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Menem, el punto de partida

A quince días de la elección pocas son las variables que pueden modificar el escenario de agosto donde Cambiemos dio un paso más en su progresivo crecimiento en Entre Ríos, que se inició en 2013 con la candidatura de Alfredo De Angeli y que se refuerza ahora con una fórmula mixta que va por las bancas que pone en juego la provincia y que compite, también con un mix, de diferentes matices peronistas que buscan levantar la performance que les dejó un sabor amargo en la boca en el primer tramo de la contienda en agosto.

Pasado el escrutinio, deglutidos los resultados y luego de asimilar las posibilidades de hacer reales dichos categóricos como aquel que establece que el que gana gobierna y que el que pierde acompaña, esos paradigmas podrán plasmarse o no con el vigor que cada una de las fuerzas le imprima.

Una mirada histórica podría resultar en una interpretación interesante de cómo se desgajó el peronismo en los últimos veinte años y como, frente a la necesidad, volvió a armarse al menos para enfrentar un adversario común con el que mantiene una relación, por momentos, bipolar.

Muchos de los que hoy disputan poder son ex aliados del menemismo; otros que llegaron más tarde a la vida pública del peronismo fueron sumándose a diferentes expresiones que se sintetizaron luego en el kirchnerismo que albergó, durante una década, todas las corrientes que el justicialismo tuvo vivas para ese entonces.

Moine, por ejemplo, fue junto con Carlos Reutemann y Palito Ortega, una parte de la expresión del empresario exitoso devenido en político, en años en los que Jorge Busti, que entonces había optado por Antonio Cafiero, debió mirar de reojo el poder.

De todos modos, mucho de lo que acompañó a el ex supermercadista venía de las ramas peronistas, incluso históricas. Para algunos, como Jaime Martínez Garbino, ese paso fue decisivo para abandonar los espacios de poder.

Para otros, como Busti, se trató de una transición más que luego, con el paso del tiempo, le permitió volver a la gobernación desde donde fue moldeando un delfín que luego sería su depredador.

Urribarri, sintetizó de algún modo ese tiempo de marchas y contramarchas y trató de amparar bajo su paraguas a la mayor parte del peronismo, que finalmente ahora tampoco lo reconoce, excepto contadas excepciones.

Es por eso que luego de diez años, el gobernador debe ocuparse de recuperar el ánimo de cierta unidad, y debe hacerlo nada más y nada menos que con una elección en ciernes, pero sobre todo, con dos años de gobierno por delante.

El proceso electoral actual en sí mismo no tendrá ningún impacto en términos de sociedad y , sino y sólo en la balanza de la compulsa de votos en el Congreso donde la provincia pone en disputa cinco bancas que son las que durante este tiempo le han sido hostiles al gobierno nacional, aún a pesar del propio gobernador Bordet que, debió pagar el elevado costo de ese descarrilamiento político que incluso se cristalizó en la boleta del ignoto diputado Barreto que, con un pie fuera de la unidad, le restó algunas migajas a la papeleta oficial empujada por el gobernador.

Las campañas legislativas tienen un escaso atractivo y la potencia de una gran encuesta que alienta ciertas expectativas externas, como la posibilidad de alinear un voto más en el Congreso, y, por el otro lado, la urgencia de una autocrítica que asigne razones a la derrota o la extremada sobreestimación de los que se arrogan un triunfo que vino por oleada.

La ventaja en la campaña local la tiene el peronismo que, acostumbrado al buen momento de vencer y a las mieles de gobernar, tiene fresca la gimnasia electoral, a pesar de lo cual insiste en errores viejos que son los mismos que deterioran su cercanía y vocación de poder en favor de la oposición local. Tropezar con la misma piedra es lo inentendible en esa enorme gimnasia de poder.

El resultado de la última elección general dejó un mapa controvertido. Un gobierno nacional de un signo, uno provincial de otro, y un abanico de intendentes variopinto que aspira a una construcción de aquí para adelante y por mucho tiempo más, no sólo por una proyección política, sino porque muchos de ellos son sub40 y pretenden otros bronces y paso político un poco más largo que una gestión municipal.

Pero a un costado de ese mapa, dejó también un peronismo desarticulado en la provincia que aún no encuentra cómo armarse después de la derrota de agosto y sobre todo, luego de haberse impuesto en la general por tan escaso margen. Sin embargo, los votos del peronismo local sobreviven a la debacle del kirchnerismo que con tanta energía trató de instalar el ex gobernador y ahora diputado Sergio Urribarri.

Curiosamente, el último round político lo protagonizó el ex gobernador luego de que uno de sus antecesores, Mario Moine, vaticinara en una nota , la derrota del peronismo local en las legislativas y que atribuyera a la corrupción ese destino de soledad.

Según Moine, Urribarri "debería haber pedido licencia como diputado" por estar imputado en causas de corrupción. "No comparto el silencio del gobernador ni el corporativismo de mis compañeros dirigentes" dijo el ex mandatario sin eufemismos.

"Si mi partido no se decide a ser terminante con aquellos que han llevado adelante hechos de corrupción, si no se limpia y se acompaña a la Justicia tenemos un destino muy difícil: el destino de diluirnos. Si seguimos escondiéndonos, la corrupción será el cáncer que hará poco creíble a la dirigencia peronista y por supuesto se perderán las elecciones en los próximos ocho a diez años", vaticinó Moine justo cuando el peronismo intenta instalar lo contrario.

La respuesta no tardó en llegar pero para sorpresa de muchos no fue para garantizar la transparencia y la inocencia del devenido en legislador, sino para asestarle un golpe a Moine al que trataron de "un triste desvergonzado que nadie recuerda porque como gobernador no dejó nada, castigó a los trabajadores y encima es el responsable absoluto de haber cedido enormes recursos que eran de todos los entrerrianos al gobierno central de Menem y Cavallo", afirmó Navarro.

Y dijo que a su juicio, "el daño que eso ha causado ya a toda una generación de entrerrianos es gigantesco. Haber cedido el 15 % de la coparticipación nacional de impuestos que le correspondía a Entre Ríos fue una alta traición a la provincia, algo por lo cual Moine debería estar condenado porque equivale hoy día a haberle sustraído a la provincia tres presupuestos completos desde 1992", calculó el legislador que no mencionó en cambio, la 8706 y el informe Domenicone, pero tampoco dijo que Urribarri nunca reclamó la coparticipación que resignó para financiar a la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES) ni que las tres causas por la que puja en la Justicia son por supuesto enriquecimiento ilícito por peculado, que no es otra cosa que el uso irregular de los dineros públicos.

Lo que tampoco dijo Navarro es que Urribarri compartió, como Moine, algunas cosas con Menem. Entre ellas su consultor, el brasileño José Eduardo Cavalcanti de Mendonça, más conocido como Duda Mendonça y el prologuista de su libro, "El pueblo manda" gescrito por Pacho O´Donnell, contratado por la provincia en 2012 y 2013. Y omitió, además, decir que esas contrataciones, también las pagó el Estado.

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