Blogs Ver todos los posts

“Presos del consumo”

Si hay algo que identifica nuestra cultura es el comprar-usar-tirar, siempre juntas: como las tres marías. Como si el planeta entero fuera reciclable, compramos televisores que luego de una corta vida útil tiramos a la calle. Ropa, vehículos, celulares, juguetes y hasta las relaciones humanas llevan inscripto el mismo destino: impulsivamente las apropiamos; impulsivamente las iremos a desechar. Es cierto, ante un problema cotidiano la mayoría de la gente recurre a la lógica del shopping. Comprar-usar-tirar está tan naturalizado en nosotros que no nos damos cuenta. Pero no todos toman el mismo camino. Víctor es rara mezcla de emprendedor y artesano ingenioso, que juega a encontrarle otras aplicaciones a materiales y objetos que ya cumplieron su primera vida útil.

Mecánico, plomero, soldador, carpintero y herrero a la vez. Decidido a resistir la condena de la fecha de vencimiento, Víctor prefiere usar el cerebro y las manos, para aplicar técnicas que va aprendiendo mientras resuelve el problema que se le plantea.

Si algo heredó de sus antepasados franceses, es la energía a flor de piel, a troche y moche.

No puede dejar quietos sus pies. Y no es broma. Si se lo ve sentado, es porque está muy concentrado haciendo algo. O leyendo. Siempre anda inquieto y apurado, tratando de encontrarle pliegos de tiempo al tiempo. Si no se trata de un mandado, es una diligencia, o respondiendo al llamado de un vecino.

Es un invierno raro, de lluvias con sol y 32 grados. Los nubarrones sobran y el sol, amenazador, se asoma de a ratos. Hoy, la humedad y el calor dan la nota.

De pronto se lo ve venir, en su camioneta Volkswagen cadic blanca. Sus dos perras marca cachivache reeditan el ritual: salen a recibirlo, se acercan moviendo la cola a la camioneta llena de leña, huelen las ruedas. El bajará de la chata con una mirada sin sosiego, caminará con pasos largos, a pesar de sus piernas cortas. A su lado, lo siguen polilla y lula, sus dos perras, con elegancia de fiesta.

A pesar del calor, se pone a picar leña para los días de frio que anunciaron en su radio Tonomac, del 60. De fondo, suena el flash informativo de radio Colonia.

¡Va a estar lindo para prender la cocina a leñas!- dice en broma, mientras hace un descanso y se toma unos mates en su mesita de chapa blanca.

El patio está cargado de piezas y artefactos, que son –para la imaginación de este artesano -pleno potencial. Caños, chapas, aletas de ventilador, un reloj viejo, y muchas cosas más están ordenadas en una estantería de madera sobre la pared. Junto con su “almacén “de materia prima, está el horno: su obra maestra. Rectangular y de un metro, tiene sus bandejas adentro, esperando una piza por metro u algún asado familiar.

Sentado arriba de un tronco -en el patio- acomoda un centenar de tuercas y cosas sueltas. Me pregunto: ¿será que este hombre se ha creído una vizcacha? puede ser. O quizás crea que va camino a los premios Guiness, porque todo repuesto, repuestito o cosa grande que encuentra Víctor acumula.

Sus ojos celestes permanecen fijos. Se acomoda los puños de la camisa de grafa azul, mientras invita pasar a su casa, para que vea algo de lo mucho que construyó.

En la cocina rectangular de pisos ásperos y colorados, se encuentra –cómplice del invierno- una cocina a leña Istilart Número tres del año 1870. Haciendo juego con su antigüedad, sobre la cocina a leña hay una campana metálica de extracción, hecha de chapa, decorada con un respaldo de cama antigua .Debajo de la campana hay una rejilla hecha con malla cuadriculada, donde se seca la ropa en invierno.

Al lado de la cocina a leña hay una repisa de madera que guarda una lata dorada y roja de wiski Jonnie Walker. En su interior se puede leer “11 de abril del 2001” escrito a punzón. No se la razón por la que todo está escrito, pero en cada objeto de la cocina pueden verse letras y números tallados que no puedo descifrar. Luego de un rato, me doy cuenta que se trata de una marca, un sello, o algo parecido. Desde la pieza más fabulosa, hasta la más pequeña e insignificante, todo está inmortalizado con su fecha de construcción, y algún que otro dato. Podría pasar la tarde entera jugando al tesoro escondido buscando ollas, ceniceros, lámparas y todo tipo de utensilios que lleven su esencial sello de construcción.

La casa de Víctor es el vivo reflejo de su modo de ver la vida, y de solucionar las carencias. Casi todo está hecho por él, con materiales nobles. Madera, caño estructural, bronce, chapa, y acero inoxidable sobran en sus obras de arte.

El olor a leña recién cortada invade el comedor. Por momentos, me siento atrapada en el aroma dulzón que despiden los troncos por debajo de la cocina a leña. El artesano en extinción confiesa “ningún trabajo que hice tiene más valor, porque en lo mucho o poco que hice puse toda la pasión”. Mira fijo- como acostumbra- y retoma: “jamás hice nada sin pensar en mis hijos y mi familia. Desde la vuelta del mundo, hasta el rallador de queso que hice, todo tiene el mismísimo valor”.

Su sistema de trabajo es tan prolijo que parece de relojería. Con un diferencial de auto y una caja de cambios de camión, Víctor construyó una máquina que dobla caños redondos.

De un taco de madera y un cuchillo, hizo un barco en todo su esplendor: con el palo mayor, la baranda de borda, el castillaje, las ventanas, y las barandas externas (hechas con hilo de coser derretido).

Víctor cuenta que gran parte de las herramientas y máquinas de su taller son hijas de sus manos. Lámparas, maquinas dobladoras de caño, sillas, mesas, repisas, rejas y mucho más ha sido construido aquí. Un hacha, construido con retazos encontrados en un basurero, una cuna hecha con cajones de madera, y hasta una silla para una persona cuadripléjica, son solo algunas de sus creaciones a pulmón.

Víctor es de los que usan el cuaderno hace más de cuarenta años. Desde el primer día en que comenzó la atención al público en su taller, anota cada entrada de dinero y cada salida. Los bizcochitos de la tarde, la yerba del mes, y los cigarrillos…absolutamente todo.

Quienes no lleven la cuenta de los arreglos que ha tenido su auto a lo largo de la historia, podrán volver a los quince años a preguntar en el taller qué es lo que se ha modificado en el vehículo y cuanto salió. En una parva de cuadernos de doscientas hojas, conserva el historial de cada trabajo, de cada año y de cada mes.

La personalidad de Víctor está cargada de época, es de la camada de hombres que hizo la colimba, y de los que trabajó de niño a cambio de tres monedas. Es hijo de la generación de padres que no daba explicaciones. De cuando un no era un no rotundo. En medio de esa firmeza, desde muy temprano fue aprendiendo a hacer las cosas por sí solo.

Por cierto, en su infancia no existieron los juegos de mesa ni los videojuegos. Muy lejos de los costosos juguetes de bazar, Víctor y sus once hermanos debieron aprender a fabricar ilusiones.

¡Comentá esta nota!

Para escribir un comentario, antes deberás seleccionar una identidad.

[X]

* 600 caracteres disponibles

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.