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De la que nos salvamos

Venezuela y el infierno que nadie quería conocer (pero que estamos conociendo)


Muchos se preguntan el porqué de esa fascinación que parecemos tener los argentinos con lo que sucede en Venezuela, país hoy sumido en el mayor de los desastres y al filo de una guerra civil. La respuesta parece anidar no en un compulsivo interés por la desgracia ajena, sino muy probablemente en que la mayoría de nosotros sigue viendo en este país amigo el reflejo de lo que pudimos haber sido y finalmente no fuimos. Incide también en ese rebote interminable de noticias que vemos en todos los medios locales por estos días, el silencio incómodo de ciertas figuras públicas nuestras ante el desmadre, justificado tal vez en la identificación ideológica con Nicolás Maduro y sus boliburgueses, quiénes todavía hoy siguen invocando el nombre del pueblo para seguir cometiendo las barbaridades que cometen.

Finalmente son varios los países de la región los que se han despertado y elevado su voz frente a lo dantesco de la situación. Argentina, valientemente, ha sido uno de los que ha tomado la posta en el reclamo, junto con Chile, Perú, Colombia y hasta un debilitado Brasil. No se entiende la indiferencia uruguaya, si la complicidad de los aliados ideológicos del ALBA como Bolivia y Nicaragua. También se entiende lo de Cuba, dicen los que saben y con razón, que si Maduro cae seguramente se lleve con él a lo que queda del régimen castrista, incluso tal vez se pueda entender la posición silenciosa y cómplice del kirchnerismo y de la izquierda en Argentina, pero no la tardía critica de la Iglesia Católica de Venezuela, la que solo hace unas pocas semanas tomó una posición crítica. Menos se entiende aun el silencio del Papa Francisco, que nada ha dicho ante el accionar avasallante e ilegal de un régimen cívico militar que hoy ya ni siquiera se preocupa de guardar las formas.

Muchos critican la tibia posición de Estados Unidos, con sanciones que parecen apocadas pero que responden a la lógica de no ser percibidos como los culpables de una hambruna final en Venezuela, pero poco dicen del indisimulado apoyo del régimen por parte de Rusia y China, más interesados en su juego geopolítico que en el bienestar de aquéllos que todavía siguen en Venezuela y no han podido sumarse a una diáspora que ya ha llevado millones de venezolanos a nuevos destinos, incluido Argentina.

La Asamblea Constituyente, elegida en una elección mínima - y arreglada- el pasado domingo, seguramente termine con todos los poderes constituidos, sobre todo con la Asamblea Nacional donde reina la oposición, pero poco y nada haga por cerrar una herida que hoy ha dejado al 80% de los venezolanos de un lado, desarmados e indefensos, y al 20% del otro, armados hasta los dientes y con el apoyo de unas fuerzas armadas cooptadas por la corrupción y el narcotráfico. Hasta no hace mucho sonaban exageradas aquellas voces que hablaban de un narco estado en Venezuela, hoy ya no tanto.

La suma del poder público en manos tal vez no de un inoperante Maduro sino en las de su maquiavélico contrincante interno y chavista acérrimo Diosdado Cabello no hace sino preanunciar más tormentas, y muchas, en todos los frentes, institucional, social y económico. Hoy más del 90% de los venezolanos parece vivir por debajo de la línea de la pobreza y eso muy posiblemente no cambie, ni con Maduro ni con Cabello. Hoy más del 70% de los venezolanos dice pasar hambre y haber bajado de peso. Eso seguramente no cambie tampoco. Los únicos que deberían estar bien son los amigos del régimen, que son los que se han quedado con todos los dólares baratos que el chavismo les regaló a sus amigos y aliados, pero ni aun ellos están a salvo. La escasez y la falta de aprovisionamiento de alimentos alcanza a todos, hasta los más ricos, y las colas interminables en panaderías y supermercados son prueba elocuente de la magnitud del fenómeno. Claro que antes quienes decidan ir por alimento tendrán que haber burlado innumerables piquetes, allí conocidos como ¨trancas¨, dispuestos también a perder su vida en el intento de conseguir un pedazo de pan. Las calles, sobre todo de las principales ciudades, son hoy tierra de nadie, gobernadas por la anomia y la anarquía. Ningún bando garantiza la seguridad de nadie, amigo o vecino, y tanto en el chavismo como en la oposición abundan los radicales libres, convencidos de que no hay mejor solución para los problemas que la justicia por mano propia.

Venezuela parece haber entrado en definitiva en una espiral descendente de la que nadie sabe cómo podrá salir. Algunos hablan de una cubanización, apoyada en el accionar de un populoso grupo de cubanos que hoy ocupan posiciones estratégicas en el gobierno de Maduro, incluida la seguridad y la inteligencia, otros se atreven a pronosticar una sangrienta guerra civil. En cualquier caso, la solución que sea parece estar en manos de las fuerzas armadas, quienes permanecen como el verdadero artífice de poder. Lamentablemente, sus dos mil generales -por cierto una cifra casi estrafalaria- parecen haber alcanzado un punto de no retorno, sabedores de que no hay nada ni nadie que los salve de la cárcel si la oposición lograra hacerse del poder en algún momento del futuro. Sus tropelías han sido tales, que ni el más bueno de los mortales podría perdonarlos sin sufrir algún tipo de consecuencia.

Es triste, es doloroso ver la encerrona en la que han dejado al pueblo venezolano. Cualquier solución será costosa, terriblemente cara, tanto en vidas como en recursos. Habrá mucho más sufrimiento y angustia antes de que la paz y la concordia vuelvan y la sociedad venezolana logre recuperarse. Pero seguramente ese momento termine llegando, aun cuando hoy nadie se anime a aventurar cuánto tiempo más tendrán que seguir viviendo en ese infierno. Desde aquí, solo nos cabe apoyarlos como se pueda, aliviados de que - aun inmersos en nuestro propio universo de problemas- supimos dar un golpe de timón a tiempo, justo cuando nos encontrábamos a puntos de conocer un infierno parecido. De la que nos salvamos.

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