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Las comunas y el ñanga pichanga

La Constitución de 2008 estableció normas nuevas y acomodó otras que por el tiempo quedaron fuera de contexto. En ese marco, hubo decisiones ponderables y otras más tristes, de medio pelo, que aún opacan el intento de lograr una carta moderna. El "espíritu" del nuevo articulado quedó a su vez rengo cuando, las internas, y las mañas de la política impidieron su cabal cumplimiento.

El botón de muestra de la desidia es el defensor del pueblo que quedó a mitad de camino y envuelto en una puja de intereses que poco tenían que ver con la cosa en cuestión. Al margen de esa figura, que siempre se va en promesas incumplidas, es cierto que gran parte de la Constitución quedó sin reglamentar.

Sin caer en el detalle de los aspectos que quedaron en una mera expresión de deseo, apunto, ahora, a un aspecto en particular que, en el proceso de reforma, mereció toda una discusión: Las comunas.

Es que los convencionales dedicaron todo un capítulo a crear un régimen para los municipios que – claro está- contempla las juntas de gobierno que, con los cambios, serían las nuevas comunas.

La ilusión de dotarlas de autarquía se desvaneció en la década que llevan esperando los presidentes de las Juntas que son, ni más ni menos, los que más expresan el voluntariado político porque, sin ninguna ganancia, son los que asumen la responsabilidad de administrar monedas ante sus vecinos y lo que no es poco, garantizar que, con esos pocos pesos, la cosa funcione.

Son 196 las Juntas en la provincia y en ellas habitan menos de 200 habitantes. Aún tratándose de pequeños poblados , el desafío de estas administraciones es, como la mayoría de los asalariados, llegar a fin de mes. Y hacerlo atendiendo la demanda de todos los vecinos.

Con esa realidad, los presidentes de las Juntas de Gobierno lidian desde hace casi diez años.

En ese tiempo, los vecinos que aceptaron la responsabilidad casi sin retribución, estuvieron presos del presupuesto provincial que, desgajado por el agujero negro del gasto descontrolado no guardó ni las migajas para sacar adelante los poblados más pequeños que, juntos, hacen una suma apetitosa para el bolsillo electoral.

Al margen de la pobreza a la que se las somete, un daño colateral es el efecto contagio. Una casta reducida de bien intencionados será la que heroicamente se postule, en una próxima elección, para un cargo que no tiene retribución pero que tampoco permite autonomía en las decisiones.

Atados de manos, los presidentes de las juntas de gobierno son el costado más flaco de la pirámide de poder porque son los únicos que, hasta ahora, mandan, casi en la misma condición que los vecinos.

Sin embargo, cierta esperanza reverdeció cuando el gobernador Gustavo Bordet anunció nuevamente este año que enviaría a la Legislatura un proyecto de ley para transformar, finalmente, en comunas a las Juntas.

Tal como lo prometió, el mandatario cumplió con el proyecto , pero curiosamente nunca se debatió en comisión.

A esa curiosidad se sumó ahora una nueva idea. La del presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Urribarri, que quiere discutir en una "bicameral" el proyecto del Ejecutivo, según difundió el portal oficial de la Cámara baja que en medio de un receso se dispuso a dar la buena nueva.

A contrapelo de un comportamiento histórico como es que la bancada oficialista apruebe sin cuestionamientos el proyecto de su gobierno, esta vez, el presidente de la Cámara decidió ir en contra de eso y pidió a los senadores y a los diputados que integren una bicameral.

Cuenta la tradición peronista que para asegurar que algo no funcione, una comisión es la mejor herramienta.

De todos modos, y si es cierto el corrillo de los pasillos acerca de que no habría más sesiones sino hasta luego de las PASO de agosto, los presidentes de las Juntas verán que la promesa del ascenso se desdibuja, tanto como la vocación de remar por un pueblo, con la voluntad como única herramienta.

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