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La crisis de la escuela pública

Increíble pero real, los que no pueden ir a una privada o a una parroquial ahora van a una rural

Ya sale de lo anecdótico. Hasta hace un par de años uno escuchaba un rumor urbano de gente que habitando algunas de las ciudades más importantes de la provincia cambiaba escuelas del ejido urbano y cercanas a sus casas por otras rurales y en muchos caso bastante alejadas. La incomodidad del largo traslado y la distancia mayor se compensaban con docentes que faltaban menos y en muchos casos eran más experimentados y por ende enseñaban mejor. Este año la evidencia empírica dejó entrever que el rumor era cierto, y ya despierta curiosidad en muchos que va a suceder con esa suerte de migración escolar en los años que vienen.

Es un secreto a voces que nuestra educación está en crisis. No solo aquí, sino en todo el territorio nacional, siempre con síntomas parecidos de dejadez y abandono. Son dos las cuestiones que parecen prevalecer como urgentes por sobre las demás, y estas son las quejas por la mala o total falta de infraestructura, y los altos niveles de ausencia entre los docentes. Esas carencias no son parejas y por supuesto hay excepciones, pero son comunes a casi todos quienes sufrimos de alguna forma el sistema educativo de nuestra provincia. Claro que no se acaba ahí la cosa, ya que el inconformismo está -y es importante- respecto de la calidad de la educación que se recibe. También hay cuestionamientos, aunque sean materia más debatible, respecto del tipo de contención social que realiza la escuela entrerriana en general, en muchos casos vinculado con la falta de comedores o el escaso valor nutritivo del plato de comida que allí se sirve.

Es común observar cómo en las ciudades más grandes de nuestro país estamos viendo una privatización "de facto" de la educación. Ese fenómeno se observa también en Entre Ríos, donde no necesariamente la educación privada es siempre de mejor calidad, pero sí es cierto arranca desde estándares más altos en los temas mencionados más arriba, con un mayor presentismo de los maestros y una infraestructura más cercana a las necesidades del siglo XXI. Dentro de este concepto de "privado" encuentran su lugar también escuelas parroquiales y aquellas conocidas como escuelas públicas de gestión privada. Mal que nos pese a todos, las diferencias entre estas y aquellas cien por ciento públicas son notorias. Tal vez así se entienda por qué la dirigencia política argentina, si puede elegir, elige siempre la escuela privada para sus hijos.

El hecho de que nuestros políticos, que quieren lo mejor para sus hijos como lo queremos todos nosotros para los nuestros, elijan como última opción a la escuela pública habla a las claras de lo que realmente piensan de la educación en las escuelas del estado. En definitiva, significa que ni ellos mismos confían en el sistema que se supone deben salvaguardar y poner extremo celo para que día a día se mejore, o por lo menos no se deteriore, el estándar de calidad. Como se dice vulgarmente, parecen haber tirado la toalla. Entienden que la escuela pública no les puede garantizar el mínimo de educación que quieren para sus hijos y optan así por una solución alternativa, aun cuando en muchos casos termina siendo bastante más costosa.

Algo mal debemos estar haciendo. Y esto lo sabemos todos. Argentina es uno de los países que más gasta en educación en América Latina, más de 6 puntos del producto bruto, pero aun así el derrame de esos recursos no parece traducirse ni en mejores escuelas, ni en maestros más felices, ni en mejores métodos de enseñanza. El tema recurrente cuando se trata de la educación parece ser el sueldo de los maestros. Y lamentablemente nos mostramos y nos sabemos impotentes para lograr que el debate supere esta gran barrera que es la compensación de nuestros docentes. Por supuesto que esto es vital para el éxito del sistema educativo pero también hay otras cuestiones, algunas aquí hoy discutidas, que nunca parecen encontrar el eco o rebote que se merecen.

La invitación desde estas humildes líneas es precisamente eso, a que se siga debatiendo sobre los sueldos de nuestros educadores pero también que se sumen a la discusión otros temas hoy olvidados en el fondo de la agenda. Si insistimos en dejar que un solo árbol, por más grande que sea, nos tape el bosque, no haremos más que confirmar esa presunción de que Argentina, cuando de educación se trata, se quedó en el siglo pasado. Lamentablemente hoy estamos preparando educandos para un mundo que hace más de cincuenta años que no existe. O tal vez más.

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