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El estado de emergencia de la justicia provincial

Hoy peor que ayer, mejor que mañana

Según el informe 2016/2017 que presentó Poder Ciudadano, el poder Judicial, y más precisamente la justicia federal, se encuentra en estado ¨catastrófico¨. Si hay un caso paradigmático, este es el del camarista del fuero federal Eduardo Freiler, quien más que un funcionario judicial ha tratado de hacer las veces de operador político. Esto además de enriquecerse, de manera casi obscena, en el intento.

Por estas tierras, quienes conocen de cerca el entramado de la justicia provincial no la tienen tampoco en un muy alto concepto. Todo lo contario. Y las generales de la ley parecen aplicarle a todos sus estamentos, desde un secretario a lo más alto del Superior Tribunal provincial.

Para quien no es docto en leyes a veces se hace difícil poder juzgar, valga el término, a quienes se ocupan de impartir justicia en nuestra comunidad. Pero cuando uno escucha, repetidamente, la misma cantinela de profesionales del derecho en los que uno confía no puede menos que prestarle atención.

Son muchos los que hoy coinciden en afirmar que nuestra justicia es lenta hasta el paroxismo, particularmente cuando se la compara con la de otros distritos, donde parecen tener una mejor gimnasia. Las coincidencias también pasan respecto de la liviandad intelectual de nuestros jueces, lo que queda en evidencia en la pobreza de sus sentencias. Inclusive se ha llegado a escuchar que se ha alcanzado un punto en que uno ya no sabe qué esperar cuando de una sentencia se trata, ni aun en la más obvia de las causas.

Las ferias judiciales tan extensas parecen ser una prerrogativa más propia de la edad media o del siglo pasado. Vivimos en una sociedad que se mueve a velocidades vertiginosas y donde la mayoría de sus actores se toma vacaciones cortas y salteadas. En el siglo 21 cuesta entender eso de las ferias judiciales de un mes en el verano y de dos semanas en invierno. Una recompensa casi exagerada para nuestros oficiales de justicia.

Finalmente, gran resquemor producen las altísimas remuneraciones de un sector que se muestra desganado y poco comprometido, cuando no desconectado de la realidad que le toca vivir al común de los mortales. Más aun cuando se sabe que una vez jubilados sus compensaciones han de superar aquellas que tenían cuando estaban activos. Todos quienes hemos trabajado por décadas y aportado lo que marca la ley sabemos a ciencia cierta que uno debe esperar bastante menos de lo que ha percibido en la cúspide de su vida profesional. Particularmente aquellos que trabajamos en el sector privado y no disfrutamos las mieles de la estabilidad que viene de la exclusiva mano del sector público.

Para cualquier vecino y miembro del Poder Judicial que lea estas líneas el consejo es que se las tome a bien. A veces la única forma de arreglar un problema es empezar reconociéndolo. Y en esa dirección van estos breves pensamientos de hoy.

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