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Reacción tardía

Treinta y cinco arrugas destacaban sus ojos azul tímido y su mirada difusa parecía estar hace años con la atención clavada en el mismo punto. El bastón temblaba al compás que su Parkinson le indicaba, como tiemblan las hojas en medio del peor otoño. Solamente un índice derecho parecía estar fuera de esa estampa tranquila: se movía al ritmo de un tiempo raro, distorsionado por los años caídos sobre él, de izquierda a derecha cual péndulo errante se movía como si se tratase de un NO rotundo en lunfardo de señas.

Quien hubiera sospechado que sesenta años atrás ese cuerpo –hoy devenido en huesos tiesos sosteniendo carne añosa– excitaba a su compañero y lo invitaba en una noche fría de invierno en blanco y negro, a enredarse y retorcerse hasta robarle el último aliento de oxigeno a la vela de una habitación exhausta, para dejarla a oscuras preparando el descanso a la pasión presenciada; y que nueve meses después ese cuerpo, hoy opaco, iluminaba la cocina de la casa con vida nueva, tierna y fresca vida que veinte años después haría lo mismo conmigo.

Quien hubiera imaginado que esas manos –hoy cansadas reposando sobre un bastón de gelatina– amasaban el pan dueñas de un estilo casi único que deslumbraba a las vecinas cuando moldeaba, y estremecía los estómagos de los vecinos cuando horneaba dejando escapar al aire el aroma fresco del gluten exquisito leudado con la paciencia de la que solo ella era dueña.

Ya era tarde. La pastilla azul que hace unos minutos reposaba en uno de sus dos pastilleros beige, ahora se disolvía en su estómago y este –uno de los pocos órganos que aún funcionaban correctamente en aquel desgastado cuerpo- le daba vía libre al fármaco para que se desparramase por todo el aparato circulatorio. La otra, la pastilla roja del otro pastillero, ya había sido camuflada en la carne del canino para que cesase de ladrar y se calmara.

Los ladridos se hacían cada vez más enérgicos, y el latido de ese cuerpo añoso recostado suavemente sobre el sillón de mimbre se iba aletargando cada vez más, y más, y más.

Quien hubiera creído, que el movimiento pendular del índice derecho venía a responder a una pregunta hecha media hora antes.

Quien hubiera pensado que la azul era el calmante, y la roja la efedrina que alargaba hasta lo último sus tímidos y difusos latidos.

Quien hubiera sospechado que una reacción tardía sería el último acto de su existencia y la culpable de su triste pero pacífico fin.

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