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Libertad de expresión de “todos y todas”

La libertad de expresión es un bien común, un derecho de todos, entendiendo el “todos” como un genérico del ser: hombre y mujer. No entraremos aquí en la distinción nacional y popular de todos y todas, sin sentido…

Todos tenemos derecho a comunicar, a expresarnos, ya sea en el ámbito público como privado, sin censura previa, sin rodeos. Y fundamentalmente sin que el mensaje nos condene o lleve al desprecio.

El viernes 1 de noviembre de 2013, un grupo de periodistas de Diario Clarín y La Nación concurrieron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos (OEA) para denunciar episodios que afectaron su libertad de expresión. Como era de esperar, fueron cuestionados por la embajadora argentina Nilda Garré, quien definió la acción como “¡Insólita!”. Que periodistas se dirijan a Washington a formular la denuncia fue, según parece, tan sorpresivo como un robo a mano armada. La funcionaria calificó de “inverosímil” las presiones, amenazas y persuasiones para con los periodistas en Argentina. Amenazas, y mordazas que no solo datan del 2013 sino de algún que otros años más.

Y como si esto fuese poco, Garré violó- una vez más- el derecho de la libre expresión, cuando agregó: “Los que día a día expresan abiertamente sus desavenencias con el gobierno desde los medios nacionales tratan de convencer en el exterior lo que es imposible de tomar por cierto”. ¿Imposible tomar por cierto? Señora: es imposible tapar el sol con las manos. ¿Sabrá de la existencia de esta frase? Si de censura se trata, preguntemos a Magdalena Ruiz Guiñazú , Joaquín Morales Solá, Nelson Castro, Alfredo Leuco, Mariano Obarrio y José Pepe Eliaschev, por nombrar solo algunos que han pasado por el fijo del antojo de turno.

Y como todos los cuentos de niños, la trama no termina sin un broche de oro: Garré, contrariamente a la Ley, calificó a los periodistas que levantaron sus banderas de profesionalismo y ciudadanía, de “voceros de grupos monopólicos que resisten los avances democráticos”. Ahora bien… ¿Quién se resistirá más a la democracia? ¿El que pisa la ley, superponiendo sus propios intereses? ¿O el que lucha por sus derechos? Derechos que, es preciso recordar, no solo le competen al periodista profesional sino a cualquier ciudadano que tenga algo para decir.

La Constitución Nacional Argentina, reza en su artículo 14º que “todo habitante de la Nación tiene derecho a trabajar y publicar sus ideas por la prensa sin censura previa”.

En el artículo 19º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se establece que: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

Sin embargo, a lo largo de la historia y más concretamente en los últimos años, la Argentina ha endemoniado al periodismo independiente. Le quitó voz, y voto. Ser periodista en la Argentina de hoy es ser una presa las 24 horas del día.

Quien no piense como el Gobierno de turno es un vende patria, un vocero incrédulo y difamador, “gorila”, y hasta enemigo del pueblo. Estas acciones implican, sin duda, serios retrocesos en la vigencia del derecho de libertad de expresión.

Cada intento de censura es una señal de que la sociedad no está del todo callada. Por lo tanto, si hay intento de censura es porque alguien quiere hablar. Es señal de que hay una resistencia de aquellos que no tiene ninguna intención de quedarse callados.

Bien lo dijo Julián Paul Assange:”El derecho de alguien a hablar y el derecho de otro a saber producen el derecho a comunicar. Esos son los sentimientos de lo más preciado de la vida civilizada, que no quiere decir industrializada, sino el esfuerzo conjunto por vivir de un modo menos adverso”.

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