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Macri, el presidente débil que al final no lo era tanto

Se ha repetido y mucho, pero si algo ha quedado claro luego de las ultimas PASO es que el discurso de ciertos sectores del peronismo de que Macri se iría en helicóptero, y antes de tiempo, como De la Rúa, ha sido solo una equivocada expresión de deseos. Ya son muchos los analistas, si bien no todos, que hablan de una aún mejor elección de Cambiemos en las generales de Octubre, con posibles triunfos en Buenos Aires y Santa Fe, donde en principio habría resultado victorioso el kirchnerismo, y mejores performances en distritos como el nuestro. El triunfo del otro día no le asegura a Macri una reelección pero en definitiva despeja cualquier nubarrón respecto de los dos últimos años de su mandato. Y lo coloca en una posición expectante de cara al 2019, ayudado por algunos aciertos suyos pero también por los errores de un peronismo que hoy está en peligro de eclosión.

Macri se siente fuerte y lo demuestra no solo en sus gestos físicos y miradas cuando da un discurso. Guste o no a quienes aspiran a un giro hacia una mayor institucionalidad, el presidente y su coalición mostraron las mismas mañas que los más expertos del peronismo con la demora en la carga de datos del día del recuento -lo que los volvió respetable a los ojos de muchos justicialistas-, destituyeron al probadamente corrupto camarista Freiler mientras caminaban por el filo del reglamento, y finalmente el pasado martes dejaron en la calle a dos funcionarios del ministerio de Trabajo con claras vinculaciones a los gremios, en una clara reacción a la muy politizada marcha sindical de ese día.

El impacto inmediato de esas acciones se vuelve difícil de percibir inmediatamente en la opinión pública, pero todo indica que esos gestos de independencia y fortaleza, y el hecho de haber dirigido sus cañones a ciertos y desprestigiados sectores de la vida pública como la justicia y el gremialismo, no pueden sino ser bien vistos por el ciudadano común. El de hoy es un presidente que se muestra fuerte y dispuesto a darle pelea a las corporaciones, incluida la corporación política. Y esto en el medio de una campaña donde la oposición parece haber hecho centro en una cuestión, la económica, donde el gran público ha elegido no enfocarse - sus prioridades del momento tal vez sean otras- o simplemente seguir creyendo en las promesas que Macri les hizo hace dos años.

Mientras tanto, el cristinismo y el kichnerismo parecen estar ensayando más una parábola de despedida que otra cosa, aunque su salida de escena se hace insoportablemente lenta para muchos, especialmente para unos cuántos de sus compañeros de movimiento. Ahora, de repente, Cristina Kirchner parece darse cuenta de la necesidad de juntarse y encolumnarse, hasta Massa parece bienvenido, aunque claro, solo detrás de su liderazgo. Un liderazgo que ya no es aceptado por muchos pero los cuales tampoco disfrutan del peso específico como para sacarla de la cancha. En definitiva, Cristina es como un tapón que impide que el peronismo se oxigene y se reinvente en una nueva forma, dejando el pasado definitivamente atrás. En estas últimas PASO ha quedado demostrado que la gran masa electoral prefiere de ahora en más dejar de mirar hacia atrás y pensar en un futuro que tal vez tenga más y mejores cosas que ofrecerle. Como dijo, triste y amargado el piquetero Luis D´ Elia el otro día: "Me enoja que un pobre vote a Macri". "Se mete la mano en lo más profundo de la derrota cultural; operan por televisión todo el tiempo y parece que sos de clases de media sólo si votás al PRO, aunque estés cagado de hambre", agregó. De repente, pareciera como que votar a Macri se volvió casi aspiracional. Malas noticias para el peronismo.

Por estas tierras, el peronismo, después de mucho tiempo, tal vez percibió ese aire de cambio porque a diferencia de lo que sucedió en otros distritos eligió cobijar a todas sus versiones bajo el mismo techo. Kirchneristas, peronistas tradicionales y massistas se unieron para la estacada, pero ni aun así lograron que la suerte no les resultara esquiva. Por aquí quedó probado entonces que ni el peronismo unido tal vez sea receta suficiente como para evitar la derrota. La unificación tal vez sea una condición necesaria pero la suficiente es el surgimiento de un nuevo liderazgo. También la necesidad de un nuevo libreto, o relato como se decía hasta no hace mucho, que se vea competitivo frente al de un nuevo oficialismo que está mostrando, aunque no en nuestra provincia donde no es gobierno, que no le resulta tan extraño administrar. Y que tiene además unas cuantas cosas por mostrar como resultado de su gestión. Algo de eso se explica en la pérdida de votos del kirchnerismo en lo más profundo del conurbano bonaerense, ya sin los holgados márgenes de elecciones pasadas, sobre todo en zonas donde la administración de Vidal comenzó a dejar su huella, con obras bien ejecutadas y que funcionan.

Si pierde, Bordet podrá hacer renunciar a todo su gabinete, pero seguramente seguirá sin respuestas, por lo menos hasta que el peronismo recupere liderazgo y esencia. Mientras tanto, el electorado entrerriano tal vez comience a calibrar con cuidado la posibilidad de que sea Cambiemos quien rija los destinos de la provincia desde la próxima ronda. El peronismo en transición seguramente resista, y con éxito, en algunas provincias, pero Entre Ríos parece integrar el grupo de aquellas que son un poco más prosperas y están un poco mejor educadas que las otras, y donde seguramente se le pida una propuesta de gobierno que hoy no está en condiciones de ofrecer, por lo menos no hasta que Cristina Kirchner y sus adláteres locales, como Sergio Urribarri en nuestro caso, terminen de hacer mutis por el foro.

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