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El mundo de Sofía

El 29 de julio de 2014, hace unos días, nació mi hija Sofía, al igual que con su hermano Mateo, su nacimiento hizo que mi vida cambie, el ser testigo presencial de su parto provoca estupor ante el milagro de la vida.

La fragilidad hecha carne y hueso, esa inocencia que se incorpora a este mundo contrariado. El mundo de Sofía que tiene como título esta columna tiene varias explicaciones, así como el nombre en sí.

Tiene sus raíces en la Filosofía, compuesta por Filo (amor) y Sofía (sabiduría), desde años apasionado por la filosofía, no dude en poner a mi primer hija mujer, el nombre Sofía, que significa desde su origen griego “sabiduría”.

La filosofía entendida desde los clásicos era el amor por “la verdad”, ese afán desmesurado por el conocimiento, en contraposición a los sofistas, aquellos expertos en el enredo de las palabras, en el arte de la manipulación. Uno desea poder enseñar a los hijos ese amor por la verdad, que implica una lucha por la coherencia, un levantarse ante cada caída, siempre viendo hacia adelante.

En la misma sintonía, “el mundo de Sofía” es el título de la novela del noruego Jostein Gaarder, utilizada muchas veces como una forma didáctica de introducir al conocimiento filosófico de adolescentes y principiantes.

Ahora Sofía, mi hija también tiene su mundo, un mundo extremadamente complejo; debo agradecer que nació en este país, en esta familia, todo lo cual es voluntad de Otro, otro con mayúscula. Esto no impide preguntarme muchas cosas.

Por un lado ¡que hubiese sido de Sofía! si hubiera nacido en la franja de Gaza, o en el medio de alguna villa en un barrio cualquiera, de nuestro país o de cualquier otro, porque villas, barrios marginales, hay en todo el mundo, o en esos países donde la única esperanza es cruzar las fronteras.

El interrogante viene de la mano de su nombre, porque la meritocracia, el reconocimiento al esfuerzo y el conocimiento, como la equidad en la distribución del ingreso, son cuestiones que no podemos garantizar, y hablo en plural porque me refiero al “nosotros como padres”, porque todo padre y madre quiere lo mejor para sus hijos.

El mundo de Sofía no es diferente al mío, con la particularidad que su fragilidad hace que dependa exclusivamente de su familia, y esto implica la responsabilidad de “nosotros”, de darle todo aquellos que necesita, fundamentalmente amor.

El mundo de Sofía es difícil, porque tendrá que aprender a sobrevivir, no a vivir, ante un mundo competitivo, solitario, donde las relaciones sociales cada vez son más esporádicas e informatizadas, y el contacto cara a cara muy lejano.

El mundo de Sofía está plagado de desafíos, al igual que el mío, donde el medio ambiente nos envuelve a los dos, y su defensa también, por más que la pereza es socia de la indiferencia, y restamos importancia a quienes nos alertan sobre el mal que nos acecha.

El mundo de Sofía tiene viejos conocidos, como son la injusticia social mundializada, ante un capitalismo que poco le interesa el ser humano, y nos hemos mimetizado con las maquinas, siendo engranajes de maquinarias destructoras.

El mundo de Sofía tiene sorpresas como es el testimonio de amigos que luchan por ser cada día mejor, quienes nos permiten reflejarnos, y esperanzarnos con otro mundo mejor.

El mundo de Sofía se construye minuto a minuto, y nos interpela como padres, en relación al rol, porque mi mundo prioriza otras cosas, y ese mundo cada vez es menos mío, porque al entrelazarse con el de mí familia, muta, y en ese proceso de mutación uno debe elegir, con errores y contramarchas es preferible estar en familia.

Tener en brazos el milagro de la vida no tiene precio, es mágico, inolvidable.

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