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La nueva deidad argentina

Siempre me consideré alguien bastante alejado de la política. Creo que gran parte de ello fue culpa de haber pasado mi infancia en plena crisis del 2001/2003, época en la que la mayoría de los argentinos (mis padres entran en ese grupo) odiaban a todos los políticos. Eso se veía reflejado en programas de TV como Videomatch, en las charlas del día a día, en los noticieros en los que pasaban las protestas y los disturbios con balas de goma e incluso en la revista Genios que siempre me compraban y que aún recuerdo cómo, en la sección "los chicos responden", se les preguntaba a los niños como ayudarían a sentirse bien a los adultos que tan mal la estaban pasando.

Desde que tengo memoria, en casa nunca se habló del tema. De hecho, el primer contacto directo que tuve fue cuando arranqué la facultad y nos obligaron (con razón) a informarnos a todos acerca de lo que pasaba en el país y sobre las listas que existían. Actualmente me interesa el tema, más que nada sabiendo que parte del futuro de mi país depende de lo que vote, pero al no militar en ningún partido político y no tener años de experiencia en esto siento que siempre me quedo sin fundamentos a la hora de discutir.

Muchas veces han hablado conmigo seguidores del oficialismo, a veces intentando convencerme (y otras veces también) de que este fue el mejor gobierno que hubo desde el regreso de la democracia. La verdad, no puedo refutarlo por el simple hecho de que como no se nada de política y tengo apenas 19 años no puedo comparar el gobierno actual con el de Menem o Alfonsín. De hecho, siento que no estoy en posición de negar nada de lo que se me plantea, sean datos estadísticos, precios de inversiones o netbooks entregadas, simplemente porque me es imposible manejar esos datos para comprobar que sea cierto o no. Sin embargo, creo que tengo cierta capacidad para negar a las propias argumentaciones que siempre se dan, sea boca a boca, por pasacalles o por internet.

Una de las premisas que comenzó a difundir el "neoperonismo" (que después pasaría a llamarse "kirchnerismo") fue la necesidad de festejar y ser felices. Festejar por todo, por cada mínima cosa que exista, pero más que nada festejar porque hoy somos libres y en el pasado no lo eramos. Hace más de 30 años, una época oscura afectó nuestro país y dejó una huella imborrable. Es difícil de olvidar porque durante la dictadura militar hubo 30.000 desaparecidos, porque la enorme mayoría de los adultos que conozco vivieron esa época con temor, y porque no nos dejan superarla ya que a cada rato hay un monumento nuevo al Nunca Más, hay bajada de cuadros militares y reemplazos de nombres de calles por neopróceres como Juana Azurduy y Néstor Kirchner. Con tantas obras que promulgan el olvido, uno termina pensando que el verdadero objetivo es quedar latente. Sería como que un amigo nos traicione y que cada día recordemos su nombre y lo que nos hizo para "que no nos vuelva a pasar", cuando en realidad vivir tanto en el pasado es lo que no nos deja salir adelante.

Sin embargo la máxima de la política actual no es intentar superar la dictadura a fuerza de repetir lo sucedido todo el tiempo, sino venerar a una nueva deidad que se erige en el cielo, cobrando más fuerza a medida que los representantes del poder menosprecian a los de la religión. Hoy los jóvenes militantes adoran a una nueva diosa, perfecta, dogmática e irreprochable, conocida como Democracia. Hoy cada argumento a favor del peronismo sostiene como premisa fundamental a su diosa pagana, y a partir de allí se construyen todas las oraciones. Esta diosa es tan venerada que cualquier intento de resaltar sus costados negativos es tomado como una idea proveniente de un golpista más que de alguien que opina distinto.

Sin embargo, hay ciertas cosas que todos debemos saber. La democracia NO ES PERFECTA, simplemente es "el método de gobierno menos malo" si citamos al ex presidente uruguayo Mujica. De hecho, vale recordar casos como el de un país que se vanagloria de tener un método de gobierno limpio de corrupción como Estados Unidos, pero que lo que en realidad elijen sus 316 millones de habitantes es el color de piel del nuevo títere de don Rockefeller.

A pesar de todo, ¿la democracia es mejor que la dictadura? Obviamente. ¿Estoy en contra de ella? No. Lo que quiero dejar en claro es que no soporto que no se pueda criticar a algo porque la mayoría está de acuerdo. A veces es necesario recordar algo tan básico como que si mucha gente opina lo mismo sobre algo no significa que tengan razón. Esta crítica parece más basada desde la bronca que desde otro argumento, pero no está tan alejada de la realidad si nos ponemos a pensar que, mientras más resonantes son los rechazos al gobierno actual, más se grita ese 50% conseguido en 2011 y menos se escucha la opinión de la minoría. Cada vez que alguien dice algo en contra se lo toma como una sonsera. "Allá ellos, los negativos, nosotros sigamos disfrutando porque nosotros somos buenos y ellos no". No es una locura, es lo que la presidenta dice en cada discurso.
Y si se menosprecia a la minoría, mas vale no imaginarse lo que se le dice a quien estaba de acuerdo y se anima a criticar ciertas acciones del oficialismo. "Vos la votaste, no te podés quejar" es uno de los argumentos reinantes, sin embargo muchos olvidan que en cuatro años (o menos) la gente cambia, y mucho. Si bien yo no voté al gobierno actual porque no tenía edad suficiente, sé que si lo hubiera hecho tendría todo mi derecho a protestar, justamente porque yo puse allí a quien manda.

Probablemente quedo en deuda de saber lo que en realidad pasa, de hablar de temas actuales, de decisiones gubernamentales y negocios con China, pero si hay algo que sé y de lo que estoy seguro es que no se puede formar un país unido basándose en el odio e ignorando al que piensa distinto, sin animarse a cambiar. Va para todos, cyber k's y neonazis, camporistas y opositores, choripaneros y gorilas. Argentinos y argentinas.

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