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La movilidad social en Argentina ya casi no existe

Los maestros como involuntarios cómplices

Argentina siempre fue sinónimo de movilidad social. De hecho esa fue, en los orígenes de la inmigración masiva desde los países de Europa, la razón principal que hizo de Argentina, junto con los Estados Unidos, uno de los destinos favoritos. Fue por allá entonces que se acuñó aquella vieja frase, la de venir a ¨hacerse la América¨. Frase que siguió vigente por décadas, muchas, hasta que un día y por razones obvias se volvió totalmente vacía.

Durante mucho tiempo, quien venía a estas tierras y se esforzaba sabía que el progreso estaba al alcance de su mano, con un buen trabajo para el padre, una buena educación para sus hijos, y un buen pasar para todos. La integración era rápida, incluso la primera generación de inmigrantes de una familia terminaba sintiéndose como en su casa.

Hoy, el concepto de movilidad social es mucho menos asible. Y esa carencia está a la vista. Simplificando la ecuación, la población argentina puede dividirse en tres tercios. El primero, constituido por gente que trabaja formalmente y paga impuestos. El segundo, por gente que trabaja, formal o informalmente, y que no los paga porque no gana lo suficiente. El tercero es el de los condenados. Es equivalente a ese poco más del 30% que hoy vive por debajo de la línea de la pobreza, que casi no trabaja o directamente no lo hace, y que en su inmensa mayoría depende de los subsidios y de la ayuda del estado en cualquiera de sus múltiples formas.

Aunque suene bien doloroso, no puede no decirse. Quienes habitan ese tercio inferior y han nacido en él, seguramente mueran en él. La posibilidad de escapar a esa suerte moviéndose hacia uno de los tercios superiores es prácticamente cero. Desesperante no tener siquiera esperanza, que dicen por ahí ¨es lo último que se pierde¨.

Las preguntas obligadas entonces son por qué un país tan rico en recursos naturales como Argentina, y por estos días no tanto en recursos humanos, tiene un problema estructural tan grave como este. Y si le conviene a alguien que así sea. No es tan fácil responder la primera, que ofrece distintos ángulos e interpretaciones. Pero es facilísimo responder la segunda. Mal que le pese a muchos, el culpable tiene nombre y es el peronismo.

Aunque dicen ocuparse de los pobres y tener una sensibilidad social muy superior a los de las demás, el peronismo ha hecho de la pobreza en estas últimas décadas la clave de su éxito electoral. Un arte que muestra su lado más sórdido y terrible en el conurbano bonaerense. A lo largo de mucho tiempo se ha ocupado a través de la dádiva y la prebenda que por lo menos un tercio de los argentinos no tengan acceso ni a un trabajo ni a una educación digna. Es más, se han ocupado también de que el concepto de dignidad desaparezca o se vuelva irrelevante. Cuánto mayor ignorancia, indolencia y desinterés mejor, mayores así las chances de arrear a los de más abajo cuan ganado a su destino inexorable. Una fórmula perfecta para ganar elecciones y no perder nunca. O casi.

Los sucesos de estos días, una huelga docente que se vislumbra va a ir para largo, son funcionales a esa estrategia. Hundir más en el fango a los que menos tienen. Asegurarse que no tengan educación, ni buena, ni mala, solo ninguna. Todos los maestros, como cada comienzo de año desde hace años, son involuntarios cómplices de un plan maquiavélico que ya casi ha terminado de desterrar esa idea de que en Argentina los últimos pueden llegar a ser primeros. Ya no más, eso era antes.

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