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Expedientes y candidatos

Las particularidades de la elección no alcanzan a ser tantas como sus comunes denominadores, tanto hacia adentro de una fuerza como entre todas las que compiten por el mismo cargo. A menos de una quincena de las PASO la campaña de las diferentes expresiones no ha llegado aún a su exteriorización más intensa y mucho menos a la calle.

La moderación de la campaña en los tiempos que corren parece asemejarse más al bolsillo de la gente que a las tradicionales invasiones gráficas y audiovisuales, lo que, en rigor, habla de cierta comprensión de la política respecto del día a día y también del cansancio que importa abrir los ojos y escuchar un sin fin de ofertas, juntas y en una misma dirección, con un mismo sentido y que operan en un mismo plazo.

Al margen de los detalles, aparece, en este nuevo tiempo, una nueva forma de campaña que, pensada y diagramada, y con un objetivo claro, rompe con ciertas formas tradicionales que quedaron demodé con el cambio de gobierno y aun más con los cambios de nombres y la mudanza de formas y esqueletos.

Menos marchita, menos simbología, menos estridencias y más mano a mano, caracterizan esta etapa previa a octubre en la que los candidatos están abocados a ser más oreja de la gente que luminarias de neón o protagonistas de marquesinas.

A la innovadora campaña del PRO, desde 2013 en adelante se han sumado ahora, convencidos de su efecto, los partidos tradicionales que despejaron escenarios y se empezaron a acostumbrar al abrazo y la mano tendida a la hora de la foto.

De todos modos, el aplomo que sella este tiempo no alcanza para modificar de fondo aspectos centrales de un armado político. Menos aún, los que vienen de arrastre desde tantos años.

La gran discusión histórica que caracterizó la provincia se resume en la puja de unitarios y federales. Esa, y ninguna otra, ha sido la marca que distinguió a Entre Ríos respecto de Buenos aires pero también de sí misma.

Sin embargo, el federalismo que se proclama y se demanda hacia los porteños se hace más agudo provincia adentro donde cada departamento resguarda con especial celo sus particularidades pero también sus intereses y costumbres. Y, si en algo se ve reflejado esto es en la política donde, las definiciones, trasvasan uno u otro concepto.

De hecho, por ejemplo, en el radicalismo es añeja y extemporánea la discusión sobre el privilegio que tiene el candidato a gobernador de seleccionar los primeros cinco de la lista para la cámara baja, cuestión que se ampara en un concepto de gobernabilidad pero que, hasta los propios quieren revisar.

Es que, de ahí hacia abajo, el orden de mérito es de acuerdo al lugar que se obtiene en la última elección y, sabido es que esa escala, deja muchos departamentos con un sabor amargo en la boca después de cada elección.

Con ese gesto va la mala experiencia de los que deban deglutir sus propias aspiraciones condenados a los resultados adversos que los obligan a ver pasar la posibilidad de una banca cada vez más lejos de su destino.

De todos modos, ese confinamiento de la esperanza, de la espera de la oportunidad es una cuestión que deben resolver algunas fuerzas puertas adentro, aunque el debate parece demorarse ya demasiado tiempo.

Afuera, en la vida provincial ocurre algo similar. Una suerte de condena que imprime futuro sobre algunos departamentos más que sobre otros. No es este el caso de la fortuita suerte de amanecer en una región coronada de recursos, sino de hacerlo en el lugar justo pero - claro está – en el momento adecuado.

Y así parece que fue la suerte que tuvieron los concordienses Jorge Busti, Sergio Urribarri y Gustavo Bordet que, uno tras otro, llegaron a gobernar la provincia en una sucesión histórica, no sólo por sus características, sino, principalmente, por la capacidad de soslayar del poder a la capital de la provincia, nada más y nada menos que la que Urquiza coronó como capital de la Confederación.

Completa esta visión de un corto plazo de la historia, el dato duro del turismo que señala, no sin cierta preocupación, el importante y claro desarrollo que alcanza la costa del Uruguay por encima de la del Paraná, no sólo en propuestas sino llanamente en su capacidad hotelera, por sólo citar un ejemplo acorde al fin del receso invernal.

El daño ecológico que puede producir un complejo termal es un tema en discusión. Sin embargo, y a modo de ejemplo, Concordia desarrolló su oferta turística con este recurso que, en cambio, no pudo lograr Paraná que víctima del fragor ortodoxo de los ambientalistas no tuvo oportunidad siquiera de explicar su proyecto.

Los ambientalistas que lo vetaron se diluyeron en unas pocas páginas de diarios y el tiempo hizo la otra parte, pero cierto es que a la hora de los números, es mucho el capital turístico que sigue de largo por la otra orilla, donde los empresarios juntan las monedas del esfuerzo y los ambientalistas siguen sin percatarse de que para lograr ese producto agujereaban el acuífero de punta a punta.

También es cierto que el centro cívico que enorgullece a la capital termina siendo su gran problema: Una gran concentración de empleados públicos que absorbe más de los que gasta o puede gastar.

A esta altura de los tiempos, es apropiado preguntarse si puede ser tan casual que las trabas al desarrollo operen siempre sobre el mismo lugar.

Sin dudas un poco de una mala pasada del destino, seguramente influirá además algo de carácter fortuito, pero lo que quizás ocurre, por que es necesario enumerarlo dentro de las hipótesis posibles, es cierta intencionalidad política que opera como un freno de mano para que Paraná no despegue como está llamada a despegar, no porque no pueda hacerlo, sino porque al lograrlo podría poner fin a dinastías que se heredan a sí mismas y a quienes une no sólo ser copoblanos sino cierta garantía de un daño colateral medido y nunca terminal.

A la luz de algunos datos, pareciera que la capital sufre de cierto designio en el tiempo que la aleja cada vez más del poder político y la sumerge , al mismo tiempo, en los intersticios de la burocracia estatal, pero sin poder real.

Así mientras acá se folian los expedientes y se engorda de empleados los pasillos, en Concordia se cuecen los candidatos.

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