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Aliento de tropa

La definición de "aliento de tropa" es prestada. La escuché días atrás, cuando alguien al pasar se preguntaba si la política y sus resultados, como sus definiciones, se iban a guiar por este aliento o si, finalmente y a la luz de los últimos resultados, iban a optar por formas más pragmáticas que desemboquen justo donde uno tiene pensado llegar.

El aliento de tropa, tal como suena, deja traslucir el poco sustento que tendría cualquier estrategia política afianzada sólo en algo tan efímero, aunque a la vez vital, como el aliento, pero que no alcanza per se, para modificar ninguna realidad.

La semana cerró con un gesto político de ambas partes: Cambiemos avanzó en votar un presupuesto que es como una frazada corta y el oficialismo acordó, por ese voto, la sanción de los proyectos de ley que estaban cajoneados desde hace tiempo y que incluso la Nación había reclamado, entre ellos, la ley Pymes.

El gesto político de las dos partes establece una nueva conversación que permite, a pesar de los resultados electorales que tuvo cada uno, poner sobre la mesa de los acuerdos, las prioridades, lo que a dos años de una nueva elección, no es poca cosa.

La sesión de Diputados se desarrolló casi en monotonía, a excepción del reclamo a gritos hacia el diputado Daniel Koch, al que se le indilgan expresiones poco felices hacia colectivos trans, y, sorpresivamente después, cuando el presidente de la Cámara, Sergio Urribarri, hablo de los aportes nacionales con cierta sorna en una frase que intencionalmente dejó incompleta como un final abierto a la duda.

La cuestión de Urribarri retumbó entre los palcos del recinto que, desacostumbrado a la gimnasia de la oratoria, escuchó la frase como un latigillo extemporáneo y redentor de sus propias miserias. ¿Qué rojos, sino los suyos, son los que desagobia el gobierno nacional?

¿Qué obras, sino las que en diez años no hizo, son las que empuja ahora también el gobierno nacional?

En síntesis, las nuevas formas de la conversación política han logrado dejar atrás algunas cuestiones técnicas que, otrora, solían rendir un poco más en los medios, pero además hacia adentro y hacia afuera de las estructuras políticas que habían hecho de esa forma, un modo de sobrevida y sobre todo cuando cierto periodismo alimentaba la ilusión conquistadora del mandatario de turno.

El "aliento de tropa" es una posibilidad casi agotada en modelos no vencedores, por el sabor amargo de la derrota pero es al mismo tiempo una energía reparadora para los que, desde ese incómodo lugar, pujan por volver al apogeo de una vida política que comienza a apagarse.

Interesante, para esta época, descubrir cómo será el duelo de las fuerzas que no se impusieron en la elección y más seductor resulta aún ver cómo los que, con poca experiencia en la administración de los triunfos, hacen uso de esa energía enorme de un voto masivo a favor.

En la debilidad de ambos casos está el secreto de la fortaleza que los obliga a buscar los acuerdos. A uno para reconstruirse después de entrar en pérdida y al otro, porque aún, ganando, no está lo suficientemente fuerte como para instaurar per se las verdades de gobierno.

La articulación entre los dos, es, en síntesis, el gran paso de esta etapa política que ha dejado atrás y definitivamente los modelos de vencedores unívocos dando lugar a una expresión en la que cada parte es, finalmente, un todo.

Los acuerdos alcanzados entre las provincias y la Nación, el reconocimiento tácito del agotamiento de un modelo que usufructuaba el Estado en vez de fortalecerlo y la fragilidad de las economías provinciales son, cada uno, en su tiempo y medida, signos de épocas que van llegando a su fin, no sólo porque ha cambiado el signo político, sino porque finalmente se ha comprendido de que el rumbo al que se iba, cargado a las espaldas de los ciudadanos, era un camino corto, con un estado demasiado grande, pero con políticas demasiado chicas y un futuro con los días contados.

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