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El poder de la calle

Finalmente, la taba se da vuelta. Una vez, la cosa cambia y el poder está en otras manos. Son las mismas que golpean día a día los despachos sin suerte, las mismas que, también, día a día, hacen el país con su trabajo y con la esperanza firme de las cosas, también un día, van a cambiar en su favor.

Una película rápida, Un repaso alocado. Un corto. Un cuadro sinóptico. Una síntesis.

Cualquiera de esos esquemas sería útil hoy para encajar la película de esta elección sobre la que hemos hablado cada día desde 2015.

Finalmente, las cosas sucedieron de una manera previsible. El peronismo se aglutino como hace toda vez que detenta y defiende poder y la oposición se conglomeró.

En los dos casos, en síntesis, se alcanzaron experiencias frescas de nuevos armados políticos que suman, a las tradicionales expresiones políticas, otras más candorosas que, aunque no tienen tanta trayectoria, ayudan en la colecta de votos.

Estas nuevas fórmulas han puesto en valor, a su vez, a dirigentes de talla mínima que, celosos custodios de sellos partidarios más pequeños, son ahora centrales al momento de nuevos acuerdos.

La pregunta ahora es qué pasará después. Para el abroquelamiento del peronismo la salida es una triada casi obvia: Un recambio de gabinete que le de aire fresco y alfiles propios al gobernador; un paso al costado de todos los "imprescindibles" e "históricos" que ahora ponen sobre la mesa cuál es el caudal que mueven o, bien, un punto y aparte que le permita a Bordet empezar a diseñar su propia etapa de poder.

Cierto es que cuesta entusiasmar a la gente con una elección de medio tiempo, pero también es una verdad de rigor que, el entusiasmo no viene sólo con el momento o con qué tipo de candidatos se pone a consideración, sino con el nivel cierto que palpa la gente para involucrarse con la política y, por propiedad traslativa, de los malos términos que hoy tiene esa relación, cuestión de la que hay varios responsables y no de un sólo color.

Esa manifestación de apatía, de indiferencia, esa deserción a gotas que sufren los partidos no tiene otra causal que los políticos en sí mismos.

Es un reduccionismo, una abstracción sin sentido, atribuir al tipo de elección la indiferencia de la gente.

La elección del domingo pone, como en todas las elecciones, la pelota en otra cancha, y es el poder ciudadano nuevamente el que, con su voto, vuelve a empujar el país en una dirección determinada.

Esa reválida de la esperanza, ese volver a creer, tiene como base el sueño de un futuro mejor y la clara esperanza de concretar esas aspiraciones.

Hasta aquí fueron los políticos los que hablaron de cómo harán las cosas. Hasta aquí fue el candidato el que usó la palabra para prometer los cambios y nuevas conquistas; el domingo, en cambio, será su momento de silencio y su primer acto de generosidad cuando sea la gente y su decisión, la que tenga el protagonismo.

Al minuto después del primer dato final, vendrán las evaluaciones casi obvias y los reproches porque el otro minuto, el que le sigue al espanto, es el de los nombres de 2019.

Pero volviendo a la gente, el domingo será un paso más en el enorme camino de fortalecimiento, ya no sólo de la democracia, sino de la participación ciudadana que es el verdadero motor que hace que el país funcione.

Sin embargo, la "democracia" que es absolutamente y son ninguna duda, el sistema que elegimos, tiene algunas flaquezas.

Hasta ahora, en sus pocos más treinta afortunados años de vida, se ha consolidado como forma de gobierno y siempre bajo el concepto de una elección, pero falta consolidar el paso de la democratización de las instituciones para que la Justicia vuelva a ser creíble y para que el Congreso, la policía, las instituciones y el Estado de derecho estén en el círculo de la íntima confianza de los vecinos y no en el lugar de celo y desconfianza en el que habitan hoy.

La relación entre el Estado y los ciudadanos, no puede darse sólo desde lo fiscal y de lo monetario, aunque estas dos variables definan la calidad de vida de cada vecino, sino que debe, necesariamente, ser y crecer hacia un plano de representatividad en el que la cercanía entre gobernantes y gobernados genere la confianza, pata del plano de la representación.

Esa construcción cívica tiene varios actores principales que, en un rol rotativo, marcan pautas de un nuevo tiempo.

Las construcciones tampoco pueden ser sólo políticas, porque son indispensable además, las sociales, las humanas, las educativas y las de cada uno de los órdenes que atraviesa la sociedad que muta a diario hacia nuevos paradigmas.

Este domingo, por ejemplo, los roles van a volver a cambiar para poner, como debe ser, del lado de la gente el poder del voto y del lado de los elegidos la enorme responsabilidad de seguir reconstruyendo República.

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