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De silencios vergonzantes frente a la debacle venezolana

Por estos días en Venezuela no dejan de contar muertos. Muertos anónimos, en decenas, tal vez centenas, resultado de protestas callejeras que no cesan y que apuntan contra el gobierno de Nicolás Maduro. Elegido en elecciones y ungido presidente en abril del 2013, Maduro, y el chavismo todo, tomaron con el tiempo un camino que los alejó paulatinamente de las instituciones republicanas convirtiendo a Venezuela en una democracia virtual. Hoy ese querido país es manejado con mano férrea por los militares y Maduro es solo poco más que un títere. Venezuela se ha convertido en un narco estado, donde un grupo enorme de generales, casi dos mil, contra los mil doscientos de las fuerzas armadas de los Estados Unidos por ejemplo, se reparten el verdadero poder.

Entre los dirigentes más representativos del ahora régimen, sean civiles o militares, no queda casi ninguno que no esté bajo la sospecha de participar o colaborar con actividades del narcotráfico, y muchos de ellos tienen incluso la extradición pedida desde Estados Unidos por la comisión de narco delitos. Maduro tiene sobrinos presos en Estados Unidos por estas cuestiones, y tanto el vice presidente del país como varios generales, de los más representativos, están en la lista de los más buscados.

Mientras tanto, el conflicto va consumiendo lentamente al país, con una situación económica que se ha vuelto desesperante, con unos índices de pobreza que ya superan el 80% y con los más vulnerables hoy lisa y llanamente en situación de hambre. Es muchísima la gente, se cuentan en millones, la que no tiene nada para comer. En este estado de cosas, la única actividad productiva que genera divisas es la producción de petróleo, aunque en franca caída ante la inoperancia gubernamental en manejar la empresa estatal, PDVSA. Claro, todo o casi todo el personal calificado que allí trabajaba ha optado por tomar mejores rumbos dejando Venezuela cuan estampida en búsqueda de mejores oportunidades.

Con una economía privada colapsada, con un estado inoperante e inerme frente al desquicio, la gran mayoría de los venezolanos busca como sobrevivir bajo las narices de un régimen que ya no oculta sus intenciones de suspender las elecciones presidenciales del año próximo. Su última estratagema ha sido llamar a una convención constituyente para modificar la constitución chavista de 1999, que ellos mismos escribieron, en la esperanza de embarrar la cancha una vez más y con la idea clara de ganar tiempo ante lo que cada día parece más inevitable. El día que haya elecciones, y mal que les pese a los generales, un gobierno de la oposición es la alternativa más factible. Sabedores de su destino en un escenario como ese, los generales parecen poco dispuestos a mostrarse flexibles y apuntan a seguir con un gobierno que es pura fachada, no importa si es Maduro u otro el que en apariencia lo comande.

En lo que se refiere a los países de la región solo muy recientemente se ha comenzado a cuestionar con firmeza la legitimidad de un gobierno que perdió su condición democrática hace ya mucho tiempo, demasiado. Demasiado tiempo en el que gobiernos complacientes, algunos que todavía están y otros que ya terminaron su mandato, optaron por el silencio cómplice o por una defensa desembozada, particularmente Bolivia, Cuba y Nicaragua y hasta no hace tanto Uruguay, Brasil, y por supuesto, Argentina.

No llama por cierto la atención ver la conducta del kirchnerismo, quien mantuvo una mirada cómplice frente al régimen venezolano hasta el final. Cristina Kirchner no congeniaba tal vez con Maduro como si lo hizo con Chávez, pero hasta los últimos días de su presidencia se lo siguió considerando como un aliado de fuste, tanto política como económicamente. Entre otras cuestiones, esa relación dejó una enorme cantidad de personajes enriquecidos, casi siempre a expensas de ambos estados, tanto allá como acá. Los privilegiados de este lado caminan todavía libremente por la calle, con la frente bien en alto.

Hoy, ese anterior oficialismo ahora oposición, parece seguir haciendo oídos sordos ante la barbarie. De la verborragia incontenible de apoyo han pasado a un silencio vergonzante, y no hay ni uno de los más renombrados líderes kirchneristas que haya dicho algo frente al atropello del momento. Ni siquiera los más moderados exponentes del peronismo se han atrevido a abrir la boca, menos por convicción y mucho más por miedo a decir algo que resulte inconveniente a los oídos de la jefa. En un extenso monólogo, mal llamado reportaje, en C5N la semana pasada Cristina Kirchner se ocupó de una multiplicidad de temas. Ninguna mención se hizo respecto de esta Venezuela sufriente y atropellada por la fuerza militar. Vergüenza.

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