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El eterno mito de la unidad

Finalmente, pasó 2016 y quedamos nuevamente a las puertas de un año electoral. La pulseada por las bancas atravesará las conversaciones en los recintos y en las salas ejecutivas del gobierno donde todavía no se ha saldado la herida de la marca en el orillo. Es que buena parte del gabinete aún huele a Urribarri y son pocos los pura sangre que caminan junto a Gustavo Bordet.

En un año de gestión de perfil moderado y discreto, el gobernador supo construir en varias direcciones: Tiene buena relación con el gobierno nacional, integra la miniliga de gobernadores peronistas, reúne a los legisladores provinciales, intendentes y dirigentes bajo su ala conductora como mandatario y presidente del PJ y se saca la foto con los ex enemigos del urrikirchnerismo como Jorge Busti.

Desde esa multiplicidad de funciones, Bordet concluye su primer año de gestión acumulando dos cosas: Una gran deuda, en gran parte heredada y una alta valoración positiva en el electorado. El desafío de lograr el equilibrio corre por un andarivel, y por el otro, amalgamar todas las expresiones que quedaron sueltas y huérfanas tras la "desaparición del kirchnerismo" tal como lo simplificó en su entrevista al diario La Nación que le valió el reproche de uno de los diputados díscolos del Frente para la Victoria.

En el mapa, Bordet sabe que cuenta con varias de las cabeceras departamentales que definen una elección y que en cada territorio quedaron caciques con más o menos plumas, más o menos peronistas, que siguen perteneciendo con lealtad férrea al movimiento, a pesar de que todavía el dedo no les haya dado una bendición. Es que las puertas del PJ todavía permanecen lacradas y el operativo clamor hacia un mecanismo de internas parece caer en saco roto.

A pesar de que el cronograma electoral tiene plazos y que aún estamos muy a tiempo para cualquier tipo de convocatoria, es espinoso el trecho que queda por andar: Unir todas las partes puede resultar , como en la teoría de la Gestalt, la posibilidad de hacer visible un todo, aún cuando cada uno siga siendo sólo una parte y falten piezas que completen la totalidad.

La grieta peronista relució en los medio esta semana cuando el senador Ángel Giano, que es nada más y nada menos que el presidente de la bancada justicialista en el Senado, criticó a los diputados nacionales que reman en contra de la corriente que empuja Bordet. Los cuestionamientos provocaron una catarata de tweets de los legisladores que defendieron su posición y tildaron la actitud del ex ministro de Salud como de un "exceso de chupamedias".

Sin embargo, este jueves Bordet volvió a tropezar con la misma piedra. Otra vez uno de los diputados, en este caso Juan Manuel Huss, enrolado en la Cámpora, salió al cruce de su convocatoria de unidad y a través de los medios anunció su faltazo al acto que junto a Lauritto lidera el gobernador en Concepción del Uruguay.

En cuestión de días Huss enfrentó las estructuras nacionales retirándose del recinto y también las locales, en algunos casos acompañado por Solanas y en otros escudado por Galliard. Lo cierto es que en esos segundos de fama, el nivel mostró las falencias que aún persisten en una construcción que para algunos cambió de dirección a mitad de camino y hasta el día de hoy no logran acostumbrarse al giro.

De todos modos, la nostalgia kirchnerista de los diputados nacionales es funcional al gobierno provincial ya que le permite mover diferentes piezas tal como si se tratara de un partido de ajedrez, aunque tedioso y largo y con final cantado. Se suma a esta nostalgia de os diputados la imposibilidad de ir por el camino del diálogo y seguir apostado a la confrontación que caracterizó el gobierno anterior.

En el Senado, los representantes entrerrianos parecen más alineados aunque en ese recinto son muchos los jefes que han quedado al mando de su propia banca en bloques unipersonales huérfanos de conducción. Pichetto, en cambio, con 36 senadores a su mando, es la pieza clave de una construcción que más que ir a la cabeza con los dirigentes o viceversa, apunta a cierta transversalidad que contrasta con la que hace años atrás planteó, como una novedad, Néstor Kirchner.

Esta transversalidad está ligada a la necesidad de lograr resultados que, ahora, deben capitalizarse en la sociedad más que en la dirigencia que atraviesa en este año una etapa de reacomodamiento. El triunfo de Mauricio Macri puso a un costado el bipartidismo y también la noción de que los partidos políticos son la única estructura capaz de llevar adelante un candidato.

De hecho, la distribución del poder ha sido en este año lo más equitativo. Cada partido detenta una porción significante que dejó atrás el bipartidismo porque sustancialmente cambió el paradigma de la distribución del poder en el país.

La negociación, que ha debido ser la estrategia obligada del gobierno, por su frágil representación en el Congreso, es el común denominador que comparte con el peronismo. Bordet sabe que ese camino, el de la construcción de acuerdos, será (hacia arriba y hacia abajo) la única manera de llegar a destino. Y también de diferenciarse de todo lo que lo trajo al gobierno.

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