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Qué imbécil

Y el único rayo de sol que se filtraba entre tanta nube parecía estar apuntando hacia vos. Ese cuadro perfecto que se formaba con la guerra de luces entre la del astro y la de tu mirada suele ser mi obra de arte favorita, así que dejé que el mundo se detenga para darme ese lujo único de apreciarla.

Esta vez noté algo raro: por primera vez, tus faros se dejaron ganar por el astro rey que, ya cantando victoria, decidió retirarse y recostarse entre las nubes que transformaron el retrato impresionista en un Guernica emocional. Arrancaste una de las tantas hojas de césped que tenías a tu alrededor en busca de palabras, quizás un poco intimidada por la gente que, poca pero a ritmo constante, recorría la costanera baja en pos de una vida sana.

Nunca me imaginé que podría odiar tanto a mi pánico hasta que entendí que tenía posibilidades de perderte. Creo que el saber que las cosas importantes pueden desaparecer es lo que las hace tan valiosas. Y cada crítica constructiva, certera como siempre, que salía de tu boca, en mi corazón era procesada como un motivo más para que me sueltes, te limpies la tierra del jean por estar sentada en el piso y vayas a tu casa para no volver. Sabía que era ilógico, que no tenía sentido, pero ahí estaba todo ese miedo avanzando y conquistando estratégicamente cada ventrículo y aurícula del centro de mi sistema circulatorio.

No pude soportarlo. Lo intenté pero fui masacrado. Y tantas batallas perdidas armaron su cementerio en esa gota de agua salada que cayó al piso cedida por mis ojos. Mi pánico era tan grande que a mi cuerpo le quedaba chico, así que usó la lágrima como salida al mundo exterior y arribó a tu mente.

"¿En serio está llorando?" habrás pensado, aunque mis conjeturas siempre son tan infundadas que me dejan parado en cualquier lado que no sea tierra firme.

Me di cuenta que mi vista ya no podía apartarse del pasto. El "yo" que conozco se hubiese hecho cargo de las lágrimas y habría usado hasta la última fuerza para no rendirse pero, en una maniobra de la que sentía que me iba a arrepentir toda la vida, decidí capitular.

Me sentí derrotado. Me sentí avasallado. Te lo expresé, y esos segundos de silencio que aplastaban todo alrededor me sirvieron de filípica introspectiva. ¿Por qué me caí así? ¿Cómo me dejé vencer por mi miedo? No tiene sentido, aún teniéndote en frente mío y con todas las oportunidades de pelear por vos me dejé conquistar otra vez, más que costumbre al pánico ya sería cariño. Cariño hacia mi defecto más odiado.

Otra vez, como lo hice las pocas veces que encontré alguien que me importe tanto, me pregunté hasta dónde llegarías. Si te presento mi lado oscuro, ¿me abrazarías esta noche? Si te abro mi corazón y te muestro mi lado débil, ¿qué harías?

Un relámpago de conciencia me atravesó los huesos: es que tanto preocuparme por cómo me sentía me hizo olvidarme de mirarte. Dirigí mi vista hacia tus pupilas y entendí que cuestionaba tu resistencia cuando en realidad ya habías pasado el campo minado, golpeado a los perros, desactivado los electrónicos ojos azules, esquivado la escopeta de mi salón, marcado la clave de seguridad y entrado a mi bunker. Y aún encontrándome ahí, solo, indefenso, y habiéndote exigido tanto, en vez de recriminármelo atinaste a abrazarme.

Después de haber comprendido todo rectifiqué mi vista y me propuse contarte qué hay detrás de mi muro. Mi meta era confiarte mis adentros, era darle la estocada sorpresa al miedo que ya temía por su vida, y estaba completamente renacido y seguro de lograrlo.

Pero el gris nunca se fue. Entendí que a las palabras se las lleva el viento sólo cuando se trata de negocios. Bah, más que aprenderlo por mí mismo, me lo hiciste ver. Ya te había dicho que no podía y esa errónea y derrotera conclusión que emití caló hondo en tu cuerpo. Tu cara de decepción fue tu último mensaje hacia mí antes que des media vuelta, te limpies el pantalón y te vayas, fiel a tu costumbre, sin mirar atrás.

Me quedé sentado mirándote y deseando que mires hacia atrás. Sabía que no iba a pasar, te acompañé las veces suficientes como para cerciorarme de que no lo hacés. Más cementerios acuáticos, cicatrices de la guerra perdida, se sucedieron en mis lagrimales. Tras unos minutos me acosté en el pasto y miré al cielo. La lluvia era inminente en las nubes negras de tormenta, y justo antes de que caiga la primera gota cerré los ojos y deseé que nada de esto hubiera pasado.

Cuando los abrí no veía nada. La oscuridad era reina y el silencio príncipe. El gusto era parte de la nobleza, y el olfato también tenía un título honorífico pero parecía estar haciendo las valijas y abandonando el castillo tras percibir el hermoso perfume.

Fuera de la realeza de los cuatro sentidos, el tacto causaba una ruidosa revolución. Le di mi atención y me hizo notar que mi brazo izquierdo estaba debajo de tu cuello y mi derecho alrededor de tu cintura. La reina abandonó sus aposentos, se adaptó a la oscuridad y me hizo ver que tu belleza seguía junto a mí. Solté una risa, me dije "que imbécil", y volví a dormir.
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