía olvidar que había una vida más allá de lo económico mientras Matías le comentaba a las apuradas el plan.

Los cuatro neonazis se encontraron en lo de tacha y en el living se unieron en un abrazo que pedía por el buen resultado de hoy. Las ocho piernas cruzaron la puerta de la casa a las 20:47, dos minutos antes de que la primer reja del bazar local caiga a causa del forcejeo de la gente y deje al desnudo los vidrios que estaban a punto de ceder. Lorena se mantenía alejada del lugar y no sabía si sumarse al agolpamiento o irse, y sólo atinaba a abrazar temerosamente a su hijo cuando de repente doña Elisa se apareció por el lugar para no fallarle a su costumbre de ver lo que pasaba.

Intercambiaron las pocas palabras que el momento de tensión permitió, hasta que a las 20:51 las vidrieras se desplomaron y la gente se apuró a entrar al comercio. Lorena presentía lo mal que estaba lo que sucedía, pero recordó que nunca más iba a tener una oportunidad tan cercana de conseguir lo que ella quería así que le pidió a Elisa que se quede con Walter y avanzó con frenesí al local.

Aumentó su velocidad entre la gente, esquivando lo que pudo y trabándose entre personas que iban y venían con el mismo ímpetu, entre quienes cargaban y quienes querían cargar. Buscando llegar lo más pronto posible siguió avanzando entre el griterío, las súplicas de ayuda y las recomendaciones de cuidado, hasta que finalmente paró la camioneta de caja frigorífica justo al frente y dio la orden. Inmediatamente Matías pateó la puerta trasera con su amado FAL en mano y salió junto a tacha y a Javier.

Tan encapuchados como armados abrieron fuego hacia toda la gente que se dirigía al local y que imaginó que era un vehículo más que se sumaba al saqueo. Cada bala que Matías disparaba correspondía a una palabra de la frase que se incrustó en su cabeza con la misma violencia con la que los proyectiles penetraban en los cuerpos de los revolucionarios: "hay que matarlos a todos". Enfermizamente la frase pasaba una y otra vez entre sus ojos, bamboleaba de izquierda a derecha y sólo se interrumpía cuando no había más cartuchos en el cargador, momento en el que procedía a meter uno nuevo y seguir con la masacre.

Las nociones y emociones compactadas por el tiempo y el espacio llegaron a tal éxtasis y descontrol que el fornido adolescente no se dio cuenta que fueron sólo 15 segundos de ataque que bastaron para desparramar a la horda y destrozar a los desafortunados que no pudieron huir. Con el segundo cargador terminado Matías hizo un parate y vio el salvaje panorama que había creado. Observó en primera persona el ragnarok que tanto había deseado y se sintió en un limbo, pero tras dos segundos de demora tacha lo tironeó del codo y lo volvió a subir a la camioneta mientras Javier cerraba las puertas y Piry aceleraba hacia el cuartel general.

Sus ojos vieron el momento justo en el que la camioneta partió. Con la amenaza fuera pudo pasear su vista en el entorno y lentamente vio como la calle, la vereda y el piso del local lucían pavorosamente copados por cuerpos heridos y otros que estaba más que claro que pasaron a otra vida. Sintió la sangre invadiendo sus pies, y se estremeció al darse cuenta que no era suya.

Desde abajo el mundo se ve distinto, y mucho más en ese panorama. Gateó entre los cuerpos porque la nauseabunda situación no le permitió ponerse de pie, y cuando el valor le permitió erigirse pudo salir del comercio para romper en llanto al ver, entre tantos muertos, a Walter y Elisa. Ninguno de los dos estaba donde Lorena los había dejado: ambos yacían inertes casi en la vereda del local, por lo que pudo adivinar que algo los movió a cruzar. Elevó la vista y vio como en la vidriera había quedado ese celular simplón que tanto anhelaba y que en la vorágine por buscar lo caro había sido olvidado. La joven se unió al abrazo que se daban los dos difuntos y allí quedó, llorando, hasta la llegada de los oficiales.


La ciudad volvió a tener autoridad dos días después de la masacre. Ese jueves llegaron las primeras palabras oficiales que poco pudieron hacer ante tamaña tragedia y que rebotaron en las paredes del cementerio del mismo modo que lo hicieron en los oídos de quienes allí con pesar estaban. El ideal de justicia no dejaba de salir de la boca del intendente, cuyas palabras buscaban una por una un oído al cual entrar y que tampoco tuvieron orden de ingreso a su oreja con expansores.

Matías miraba a la nada, ignorando el discurso y el pesar de sus familiares por la cruel muerte de la tía Elisa. Se perdió entre rostros de profunda tristeza, desazón e impotencia y juró que podía ver en cada par de ojos una historia distinta que contar. Las flores, las palabras y el llanto terminaron logrando que el adolescente termine quitándoles a los muertos el estigma de "saqueadores" para que pasen a ser "asesinados", y fue perdiendo estabilidad.

Recordó que la tía era chusma pero nunca robaría, y se preguntó por qué estaría allí. No supo responderse, y así como no comprendió su caso pudo usar la lógica que siempre lo acompañó para darse cuenta que tampoco podría saber el motivo por el cual cada una de las 89 personas que murieron esa noche se congregaron ahí. Que se agolparon para robar el local era claro, ¿pero todos estaban robando? ¿Era realmente justo que la tía haya muerto? Si no era justo, ¿por qué sí lo sería la muerte de los demás?

Su racismo racional, que lo hacía no matar por color de piel sino por consecuencia de actos delictivos tambaleó y se desplomó. Vio en cada persona a otros Matías que una y otra vez recordaban el rostro de sus seres queridos asesinados a sangre fría, y se dio cuenta que por más que pensaba en aquel nefasto asalto en el que mataron a su amigo y que deseaba que el asesino pague con la misma moneda, no iba a volver a ver a Facundo nunca más.

"El único problema sin solución es la muerte", recordó, y la realidad le pegó un gancho al mentón tal que lo hizo levantar la mirada y cruzarla con ese par de ojos tímidos que abandonaban el cementerio. Los luceros miraron al joven vestido de negro y se volvieron a su camino, apuntando hacia abajo y acompañando los recuerdos del pequeño Walter. Lorena no paraba de castigarse mentalmente por haber ido, por haberse dejado llevar por el materialismo y la furia, y lamentó que a cuatro jóvenes se les haya cruzado por la cabeza que había que matarlos a todos.
Video: Ska-P - Welcome to Hell (vivo en Buenos Aires)
¿Cuantos seres humanos tendréis que asesinar
Para daros cuenta que esto es una atrocidad?
El ojo por ojo nada puede resolver...

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