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El infierno en la calle: ¿Alguien se acuerda qué dice el artículo 22 de la Constitución Nacional?

Dice la Constitución Nacional en su artículo 22. "El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición".

No son pocos los que deberían recibir una clase de Instrucción Cívica. Tal vez no se puede esperar tanto de 500 o 600 exaltados como los que vimos este lunes pasado en los disturbios en la zona aledaña al Congreso Nacional, pero sí de algunos de quienes se dicen representantes nuestros. Fueron varios los diputados, más que unos pocos, los que se mostraron un una actitud cómplice y en sintonía con lo que sucedía en la plaza, todos abocados a hacer fracasar la sesión de Diputados que finalmente termino aprobando la reforma previsional que ya tenía media sanción en el Senado.

La estrategia era bardo y escándalo afuera mientras adentro del recinto se jugaba un juego de dilaciones y de chicanas llamado a estirar la sesión lo más posible, con la esperanza puesta, tal vez, en que en ese lapso corriera sangre materializada la forma de heridos o muertos. La izquierda, el kirchnerismo, -y esto es lo increíble- los residuos del massismo, se encolumnaron detrás de una estrategia peligrosa y que apuntaba a dejar en las manos de la calle las responsabilidades que, en este caso, le cabían al Poder Legislativo. Aquella frase de Cristina Kirchner, "si quieren mandar, armen un partido y ganen las elecciones" -por cierto una frase agresiva, provocativa y lejana a cualquier intento de conciliación o diálogo-, tomaba de repente una llamativa actualidad.
Aunque antipática, planteaba válidamente que en democracia, para ser protagonista y liderar las instituciones que la componen, hace falta conseguir la adhesión popular mediante el voto. Y cualquier otro intento, como el de la plaza el otro día, está más bien cerca de la figura de delito o sedición y no tiene lugar dentro del juego democrático.

Este lamentable espectáculo del lunes es uno que promete repetirse unas cuantas veces más en el futuro si es que esta oposición dura y resentida entiende que hechos así la pueden ayudar a debilitar un gobierno que ganó cómodamente las elecciones solo dos meses atrás. Hoy esa oposición se siente seriamente amenazada y ve que sus chances de ser otra vez gobierno a través de las urnas languidecen como nunca antes. Ante un problema de tan difícil solución para sus tan altos intereses, la alternativa de volver al poder al precio que sea -detrás del discurso de que ellos son los únicos capaces de manejar esto- se vuelve más valida que nunca.

Ahí es cuando se entiende el accionar de un kirchnerismo cada vez más acorralado judicialmente y el de un massimo en desintegración, que deciden elegir como aliado a una izquierda que ha perdido toda vergüenza y que se exhibe tal cual es, una fuerza de choque extremadamente antidemocrática e intolerante. Si teníamos alguna duda, hoy está bien claro para todos que la izquierda argentina no cree en la democracia como sistema de representación. Lo que sí es una sorpresa es que los antes nombrados también parezcan creer lo mismo.

La violencia vivida el otro día, que bien pudo terminar con la toma del Congreso y una tragedia, no define a toda nuestra sociedad. En cambio sí muestra los ribetes facistoides de un grupo minoritario, pero muy decidido a inocular en la mayoría el veneno del odio, el resentimiento, y la mentira. Más allá del delicado momento económico que la coyuntura indica estamos viviendo, y como la sociedad madura que pretendemos ser, deberíamos poner particular cuidado en no sumarnos a estos desbordes que prometen condenarnos a seguir siendo un país pauperizado y sin el destino de gloria para el que aparecíamos predestinados. Llevamos setenta años de fracasos y frustraciones y a esta altura de la velada ya deberíamos saber el porqué. Para los que no lo saben, situaciones como la hoy aquí discutida, son una expresión cabal y definida de porque hoy somos quienes somos y estamos como estamos.

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