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Estereotipos: nacemos y morimos con ellos

Vivimos en una sociedad que es discriminatoria respecto a los “diferentes”. Somos parte de un batallón que avala y produce estereotipos discriminatorios que se manejan y consumen a diario.

El concepto de estereotipos se remonta a los moldes de la imprenta del siglo XIX. Y a pesar de los años que han pasado, está hoy… más vigente que nunca. Cuando decimos que están presentes no nos referimos a aquellos perfectos moldes de antaño, sino a la capacidad de la sociedad de ubicar a un ser humano en un grupo determinado por ciertas “características” o particularidades.

El estereotipo es un molde único pero universal para todos, es decir que muchos pueden ser los que encajen en su singularidad. A pesar de ello, su capacidad de generalizar es su esencia.

Cada época histórica conlleva “modelos” de aquello que es normal, natural o socialmente aceptable. Todos somos educados bajo un “parámetro”, que –en el mejor de los casos- lo revisaremos y definiremos con el tiempo, de acuerdo a lo que queramos ser y hacer.

Manejamos estereotipos, y eso nos resulta normal. El problema es que la mayoría de ellos resultan discriminatorios. Y es en este sentido que se vuelven operativos dentro de la sociedad. Tan operativos que también forman parte del sistema de justicia.

Resulta casi imposible desprendernos de este círculo vicioso y sediento de discriminación. Quizás algunas personas posean la capacidad de camuflar su opinión ante un estereotipo, pero lo cierto es que nos encontramos casi todo el tiempo produciendo, transmitiendo y afirmándolos. Trátese de instituciones religiosas, vestimenta, tendencia musical, orientación sexual, gustos culinarios, etc La lista negra es interminable. Todo el tiempo y a toda hora nos incorporamos en la ruleta rusa de los “observadores” que juzgan sin medida cuanto se les ocurre.

Como bien señala Paul Watzlawick “Todo comportamiento es comunicación. No existe forma contraria al comportamiento”. No hay “no comunicación”, por lo tanto no hacen falta acciones concretas ni palabras, para seguir reafirmando, en cada milésima de segundo, los estereotipos que tan sigilosamente fomentamos. Nuestro cuerpo también habla: a través del tono de voz, la mirada, la postura, etc.

¿Por qué será que ante un hecho tan aberrante como el asesinato de una niña, los medios analizan como pista esencial- la forma en que vestía y cómo posaba? ¿No es esto un estereotipo? Si no, ¿qué es? Hasta qué punto han atravesado a la sociedad estas “categorías” que –a la par de quién fue y cómo nos cuestionamos la manera en que estaba vestida cuando ocurrió el hecho, la manera en que estaba pintada, por donde estaba caminando, y a qué hora. Y los cuestionamos para ensañarnos en conclusiones malintencionadas, ya sean colectivas o personales, que suman más puntos a nuestro ranking del súper yo, del “súper ego”.

Del “caso Candela” se habló y remarcó mucho sobre este aspecto: si su edad la autorizaba a posar de tal o cual forma. Si su ropa era adecuada o no. Si se pintaba los labios, y hasta se juzgó su condición sexual como punto clave. ¿Es acaso pertinente esto? Sí, lo es, pero no en este caso, y en tanto otros, en donde se juzga más lo que “podía haber sido” la victima que la tragedia en sí. ¿Quién dice qué está dentro de lo que llamamos “normalidad”, y qué no? ¿A quién le importa si se trataba de una persona promiscua o no? Estas cuestiones debieran permanecer en el interior del círculo de allegados a la víctima.

Muchas veces se prioriza la evaluación que se hace sobre el “fulano” que el mismísimo derecho a la vida.
Interiorizar a toda la población con aspectos íntimos del afectado es igual a una broma de mal gusto.

Otro caso más reciente nos estremecerá un poco más…

El “caso Claudio Vera”, docente de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (Uader) de Paraná, quien fue asesinado brutalmente en su departamento.

Las redes sociales se inundaron, y las calles también. Jóvenes, niños, familiares, conocidos, compañeros de trabajo, de murga y de militancia; y hasta quienes no lo conocían marcharon hacia Tribunales para reclamar justicia, que el caso no quede como tantos otros “archivado” e impune.

A pesar de ser un hecho tremebundo, hubo quien se encargó de dar la nota publicando que a Vera “se lo solía ver deambular por la zona de la terminal”, como si ello fuera un dato revelador y significante ante lo acontecido.

De todos modos, no se trató de “un dato más”, ni un simple aporte inofensivo, porque la zona de la terminal es conocida como la “zona roja”. Ahora bien, yo también deambulo por la terminal, porque-al igual que Vera- habito cerca. Por lo tanto, si mañana me ocurriese algo similar, habrá posibilidades de ser estereotipada, juzgada, y estigmatizada de la misma manera.

Pero esto no fue todo… también pareció relevante su condición sexual. ¿Tiene esto algo que ver con la muerte de Vera, la mía, y de tantos más? No lo creo...

¿Acaso se aclara en una noticia que la víctima, el ganador, o el emprendedor de un proyecto son heterosexuales? No ¿y por qué cuando se trata de homosexualidad esto parece importar?

“Por vos luchando, para que tu esencia no desaparezca” declara un cartel alzado por un joven que camina entre la multitud que pide justicia por Vera.

De eso se trata, de la esencia de cada quien y cada cual…se trata de descubrir en “el otro” su particularidad, no para encerrarlo bajo un común denominador, sino para tomar de él ese aspecto único e irreemplazable.

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