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El maldito destino de los terceros

Las elecciones tienen por delante y como desenlace un único destino que es ganar, después vendrá la aplicación en el terreno de la realidad de las políticas públicas, de los acuerdos y de los reacomodamientos a los que obligan el ejercicio del poder, en el mejor sentido de su interpretación.

El axioma clásico de que "el que gana gobierna y el que pierde acompaña" se diluye con el paso del tiempo porque la realidad demuestra que, el que gana , gana y el que pierde, hace berrinche hasta que llegue la próxima elección.

Algunos, que patalean hasta las migajas, se conforman con integrar las minorías cosa que hasta ahora es bastante difícil porque el piso que fijan las orgánicas (usualmente dictadas por el oficialismo partidario de turno) es llanamente inalcanzable. Así, por ejemplo oscilan entre un 25 y un 30 por ciento las opciones que los partidos les dejan a los que se animaron a la interna, pero que al momento de los números, se topan con una realidad incontrastable: No sólo perdieron la elección; sino que tampoco alcanza para integrar la minoría.

Al margen de ese cálculo usualmente poco feliz, la liturgia política tiene otros condimentos que se repiten, con tanta insistencia, que pasan a ser un clásico.

Un ejemplo de esa tradición es la transformación que en el proceso electoral sufre el tercero de la lista que, en sus inicios es el que muerde la tajada electoral por la que todos compiten, pero que al final de la contienda, y con el diario del lunes, se reduce y muta, simplemente al que perdió la elección.

El destino para ellos suele ser inhóspito. Desolado. Silencioso. Y, hasta casi despiadado.

No alcanza lo que juntaron para integrar los concejos, la Legislatura y menos el gabinete y, usualmente, sus valientes candidatos son aspirados por la máquina insaciable del poder. Jorge Busti es un testimonio cabal de este comportamiento infiel de la política ya que logró muchas veces resultados adversos que, sin embargo, pudieron llegar a las bancas. De ellos, casi ninguno le fue fiel y no sólo que se mudaron de piel sino que se fueron a las antípodas sin ruborizarse y cuando Sergio Urribarri disputaba una interna que aspiró todo lo que durante tantos años había sembrado su padre político y mentor.

El parricidio político arrastró mucho más que la media docena de diputados y algunos concejales pero impulsó la creación de un sello partidario que en estas PASO cotiza el doble.

Al margen de ese capítulo pequeño, aunque intenso, de la vida política local, y retomando el hilo del destino desgraciado de los terceros, cierto es que la constante es que este grupo, el de los terceros, que no logró empatía con los vecinos y tampoco mejores acuerdos políticos, está condenado al olvido.

Un breve pero fresco repaso por las elecciones de los últimos tiempos demuestra que no hay otra suerte para los terceros que la desaparición. Si como muestra basta un botón, la inexistencia inescrutable de la Ucede, del Frepaso, Frente Grande y otras expresiones más locales como UNA que era la conjunción de Adrián Fuertes y Jorge Busti o, en otro caso, el socialismo, fueron desdibujándose en el tiempo de un modo sutil pero inevitable.

A nivel nacional, el MODIN, la UCEDE, el FREPASO y otras expresiones de coyuntura también se disolvieron aplastadas por nuevas coaliciones a las que poco agregaban o por los giros de la historia que van, muchas veces en sentidos opuestos, en poco tiempo.

Para la primer foto electoral que son las PASO falta poco ya que esa elección opera el 13 de agosto. En el transcurso de ese calendario, hay un par de datos que no pasaron desapercibidos en los medios: La desafiliación a los partidos y el nivel de consultas.

Al margen de la diáspora formal, lo cierto es que los partidos, como herramientas, han perdido lamentablemente el fragor se alcanzaron los ideales que luego dieron forma a las estructuras.

Esa diáspora, alimentada, probablemente, por el abuso del dedo es la que arrogó más poder a los dueños de la mano que define los nombres y los tiempos de una elección. Al margen de la cuestión, lo que sigue estable, más allá de las variaciones, es el destino inefable de los terceros que, condenados con la derrota, van al destierro del olvido.

Algunas excepciones hablan del bailoteo político. La vieja tradición de votar por mandato familiar quedó atrás y lo demuestran algunos claros ejemplos que después de sobreponerse a duras derrotas vuelven a estar hoy, en la cresta de la ola.

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