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¿Se viene o no se viene el ajuste?

Qué esperar para el día después de las elecciones

Al gobierno nacional lo corren por izquierda, lo critican por un supuesto mega ajuste o por cierta insensibilidad social -que en honor a la verdad no se termina de ver en los números- pero también por derecha. No son pocos en este campo los que piden un ajuste del gasto público, explicado en un déficit fiscal tan abultado que este año va a superar los 6 puntos del producto. Paradójicamente, a pesar de que hacen planteos opuestos, ambos protestan por el alto endeudamiento y por el crecimiento de la deuda, sobre todo en dólares. Los que vienen de la izquierda y se dicen progresistas se quejan del supuesto ajuste brutal pero no ofrecen ninguna alternativa a la toma de deuda como una única forma de cerrar el déficit.

La ortodoxia económica, personificada por economistas como Espert, Cachanosky y algunos ex funcionarios como Melconian, habla de que hasta ahora el único ajuste lo hizo el sector privado y que poco y nada se vio en el sector público. Algo de razón tienen y eso explica el gradualismo del que habla el gobierno. Ser gradualista es ajustar poco en promedio y confiar en que el ajuste se podrá hacer gradual y progresivamente y sobre todo sin dolor, algo que creen sería posible una vez que la economía comience a rodar otra vez y vuelva a crecer consistentemente.

La heterodoxia, representada por unos cuanto más en las que se puede sumar a Kicillof y tal vez a Lavagna por nombrar a algunos, advierte sobre el endeudamiento y aspira a mantener una altísima e intolerable presión fiscal. Para ellos la única forma de balancear el déficit hoy es cobrando más impuestos, a pesar de que los contribuyentes argentinos están hoy tanto o más presionados que los de países de ingresos muy superiores como Francia o Estados Unidos. La receta alternativa, aunque no se la reconozca, es imprimir billetes como una manera de financiar la brecha entre ingresos y egresos. Esto es lo que se hizo durante el kirchnerismo, con consecuencias nefastas y que todavía hoy estamos pagando. A la inflación desatada se le agregaron además distorsiones artificiales enormes en los precios, y corregir este fenómeno nos llevó a picos de 40% el año 2016, con una declinación progresiva y exasperantemente lenta a partir de ese momento. Argentina sigue pagando el precio de los platos rotos con una inflación descomunal mientras el resto del mundo, salvo honrosas excepciones, goza de índices de inflación que se ubican en el rango del 2 a 7% anual. Realidad por cierto muy lejana a la nuestra.

Como tenemos bastantes más pobres que en Alemania, esto es ahora y fue siempre aunque al ex ministro cristinista Aníbal Fernández le cueste reconocerlo, la fórmula del gradualismo económico propiciada por el gobierno no parece del todo descabellada. Con 30% de pobreza y con un estado elefantiásico, cualquier recorte abrupto de gastos es posible lleve además a plantearnos ciertas dudas respecto de la gobernabilidad. Tal vez estas dudas desaparezcan de la mano de un triunfo contundente de Cambiemos en octubre, el que hoy parece más cerca, y no son pocos los que se comienzan a preguntar si el gobierno no buscará cerrar el déficit vía reducción del gasto una vez pasadas las elecciones y antes de que termine el año.

Dicen los que saben que la economía está creciendo, incluso que entre el segundo y tercer trimestre de este año es posible veamos un pico de avance superior al 4%. Muy posiblemente para el día de las elecciones de octubre este avance se vea claramente en la calle y se refleje también en el consumo, hasta ahora muy postergado. Un fin de ciclo más predecible para Macri y una economía que levanta podrían traer aparejado un aumento en la inversión el año próximo, lo que se debería traducir en mayor empleo. La expectativa de un mejor 2018 y el mayor optimismo económico podrían ser entonces el empujón que este gobierno necesita para animarse a aun ajuste menos gradual, aunque tal vez más quirúrgico. En particular, Argentina necesita redimensionar el tamaño del estado, el que ha visto incrementar su participación en la economía a niveles inimaginados. A nadie le escapa la noción de que el sector público no desata las fuerzas más productivas de una economía y Argentina está en un punto en el que necesita un tremendo salto en productividad si es que pretende competir de igual a igual con las mayores economías del mundo.

En definitiva, ante la duda, parecería lógico apostar por algún tipo de juste que nos deposite en el 2018 con una expectativa de crecimiento más medida y con cinturones más ajustados. Como suele suceder por aquí, seguramente en el 2019 el gobierno vuelva a pisar el acelerador pensando en la posibilidad de que el actual ciclo se extienda otros cuatro años. En cualquier caso, con este gobierno o con cualquier otro, el crecimiento a tasas chinas parece ser cosa del pasado. Hoy queda claro que entonces estábamos hipotecándonos por varias de las décadas por venir. Y cada día que pase quedará más claro todavía.

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