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¿Está Entre Ríos preparada para afrontar catástrofes naturales?

Hay catástrofes que se dan más en cámara lenta y las inundaciones que aquejan a las provincias de Buenos, Aires, Santa Fe, Córdoba y La Pampa son una muestra. Nosotros también hemos tenido de las nuestras, pero las razones por lo general han sido otras. Arrancando con las inundaciones del 79, el fenómeno se repitió en la pampa húmeda en el 86, 92, 2002, 2012, rematado por la más reciente inundación de este año. Los motivos son varios: mayores lluvias -casi el doble hoy que en los setentas- rutas, caminos, y vías del ferrocarril que evitan que el agua se escurra, una mayor concentración en el cultivo de soja - que absorbe mucho menos agua- y la dramática e increíble falta de obras que se emparenta con el continuo desencuentro entre las provincias respecto a cuál debe ser el plan maestro integral.

Fíjense que han pasado casi cuarenta años, y más allá de las cuestiones estrictamente climatológicas, el resto ha sido causado por la mano del hombre. Más que una mano negra una mano indolente, irresponsable y desinformada que ha puesto a un equivalente de medio territorio uruguayo bajo riesgo cierto de transformarse en un permanente laguna. Claro que esto no solo afecta y mucho la actividad agropecuaria de una extensísima región sino que también impacta de manera muy negativa sobre decenas de asentamientos urbanos, algunos tan grandes como la muy importante ciudad de Junín en la provincia de Buenos Aires.

El gobierno argentino, en compañía de los gobiernos provinciales, se gana entonces una pobrísima nota, un gran aplazo, en lo que hace a la manera en que se ha gestionado una catástrofe natural que encima ha dado todo el tiempo del mundo para prevenirla y darle batalla apropiadamente preparado.

Vayamos ahora a fenómenos naturales sorpresivos o violentos como los que se han dado en fecha reciente en el Caribe, en la forma de los huracanes Irma y María, o el terrible terremoto en México de la semana pasada. En todos los casos, las pérdidas humanas han sido limitadas - un gran avance con respecto a situaciones similares anteriores- y en buena parte porque los países damnificados se han preparado mejor; con una infraestructura más adecuada y un proceso preventivo que les permite una mejor capacidad de respuesta. Aun así, rompe el corazón ver las imágenes que nos devuelve la televisión. México ha logrado ponerse más rápidamente en pie, pero en la Isla de Puerto Rico, la situación, a una semana del fenómeno, sigue siendo desesperante.

De poco parece servirle a Puerto Rico en la ocasión ser un estado libre asociado de los Estados Unidos. La isla casi no tiene electricidad, agua potable o teléfonos y la infraestructura ha quedado hecha pedazos. Puertos, caminos, represas, no hay distinción en cuanto al daño. Y se prevé que la vuelta a la normalidad ha de llevar muchísimo tiempo. Reconstruir las líneas de distribución de energía eléctrica podría tomar muchos meses, sino más de un año. Mientras tanto, quien no cuente con generadores eléctricos está condenado a vivir sin luz, y muerto de calor.

Por aquí, Dios nos libre y nos guarde, parecemos estar a reparo de los fenómenos naturales de alta intensidad que se dan de manera brusca e inesperada. Los más frecuentes son las inundaciones y muy ocasionalmente tornados o tormentas muy fuertes que provocan serios destrozos. Las inundaciones suelen afectar sobre todo a las comunidades ribereñas de los ríos Uruguay y Paraná y cuando se dan las consecuencias son muy negativas. Tal vez demasiado. Es que aquí suele quedar a la vista toda la improvisación y falta de seriedad de quienes tienen la responsabilidad de planear y ejecutar para esas circunstancias. No solo no hay hecho un trabajo de fondo, como tomar todas las medidas que hagan falta para evitar que se construya debajo de ciertas cotas, sino que tampoco existe una buena capacidad de respuesta por parte de nuestras autoridades.

Defensa Civil en nuestra provincia no solo se rige todavía según los dictados de una antigua ley, la número 5323 de abril del 1973, sino que su función parece agotarse en una tarea de coordinación con las distintas juntas municipales y que engloba también a Bomberos, Policía, y hospitales de la provincia. Es cierto que se dan cursos de capacitación, como los que dicta la Facultad de Trabajo Social de la UNER, pero el organismo carece de un capacidad más o menos eficaz de respuesta frente a cualquier desastre natural de cierta magnitud. Incapaces de reaccionar adecuadamente frente a inundaciones o tormentas de relativa o baja intensidad, imagínense lo que se podría esperar de este organismo y sus coordinados en caso de una emergencia tal como el terremoto en México o el huracán en Puerto Rico. No habría nadie, o casi nadie para atendernos en la urgencia, y seguramente quedaríamos con la infraestructura totalmente destruida considerando su precariedad e ineficiencia. Ni hablar de cuál sería el posible tiempo de recuperación.

Enfrascados en las simples cuestiones de la vida cotidiana, a veces es útil dar un paso atrás y repasar qué terreno estamos pisando y cómo estamos preparados para afrontar la emergencia. El estado de indefensión que vivimos, también en este frente, es sin dudas otro motivo más para reflexionar sobre cómo está Entre Ríos y como estamos los entrerrianos.

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