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Del Macri ajustador que al final no lo era tanto

Estado ¨aguantadero¨, ¿sí o no?

El pasado martes 18 Mauricio Macri encabezó un acto en la Casa Rosada donde se firmó un acuerdo de modernización del Estado. Fueron doce los gobernadores presentes, con algunas ausencias notorias como la de Bordet y los gobernadores de Córdoba y Santa Fe. Uno de los momentos salientes de la escena se dio durante el discurso del presidente, cuando este acusó a la dirigencia política de hacer del estado "un aguantadero". Lo paradójico de la situación fue ver, detrás del presidente, al gobernador de Formosa Gildo Insfrán, al que no se le movió un musculo de la cara mientras el presidente pronunciaba palabras que tenían a él, entre otros, como principal destinatario.

Insfrán no es el único de los gobernadores que ha utilizado o utiliza al estado como aguantadero, pero tal vez sea el símbolo que mejor representa esa circunstancia. Gobernador desde hace 22 años, y antes vicegobernador por otros ocho, durante todo ese tiempo al mando Insfrán se ocupó no solo de incrementar la plantilla estatal de manera persistente e ininterrumpida sino que también llenó a las administraciones provinciales y municipales de personajes oscuros e inoperantes. Tanto el, como su extensa ¨cadre¨ de amigos y entenados se ocuparon de tomar como rehén al estado provincial, circunstancia que les valió la posibilidad de acumular riqueza e influencia en distintos grados a todos y a cada uno de ellos. Reflexión parecida le hubiera cabido a nuestro ex gobernador Urribarri si hubiera tenido la chance de estar parado ahí, todo un pichón de Insfrán que no llegó a superar a su maestro porque tal vez no dispuso de todo el tiempo que necesitaba. Delicias que a veces nos deparan a los humildes votantes límites a los excesos que saben venir de la mano de la institucionalidad. Aguantadero por aquí vaya si lo hubo, pero gracias a Dios nos salvamos de que tomara estado definitivo.

Hace bien Macri en marcarle la cancha a gente de los quilates de Insfrán o de Urribarri, pero también vale aclarar que aunque no llenó la administración de truhanes cuando fue Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, tampoco descolló en su gestión de racionalización del estado. El gobierno de la ciudad tenía demasiados empleados cuando él llegó y hoy, más de ocho años después, sigue igual. En todo caso, solo se limitó a congelar vacantes y a esperar que la gente se jubile. La cantidad de empleados de la ciudad es a la fecha prácticamente la misma que en la época en que Macri tomo las riendas de la ciudad.

Es cierto que no es fácil torcer la inercia a la que nos acostumbró la gestión kirchnerista. Meter y meter gente en el estado, por lo general por cuestiones de interés puramente político, y sin reparar en la conveniencia o en la necesidad real de aumentar la plantilla de tal o cual repartición. El incremento fue sideral, dejándonos donde hoy estamos, con una dotación de agentes estatales que si se suman los tres niveles supera en más de un millón a los que son realmente necesarios. Hoy el estado emplea a unos tres millones y medio de personas, vean entonces la magnitud del exceso.

Para peor, el kirchnerismo, en una práctica que no comenzó con ellos, utilizó al estado para emplear prácticamente a cualquiera, calificado o no. Si no hay trabajo que no se note, todos a upa del estado, donde la estabilidad es ley y las exigencias mínimas. Entiéndase, hay gente muy valiosa y preparada en el estado, pero lamentablemente terminan pasando desapercibida en el mar de improvisación y baja productividad que encarnan los cientos de miles a los que se les ha dejado entrar al estado porque no se sabe qué hacer con ellos. Triste pero un mal bien de estos tiempos, cargar en el estado todas las culpas resultado de una manifiesta falta de capacidad de la dirigencia política para atacar las problemáticas de la falta de empleo, la pobreza y de una muy pobre educación.

De los tres millones y medio de empleados públicos, un 21% o poco más de setecientos mil agentes, trabajan para el estado nacional. Desde que asumió Macri, este número se mantuvo prácticamente inalterado. Un poco menos, un 13% trabaja en las municipalidades, aunque se presupone que aquí se incluye solo el trabajo registrado ya que también hay del otro en gran parte de los municipios. Aquí se ha visto algo de aumento en el número el último año y medio, pero es en el ámbito de las provincias donde se vio el mayor engrosamiento. Los empleados provinciales – casi dos millones trescientos- constituyen el 66% del empleo público en la Argentina, un numero sin lugar a dudas demasiado grande aun para un estado de las proporciones de los estados provinciales argentinos. Hoy el sector público es casi la mitad de la economía argentina ejerciendo una descomunal presión impositiva sobre un sector privado al que le crea problemas serios de funcionamiento.

Los que acusan a Macri de ajustador serial, entre otros los afiliados de ATE que acaban de declarar un paro de 48 horas, quedan claramente en offside ante la evidencia numérica. Como buenos argentinos, a los que nos vino de maravillas no disponer por tanto tiempo de estadísticas confiables, preferimos manejarnos puramente por sensaciones o percepciones. Macri es el ajuste y listo. Los números hoy dicen que el estado mantiene una plantilla sobredimensionada y que una reestructuración seria y responsable es necesaria e indispensable. Que lo digan sino quienes viven -por ejemplo- en Santa Cruz. Macri, que ya ha quedado claro no es el ajuste, debería tomar nota de esta realidad de estado empleador serial e inviable y comenzar a explorar formas posibles de racionalización, con el menor de los impactos sociales posibles. Tal vez para cuando la recuperación económica no sea solo una insinuación sino una incontrastable realidad esta administración debería tener listo un plan de acción, ejecutable en etapas y pensado en el largo plazo. A veces ese día en el que hay que dejar de ser políticamente correcto también llega.

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