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La batalla por la inflación, las tasas de interés y el déficit fiscal

De posiciones bienintencionadas pero contrapuestas dentro de la conducción económica

Es un secreto a voces que hay una lucha sorda dentro del gobierno de Macri respecto de la política de tasas de interés. El Banco Central, perdidoso en su lucha contra la inflación -en el 2017 seguramente orille el 24% contra el estimado de 17 a 19% con que habíamos comenzado el año- continúa redoblando la apuesta y no deja de subir las tasas. En estos días ha llevado la tasa de referencia a 28.25% elevando por ende el rendimiento de las Lebacs, con aquellas más cortas superando la marca del 30%. Mientras tanto y en la vereda de enfrente, el equipo de Hacienda y Finanzas se desvive por advertirle a Macri del impacto negativo de tasas tan altas mientras se encarga de mandar al Central al rincón de los culpables.

Por estos días el Banco Central no ceja en su intento de domar la inflación, al costo que sea, y ya se atreve a pronosticar una inflación del 8 al 10% para el 2018. Una expresión de deseos que solo se entiende en la esperanza o deseo de clavar las expectativas inflacionarias a niveles bastante más inferiores a los índices con los que convivimos hoy. Para que nos arrimemos a un número tan bajo, con un déficit fiscal a la vez tan alto, no quedaría otra que mantener una política de tasas estratosféricas mientras sufrimos un tipo de cambio aún más retrasado, tal vez al nivel de unos 16,5 pesos por dólar.

Es que todos sabemos que el importante desfasaje entre ingresos y egresos del sector público hoy se cierra con endeudamiento externo. Esto es con un flujo de dólares financieros que hoy parecen dispuestos a entrar a raudales a Argentina, gozosos ante la combinación de altísimas tasas de interés, en un mundo de tasas casi iguales a cero, y la consolidada credibilidad del gobierno de Macri después de su triunfo en la reciente elección de medio término.

Es por todos conocido que tasas altas y un dólar barato, son la receta perfecta para que la actividad económica se deslice en una pendiente cuanto menos suave. Perjudica además, y mucho, la competitividad de una economía que -más allá del dólar barato- sufre costos laborales y logísticos muy altos y una presión impositiva más propia de Estados Unidos o de Europa. Países donde, lo que uno paga en impuestos tiene una contrapartida inmediata en servicios y obras, algo que aquí todos sabemos que no sucede.

Con razón o sin ella, el fogoneo antiinflacionario del Central, en esta presente y compleja coyuntura económica, termina entonces por derribar cualquier esperanza de un proceso sostenido de crecimiento, fortaleciendo el peso, aumentando lo que se conoce como déficit cuasifiscal, y sin siquiera garantizar una baja elocuente en los índices de inflación. Pero claro, como se dice por ahí, es muy difícil inventar la cuadratura del círculo, en este caso tratando de derribar la inflación exclusivamente vía el Banco Central y sin atacar el principal problema de hoy que es el enorme déficit del Tesoro. Mal que les pese a los que hablan de ajuste salvaje, el gobierno se encarga de desmentirlo cada día con un déficit que se mantiene altísimo y casi inalterable. Y los esfuerzos que se prometen hacia adelante se ven a todas luces como insuficientes.

Se puede entender entonces que esta lucha de poder de la que somos testigos termine laudándose en un plazo no muy largo a favor de alguno de los dos grupos. Considerando las urgencias del Ejecutivo, y las inconsistencias de las políticas monetaria y fiscal, todo haría indicar que el 2018 debería recibirnos con una intención de bajar tasas y con la idea de un recorrido que termine más cerca del 20%. Si ese fuera el caso, estaríamos hablando entonces de niveles de dólar más alto, tal vez en la zona de 18 a 18,50 y la aceptación implícita de que en el mejor de los casos la inflación del próximo año va a estar en la zona del 17 o 18%. En ese escenario, el perdedor seria el Central, tal vez no de la guerra pero si definitivamente de esta batalla de hoy.

La inflación es tal vez el principal cáncer, la más ponzoñosa herencia que nos dejó el kirhnerismo. Se puede entender entonces la bienintencionada lucha del Central por combatirla y derrotarla. Pero esa batalla es incompleta si solo se da subiendo tasas y enfriando la economía, afectando sobre todo al sector privado, mientras se sigue con la rienda suelta y la consecuente alegría del despilfarro en el sector público. Mientras que es entendible, que por una cuestión de sensibilidad política el déficit se cierre muy gradualmente y en un periodo prudencial de tiempo, se hace imperiosa también una toma de conciencia que nos haga entender que la clave para resolver las inconsistencias de la economía va a estar en balancear las cuentas del estado, más temprano que tarde. Por antipática que parezca, esa es la batalla que algún día tendrá que dar este gobierno si tiene la aspiración cierta de derrotar a la inflación, ese monstruo que destruye economías enteras y destroza todas las billeteras, sobre todo las de los más pobres.

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