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Y si ya éramos muchos, ahora llegaron los robots

Sobre la compleja situación del empleo aquí y en el mundo

La situación de pobreza estructural de más del 30% que encontró Macri cuando asumió viene de larga data. No comenzó con Cristina Kirchner, viene de bastante antes, pero la salida de la crisis del 2001/2002 fue en verdad una oportunidad de oro desaprovechada, nunca en la historia argentina el estado tuvo tantos recursos y fue tan rico. Años más tarde, Macri se encontró con una situación bien complicada, con una economía estancada, inflación muy alta y con un línea de pobreza e indigencia en crecimiento y alcanzando guarismos históricos. Una combinación nefasta.

Enfrentado a esta situación, sobre la cual estuvo tal vez un poco lento en explicitar ni bien asumió la presidencia, Macri parece haber ido por un esquema clásico de crecimiento, incluido shock de confianza, reglas claras, torniquete a la inflación -todavía en ciernes- y un presupuesto balanceado, aunque en esta última materia se saca un reprobado. La gran capacidad para endeudarse que exhibe este gobierno es la que le ha permitido patear el problema para adelante, esto es el ajuste tan anunciado y denunciado que no acaba de instalarse más allá de todas las voces maliciosas o ignorantes que pregonan lo contrario.

La buena noticia es que esta receta de crecimiento ha funcionado y funciona en todo el mundo por igual, países desarrollados y otros que no lo son tanto. Por lo menos ese ha sido el caso hasta ahora y durante unas cuantas décadas. La mala, que tal vez Argentina vuelve a una senda que nunca debió haber abandonado demasiado tarde, en un momento donde se conjuga una coyuntura global no vista en muchísimo tiempo, una combinación de populismo, desigualdad, descontento social y caída en la movilidad, todo al mismo tiempo. Esta nueva situación, que aqueja a la gran mayoría de los países, está obligando entonces a los economistas tradicionales a replantearse modelos de gestionar la economía que hasta aquí habían funcionado sin demasiados inconvenientes.

Hoy hay en el mundo más de doscientos millones de desocupados, somos unos siete mil millones los que habitamos el globo, y muchos de los que están empleados, un 40% aproximadamente, están en situación precaria. En Argentina, los desempleados en los grandes centros urbanos superan el millón y medio y una de cada tres personas con un trabajo formal no realiza aportes. Como se puede ver, la precarización no es privativa de Argentina, aunque es un rasgo que se acentúa en países menos desarrollados como el nuestro.

Se estima que casi uno de cada dos empleos como los conocemos hoy van a desaparecer en los próximos diez a quince años. La robotización y los progresos en la inteligencia artificial prometen hacer estragos en el empleo, formal o no. Aunque en muchos casos se resista, la gente se verá obligada en algunos pocos años a trabajar menos. Tal vez este sea un fenómeno que no afecte demasiado el ánimo de nuestros jóvenes, hoy conocidos mundialmente como ¨milennials¨, pero definitivamente terminará afectando sus ingresos. Y mecanismos nuevos e innovadores tales como las economías de colaboración, Uber es el ejemplo perfecto, también tendrán su efecto.

Es a ese mundo de menor empleo, formal o informal, mayor precarización laboral, de horarios más reducidos al que nos estamos dirigiendo. Es cierto, el kirchnerismo no hubiera tenido ninguna, si escuchó bien, ninguna chance frente a este tsunami que se apresta a modificar para siempre el mundo de las relaciones laborales. Pero la realidad es que esta nueva coyuntura se presenta como un problema de difícil solución hasta para el más mentado, que no es tampoco el caso del macrismo.

Lo único de lo que dispone este gobierno a su favor es de algo de tiempo hasta que esta problemática termine exteriorizándose brutalmente. El mismo tiempo del que disponen el resto de los países, más allá de que haya algunos que ya han reconocido el problema y trabajan en soluciones tales como la instauración de un impuesto extraordinario al trabajo de los robots. Por aquí, mientras esperamos por las soluciones imaginativas de países más avanzados que el nuestro, es entendible que el foco sea en generar más empleos, si son formales mejor, y de recuperar la ética laboral perdida. Tal vez para algunos, para esos que llevan un par de generaciones sin trabajar, les resulte indiferente o hasta sea una buena noticia que haya menos trabajo disponible. Para quienes nos gobiernen en ese momento un dolor de cabeza, no sabiendo como van a poder generar los recursos necesarios para ocuparse del problema.

Es cierto, una mejor educación debería ayudar a aliviar el problema. Los primeros empleos en desaparecer serán los más simples e irrelevantes. Pero no acabará de resolver el problema. Se vienen tiempos difíciles, aquí y en todas partes. Y lidiar con ellos no será cosa de unos pocos días.

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