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"Inundación" o el secreto que esconde el agua

Una fecha cualquiera, una de tantas que se suceden. El río Uruguay, otra vez, alcanza los 10 metros y sabotea gran parte de la costanera, sobre todo la conocida como "Zona verde" a la que se llega a través de la Avenida del Río.

Más que una avenida parece una península que se adentra en el agua en paralelo a la principal ruta de la Costanera. Entre una y otra hay alrededor de 250 metros, espacio por el que no se ve más que un charco enorme, ideal para la práctica de remo o canotaje.
A la mitad sólo se ve la punta de algunos postes de iluminación que dejan adivinar que, debajo de la alfombra, hay alguna especie de construcción. Avanzar un poco deja ver un bote abriéndose paso como una seda que se desliza sobre un espejo. Detrás de él, otra península, más rígida y oscura, hecha de ladrillos y que cumpliría la función de muelle. Todo un enigma, todo tapado. Mucho para descubrir, poco para ver.
A la izquierda de la Avenida del Río se aprecia un entorno más alentador, con grandes charcos que tapan casi con totalidad las canchas de hockey del Club Pesca y al bar "Pachamama". La rotonda del final se muestra inmersa en el espejo, ese que poco a poco fue ganándole terreno hasta sobrepasarla y obligar al conductor del automóvil a dar la vuelta.
Mismo panorama se ve si se vuelve para atrás y se mira al noroeste tras pararse en la Avenida Castro. Un parque gigante repleto de agua, que pareciera esconder mucho más que ser sólo un mantel azul. Junto al cristal se muestra el verde, y un mástil blanco se erige orgulloso portando la bandera argentina en el centro del charco.
Si algún turista pasó por esta zona en ese preciso momento, muy repetido por cierto, en el que el agua elige sentarse en todos los lugares verdes de la nueva costanera, probablemente se haya ido pensando que se perdió mucho y que le gustaría volver, así como también podría concluir "¿Así es todo el tiempo? ¡Qué lugar feo!". Ante cualquiera de las dos alternativas, para la ciudad pareciera menester mostrar el verdadero paisaje natural que, muy pocas veces, se deja ver en todo su esplendor.

El velo se retira
Dos semanas después de ese momento repetido, el agua está muy lejos de donde estaba. Ya no tapa, ya la retaron, abandonó lo que no le pertenece. Se centró en ocupar su cauce y en dejarle a los humanos los terrenos que se atrevieron a modificar, al menos por un par de meses.

El descenso es brutal y deja ver joyas verdes por doquier, un paisaje inspirador y secretos a mansalva. Tan sólo mirar hacia la derecha al circular por Castro desde el Nebel para la Costanera dejaría boquiabierto a cualquier turista o persona que no haya presenciado este lugar. Es que, por más bonito que sea, no aparece en ningún folleto turístico.

El mástil sigue mostrándose en el medio del parque, ahora dejando apreciar la isla artificial que gobierna. El minúsculo montículo pareciera un país aparte, rodeado por el curso del Manzorez y con dos anchos puentes que lo conectan a ambos márgenes. Una presa mantiene al arroyo en el nivel deseado y forma una atractiva catarata artificial, donde se evidencia una contaminación ambiental importante pero que es ínfima al compararse con la que había, en ese mismo punto, en el año 2.000.
Esas moléculas que caen de la presa erigida junto a la república del mástil se ven obligadas a atravesar por debajo al puente de Avenida Castro para inmediatamente caer en otra presa, esta vez con una caída circular y no con forma de "castillo". Entre tantas caídas, si las moléculas fuesen un grupo de amigas inseparables ya habrían faltado a su palabra.

Tanta movimiento del agua permite al oxígeno ingresar en cuotas saludables, deja a la basura cada vez más atrás y forma un lago, esta vez de una proporción mucho menor al de hace dos semanas, entre la Avenida de los Pueblos Originarios y la Avenida del Río. En este charco el agua ya es sana y es habitual ver una fauna activa, con garzas y todo tipo de aves intentando cazar a los peces que no dejan de picar.
Al este del lago, la Zona Verde vuelve a ser tal y la Avenida del Río ya no parece una península sino una calle que lleva hacia una playa que prácticamente no se visita. Allí, la arena aparece en una cantidad interesante (aunque no llega a la abundancia que tienen Colón y Concepción del Uruguay), y la pesca se muestra como posibilidad al observarse a un hombre dejando su moto para tirar la caña al agua.
Junto a la playa, se observa la bonita desembocadura del Manzorez. Probablemente la molécula de agua que venía pasando por todas las cascadas se haya separado aún más de sus amistades, porque antes del puentecito que reclama la posesión de los postes de luz que apenas se veían en plena inundación, otra caída más se dejó observar.
Después...
Foto: Después...
Antes...
Foto: Antes...
Al otro lado de la desembocadura, al otro lado de la playa, una construcción de color marrón se muestra firme y poderosa, y junto a ella un bote de prefectura se bambolea por las olas. Los prefectos comentan cosas que, obviamente, no se llegan a distinguir. Se trata de un edificio alto y robusto, que hacía dos semanas se escondió bajo el agua y formó apenas un pequeño muelle a ras del mantel azul. Tanta altura movería a preguntarle a la naturaleza cómo hace para ocultar tamaño edificio, si es un truco de magia o simple obra del aburrimiento.
Después...
Foto: Después...
Antes...
Foto: Antes...
Depende la temporada, el mes, las ganas, el agua va eligiendo cuántos lugares copar. Esta vez, los skaters y bikers no tuvieron que observar como su parque se volvía una escultura hecha para mirarla, el presidente del Club Regatas no tuvo que mover todas las cosas, tampoco el del Pesca, tampoco los demás comerciantes ni los habitantes de la zona.

Es que es lo normal. Concordia ya está acostumbrada (o debería estarlo) a que si hace cosas por debajo de los 14 metros de altura el río Uruguay las termina pidiendo prestadas. El agua siempre aparece, crece, ocupa las cosas... quizás es la forma que elige la naturaleza para recordarnos que todo es de ella, y que como madre hay que respetarla.



(Nota: algunas fotos del paisaje sin la creciente fueron tomadas intentando respetar el ángulo que usé para fotografiarlo con el agua al tope. Animo al lector a buscarlas en el artículo y comparar)

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