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Una contaminación que pone nuestra salud en peligro

Sincerémonos, en la costa del Uruguay el problema parece estar más de este lado de la orilla

Últimamente las señales de alerta son muchas, y no hay lugar de Entre Ríos y sobre la costa del Uruguay que escape al fenómeno. Una y otra vez se repiten episodios que dejan al desnudo la desprotección y el descuido que sufre la naturaleza que nos rodea, con los consiguientes riesgos para quienes habitamos en la región.

Por un lado, CARU nos ha alertado de la contaminación con coliformes fecales que sufren nuestras playas, particularmente las de Colón, San José y Puerto Yeruá con valores que superan ampliamente los permitidos y que además son muy superiores a los que se registran en playas del lado uruguayo como la de Paysandú. La contaminación en este último balneario supera en un 30% a la media aceptada de 500UFC por cada 100 ml, pero en el caso de Colón la triplica y en el de San José la multiplica casi por cuatro.

Por otro, se han conocido estudios que indican que los niveles de contaminación del río Gualeguaychú frente a la ciudad homónima superan holgadamente la media. El cuadro se agrava aún más si se tienen en cuenta los altos niveles de contaminación provocados por el Parque Industrial de esa ciudad, el que cuenta con una muy deficiente planta de tratamiento de efluentes. Es sabido que en esa ciudad los casos de cáncer han aumentado significativamente en los últimos tiempos y que, aunque a muchos les gustaría que se pruebe lo contrario, tal vez no sea la pastera del otro lado del río la causante de la pandemia.

Tanto en Concordia, como en Colón, San José, y Concepción del Uruguay las denuncias por cursos de agua contaminados, en particular arroyos aledaños a los centros urbanos se repiten y se multiplican. La evidencia está por lo general a la vista de todos, y no hacen falta estudios demasiados complejos para arribar a una conclusión. Hay contaminación, y mucha, resultado de que las aguas reciben indiscriminadamente muchos de los desechos que en esas ciudades se genera, tanto humanos como otros que son productos de procesos industriales varios. Cloacas a cielo abierto.

Todo este cocktail nos debe hacer pensar entonces que estamos frente a un gran problema, uno de muchísima mayor magnitud al que todos suponíamos. La gravedad no solo se da por el hecho de la alta contaminación con la que convivimos, sino además por el estado de ignorancia que sufrimos frente a la realidad que nos rodea.

Mientras vivimos obsesionados por la contaminación que provoca Botnia o la que eventualmente podrían provocar las actividades de fracking en nuestra provincia, mansamente dejamos que -literalmente- la materia fecal nos tape. Empeñados en buscar la paja en el ojo ajeno, autoridades provinciales y municipales de nuestra zona han hecho y hacen la vista gorda frente a un problema gravísimo. Y ni siquiera acaban de aceptar el diagnóstico, paso indispensable para luego pensar y ejecutar un plan de acción.

Tampoco hay que olvidarse del rol que han jugado las organizaciones ambientales, todas ella con una fuerte o razonable presencia en todas nuestras ciudades ribereñas del Uruguay. Mientras que el tema de atención es indiscutible, claramente parecen haberle errado en lo que hace al blanco de sus críticas. Y aquí sorprende la actitud pasiva que han tomado por ejemplo para con los intendentes, quienes claramente y por su alto grado de negligencia tienen una buena parte de la culpa frente a lo que está sucediendo.

Por ingenuidad o por conveniencia, los ambientalistas prefirieron elegir el blanco fácil, las grandes corporaciones. Se señalaron las culpas en dirección de gente que seguramente no sea inocente pero tal vez tampoco sea la principal culpable. Las culpas, sus consecuencias, y la falta de soluciones parecen estar mucho más cerca de casa de lo que nos imaginábamos. Tanto nuestros funcionarios como los activistas del medio ambiente deberían hacer un mea culpa y abocarse a construir primero un diagnóstico y después a diseñar un mapa de ruta adecuado para esta coyuntura, la que poco y nada tiene que ver con la que nos habían hecho creer era la verdadera.

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