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Los problemas de subestimar al sector privado

Sin el apoyo del sector privado, el estado como lo conocemos hoy es simplemente inviable

El pasado lunes, al dar su mensaje por el día del trabajador, el gobernador Bordet pareció dar en la tecla. Dijo entonces: "Si no hay un sector privado pujante, que incorpore valor agregado, no puede haber dinamismo en la generación de trabajo". Cuanta verdad.

Es que ya son años escuchando ese mensaje de que el único salvador de la Argentina país, de la Argentina nación es el estado. Que el estado tiene que proveer, siempre, y cuando no nos puede dar trabajo, tenemos derecho a que nos mantenga con algún plan o algún subsidio. Quienes fomentan ese discurso, hacen por lo general hincapié en cómo se distribuyen los recursos del estado, que son de todos, y muy poco, por no decir nada, respecto de cómo y dónde genera el estado esos mismos recursos que después tan generosamente distribuye entre algunos de nosotros.

Quien ha estudiado alguna vez las reglas básicas de la macroeconomía sabe que el estado tiene tres formas de financiarse, aunque solo es aconsejable la primera, solo en ocasiones la segunda. Para pagar sus gastos corrientes y también los que no lo son, el estado primero recauda impuestos, después puede endeudarse, o finalmente puede emitir moneda, lo que le permite cerrar sus cuentas pero irremediablemente creando inflación. La forma más sana de generar ingresos es precisamente a través de los impuestos que cobra, sobre todo si esos ingresos tienen como destino final el pago de gastos corrientes. Y el que paga esos impuestos es, de manera casi excluyente, el sector privado y quienes allí trabajan.

La economía argentina, y a esto lo deberíamos tener todos muy presentes, tiene al sector privado y al público como sus dos grandes pilares. Y el pilar que sostiene al sector público es, otra vez, el sector privado. Hoy Argentina tiene poco más de siete millones de empleados en el sector privado, los que con sus impuestos ayudan a financiar a un estado que le paga el sueldo a tres millones y medio de personas. Y que además tiene que atender más de siete millones de jubilaciones y pensiones.

Un peligroso desequilibrio por donde se lo mire. En Chile, sobre una población de dieciocho millones, casi seis o sea prácticamente un tercio trabajan en el sector público. En Argentina, sobre cuarenta y tres millones unos siete aportan para sostener la economía desde el sector privado, algo así como uno cada seis. Es cierto, las comparaciones pueden ser odiosas, pero en este caso lo son más aún.

No se pretende desde aquí desmerecer a aquellos que trabajan en el estado, desde allí se pueden hacer y se hacen aportes ricos y fecundos para el país y para la sociedad, pero el principio básico es que quien más y mejor puede aportar al crecimiento de la economía y del empleo es la actividad privada. Allí la productividad es más alta, la conflictividad infinitamente más baja, y encima los sueldos son más bajos como ha quedado probado en un reciente informe del ministerio de trabajo al que hicimos referencia hace algunos días. Entre Ríos es precisamente una de las provincias donde el promedio del salario del empleado público supera al del trabajador privado.

Tanto el peronismo como los sindicatos no paran de quejarse por el supuesto ajuste pero la verdad, simple y llana, es que este año 2017 el estado argentino se apresta a marcar un nuevo récord en su déficit fiscal. La diferencia entre ingresos y egresos seguramente supere los siete puntos del producto y la participación del estado en la economía alcance también niveles increíblemente altos, superando con creces el cuarenta por ciento del producto. No hubo tiempo en el pasado en el que no enfrentáramos alguna crisis cada vez que esa participación, de un estado improductivo, ineficiente y por lo general inescrupulosos superó los cuarenta puntos. Si esta vez todavía no ha sucedido ha sido por la altísima inflación que nos dejó el kirchnerismo primero, financiando gastos corrientes con la emisión de billetes, y ahora más recientemente por el endeudamiento, sobre todo en dólares, al que ha acudido la administración macrista.

Argentina necesita que su economía crezca otra vez, y cuanto más mejor. Si crece podrá recaudar más vía impuestos, y hacerse cargo también de una deuda creciente y mayúscula que solo es pagable si la economía se mueve. Para que el esquema cierre, ese endeudamiento debería ir para atender inversiones de capital, llámese infraestructura, y no desperdiciarse en gastos puramente operativos. Para que se vuelva a recrear ese círculo virtuoso, del que hace rato nos alejamos y al que parece no sabemos cómo volver, será necesario dar algunos pasos más que los pocos y tímidos que ya dio este gobierno en aras de que el sector privado recupere el lugar central en la economía que alguna vez tuvo y no debió perder.

Lamentablemente las soluciones mágicas no existen. Si al estado no lo nutrimos no funciona, ni siquiera mal. Sería importante que alguna vez nos preocupemos de entender cómo se genera la torta y no solo como se la gasta. Ya sabemos que el estado gasta no solo mal sino demasiado. También que sus fuentes de financiamiento no respetan un orden natural y que eso tira la economía para abajo. Llegó la hora de que le demos al sector privado el reconocimiento que se merece como factor dinamizador de la economía. Sépase que sin él será difícil volver a tener – si alguna vez la tuvimos- una economía pujante e innovadora. Y aunque nos mientan y lo nieguen eso de ponerle un pie encima es lo que viene pasando desde hace un buen rato. Las consecuencias, no muy buenas, están a la vista.

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