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La reencarnación de los jinetes del Apocalipsis

Son muchos más que cuatro y esta clase política más que ayudarnos nos está hundiendo

Toda esta gran novela de la nueva ley de impuesto a las ganancias, que nadie sabe a ciencia cierta qué forma final va a tomar una vez aprobada, y que tampoco se sabe cuándo sucederá, muestra el estado de indefensión en el que está sumida la ciudadanía. Somos rehenes de una clase política que en algunos casos parece no entender lo que está haciendo, en otros que carece del carácter necesario para afrontar la urgencia del momento, y en otros que sí entiende las dificultades pero está más preocupada en obtener ganancias políticas individuales que en pensar políticas serias.

Mientras el macrismo peca de ingenuo o inepto, la oposición lo hace de indolente, o más bien de irresponsable. Resulta patético verlos preocuparse por el déficit fiscal, el nivel de endeudamiento, y contradictoriamente por los altos impuestos de los sectores medios, a todos los mismos que hasta hace un año atrás dejaban que el Congreso fuera una escribanía del ejecutivo y consentían una política de emisión monetaria descontrolada e inflación infinita, una falla hoy casi estructural y que el actual gobierno todavía no ha podido corregir.

Cuando hoy bajan impuestos con alegría, y con alegría también ponen otros nuevos, algunos de los cuales fueron eliminados por el ejecutivo solo hace unos pocos meses, como es el caso de las retenciones mineras, lo que demuestran es una tremenda falta de idoneidad y capacidad para entender y lidiar exitosamente con una situación compleja como la que vive la Argentina de hoy.

Con la idea de someter a Macri al oprobio público por no cumplir con su promesa de bajar el impuesto a las ganancias, deciden con la mayor de las liviandades seguir desfinanciando al erario público. Un sector público que ha vuelto a tener un tamaño elefantiásico y que somete al sector privado a una presión impositiva asfixiante. Seguramente haya que trabajar en bajar esa presión, pero no haciéndolo de manera irresponsable y no programada como se ha hecho, todo con el fin único de dañar al gobierno e inadvertidamente a cada uno de nosotros.

El comportamiento del ejecutivo nacional, y de la oposición en el Congreso, no son por cierto una señal muy halagüeña de cara al futuro. El esquema del gobierno anterior, alta inflación, alto nivel de consumo y casi cero inversión estaba claramente agotado. La nueva versión, presentada por Macri, necesita de menor desmesura en el consumo y la emisión para funcionar, pero hasta que la economía arranque, y las inversiones lleguen gracias a un nuevo y más racional marco de funcionamiento, la única alternativa a la emisión es el endeudamiento. Un endeudamiento que, aunque transitorio, se vuelve también una apuesta arriesgada, sobre todo en un contexto de tasas de interés más altas, como en el que hemos entrado desde la elección de Trump en los Estados Unidos.

Alguna vez hemos hablado de la frazada corta, una analogía más que apropiada para explicar el estado de cosas a la fecha. Así como todos entendemos muy bien en nuestra economía hogareña que no podemos gastar más de lo que ganamos sin terminar en la quiebra, nuestra clase política debe entender que no hay fórmulas mágicas y que la misma teoría aplica a las cuentas nacionales. Hasta que esta idea cale hondo en todos ellos, incluidos Macri, Massa, Pichetto y todos los demás, será muy difícil, casi imposible, que salgamos con éxito del berenjenal en que nos han metido.

¿O fuimos nosotros?

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