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Santiago Maldonado: Más preguntas que respuestas

Entre la indolencia y la utilización política

Cuando sucedieron las PASO Santiago Maldonado ya había desaparecido y casi no se lo nombró en la campaña durante los días previos. Solo hubo un par de menciones de Cristina Kirchner, la segunda vez en el discurso de madrugada posterior a la elección, solo eso. Del lado del gobierno todo había sido silencio de radio, demasiado recostados tal vez en el accionar de la justicia chubutense, a cargo del esclarecimiento del hecho. Tampoco había ayudado cierta indolencia de los compañeros de barricada de Santiago, los que supuestamente aun al tanto de lo que había sucedido tardaron un día y medio en hacer la denuncia. Una buena suma de enredos y descuidos.

Desde entonces, mucha agua ha corrido bajo el puente pero la realidad es que Maldonado sigue sin aparecer y no hay ninguna pista firme. Después de dar mil vueltas, la justicia se ocupó finalmente de indagar a los 40 gendarmes que participaron del operativo en el que se liberó la ruta cortada, acción de la que supuestamente el artesano fue parte, pero poco y nada agregaron los testimonios sin que se encontraran contradicciones en el racconto de los interrogados. Finalmente, la justicia también pudo tomar declaración oficial a un mapuche que aseguró haberlo visto como se lo llevaban los gendarmes con binoculares y a una distancia de 300 a 400 metros. Él y otros dos testigos habían declarado ya en las semanas previas, encapuchados y sin revelar su identidad, lo que vaciaba ese testimonio de cualquier valor. Entre tanto, se supo que el mapuche no pudo exhibir los binoculares utilizados en la ocasión, los que dijo haber perdido.

Después de un larguísimo tiempo, se modificó también la carátula de la causa la que se pasó a desaparición forzada de persona. Esto se hizo aun cuando las evidencias seguían sin ser concluyentes, con una justicia presionada tal vez por la sucesión de acontecimientos y por la falta de respuestas contundentes por parte de la gendarmería, la única fuerza de seguridad involucrada, y el gobierno nacional, en la forma del ministerio de seguridad. Mientras tanto, el kirchnerismo, de la mano de grupos de derechos humanos y de otras fuerzas de izquierda, redoblaba su apuesta. Ahora sí, post PASO, las menciones se hacían más recurrentes, tanto que se hacía muy obvia también la intención de utilizar políticamente la desaparición de Santiago.

No hay nadie que no piense que la desaparición de Maldonado debe esclarecerse y en ese sentido el reclamo es tan justo como válido. Lo que llama la atención es que todos los grupos que reclaman por su aparición con vida, Cristina Kirchner incluida, nada dicen de los cientos muertos que el antiguo aliado del kirchnerismo, el hoy inconstitucional gobierno de Nicolás Maduro, ha provocado en Venezuela como represalia a las no muy pacíficas protestas callejeras de una oposición que se niega a aceptar el avasallamiento que el chavismo viene haciendo de las instituciones democráticas en ese país. El silencio es más que elocuente. Sobre todo cuando desde sus líneas más jóvenes y combativas se insiste con llamar a Mauricio Macri dictador, a la par del peyorativo mote de gato.

Es que Mauricio Macri podrá ser muy cuestionado en frentes varios, el estigma de niño rico por ejemplo es algo que tendrá que llevar consigo por el resto de su vida, pero no en que conduce los destinos del país de manera antidemocrática. Macri ganó limpiamente las elecciones del 2015 y todo indica que en el próximo octubre volverá a recibir un voto de confianza de la ciudadanía. Tal vez esta circunstancia, que aleja aún más del poder al kirchnerismo y a sus aliados de la izquierda, sea lo que provoca esa bronca visceral y esa necesidad irrefrenable de catalogar al gobierno de Cambiemos lo más impiadosamente posible. Agotada la estrategia de vilipendiarlo por el supuesto ajuste, intento que se agotó ante la suave recuperación que comienza a percibirse, ahora se intenta comprometerlo endilgándole una estrategia sistemática de desaparición de personas que no comulguen con su causa. Sería bueno se aclare si la desaparición del testigo Julio López, en los años del kirchnerismo, también se vinculaba a esta misma estrategia que se sabe puede ser privativa únicamente del que ostenta el poder de las instituciones.

En definitiva, es imperativo que se esclarezca la situación de Santiago Maldonado. También la actuación de una Gendarmería sospechada, la que se dice el gobierno ha protegido a capa y espada porque ha sido la única fuerza de seguridad que aparece verdaderamente comprometida en la lucha contra el narcotráfico. Incluso se dice que - a modo de venganza- desde sectores narcos ha llegado financiamiento para los esfuerzos logísticos, discursivos y comunicacionales que se vienen haciendo por desacreditar a los gendarmes. Suena a novela de ficción, pero como el lector ya sabe, en este país todos hemos perdido la capacidad de asombro. Entonces, es responsabilidad del gobierno poner en claro que hizo y dejó de hacer la Gendarmería y dejar de mirar para otro lado. Y si se violó la ley, quienes lo hayan hecho deberán pagar por eso. Por el lado de la oposición, por lo menos en lo que hace a la más combativa y beligerante - la que no termina de digerir que el pueblo argentino optó por tomar una dirección distinta a la que ellos proponían-, se le agradece el ímpetu puesto en sus demandas por el pronto esclarecimiento del hecho pero también se le pide que no hagan de todo esto una puesta en escena. Menos todavía que hagan tan obvio y evidente que sus reclamos no persiguen otro objetivo que lastimar a Macri y su gobierno y que la desaparición de Santiago Maldonado no es más que la herramienta ideal y en el momento apropiado para tratar de cumplirlo.

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