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Todos piensan en Néstor

El fantasma de Néstor Kirchner revolotea por la memoria de los que, en 2003, lo esperaban con los brazos abiertos para que destrabara el tenso conflicto docente que llevaba meses y que se enmarcaba en la no menos tensa gestión de Sergio Montiel que, enfrentado con Domingo Cavallo, sorteaba con bonos la asfixia a la que lo sometía la Nación que no legitimaba sus federales como sí había hecho con los Lecop y los Patacones.

En medio de ese tembladeral institucional, el ex presidente desembarcó en Paraná sin protocolo y con una frescura que lo caracterizaría por largo tiempo, para descomprimir un conflicto que se extendió más allá de la huelga. Para lograrlo, el día anterior, su ministro de Educación, Daniel Filmus, se ocupó de los detalles menores para asegurar el éxito de la misión que marcó hasta hoy la relación de la protesta y el gobierno de la Nación.

En 2003 los docentes se pararon en un huelga enorme. Por el tiempo que llevó y por la dimensión que alcanzó la protesta, su sello fue nada más y nada menos que la génesis de la escuela privada.

Desde entonces, el inicio del ciclo lectivo es un acertijo que tiene una respuesta casi delatora y anticipada porque se repite incesantemente y pega como un látigo en la política – claro está – pero también en la organización hogareña en la que muchas cosas dependen de la asistencia de los más chiquitos a la escuela.

Las complicaciones no son una exclusividad del gobierno o de las familias, también las padece el docente que con el paso de los años ha debido abandonar tareas específicas para absorber otras que no le son propias. Entre ellas, por ejemplo, la atención de los comedores escolares y la contención de las situaciones de conflicto que derivan de los innegables problemas sociales y familiares que pueda trasladar un pequeño a la escuela. Y todo esto, sin premios.

Ni hablar de los piojos, de la falta de elementos o de la precariedad de las aulas que muchas veces se improvisan en lugares inhóspitos.

Qué decir de la soledad de estar paradas en la ruta a la buenaventura de que alguien las lleve antes de que pase el tiempo para después volver por el mismo trecho.

Cierto es que los gremios, con el paso de los años, no han explorado nuevas formas de protesta más allá las tradicionales y casi perimidas estrategias que los caracterizan y que hablan per se de la falta de autocrítica y renovación.

También es cierto que hay reflejos laxos en el gremialismo docente a la hora de mirarse el ombligo.

"Por cada maestro en el pizarrón hay cuatro suplentes". La frase, que describe la falta de apego al trabajo y el agujero negro del sistema, es oficial y pertenece al gobernador Gustavo Bordet que el año pasado al hablar ante la Asamblea Legislativa tenía este mismo escenario de hoy.

"No se puede aceptar que se den certificados médicos por moto-mandado", castigó Bordet entonces. El deja vu de los docentes ya es una variable que se maneja como posible al inicio de cada etapa escolar.

Al margen de la postal del recuerdo, Bordet atraviesa hoy una crisis que es el coletazo del paro docente. Por un lado, los gremios, por el otro, la firme decisión de la Nación de dejar en manos de paritarias provinciales la discusión de esos salarios y, finalmente como cierre, la conciencia de que no fue sino por decisión de un gobierno justicialista que se trasladó a las provincias, pero sin recursos, el manejo de la educación y la salud. Desde entonces y como consecuencia de ese pacto fiscal, hay pocas cosas que reprocharle a la Nación.

A un costado de la cuestión impositiva, se construye una de las dicotomías absurdas de conflicto es la polarización que se pretende entre escuela pública y escuela privada cuando en rigor a las privadas las sostiene en un margen de casi el 70 por ciento el Estado con lo cual el vínculo es casi similar al de las pública. No es otra cosa que el imaginario colectivo lo que las hace diferentes y cierto prejuicio demodé que muestra hasta qué punto estamos atados a ciertos pre conceptos.

Pero sin ninguna pretensión de caer en ese lugar común del versus escuela pública y privada, amerita que a diez años del mismo conflicto encontremos una solución de fondo que vaya más allá de lo salarial y que tenga como fin, además de buenos sueldos, garantizar buenas condiciones de trabajo amalgamadas a mejores planes de estudios y a un ineludible compromiso de los maestros con su función.

La última década estuvo signada por el conflicto gremial que en vez de abonar un reclamo con varias prioridades, quedó anclado al tema salarial, lo que le dio un tinte bastante pobre al tema.

No porque no sea válido el reclamo, sino porque a la educación que se pretende se le adeuda aún mucho más. ¿Por qué ninguno de los gremios docentes repudió al decisión de dictar clases en un sótano de una desvencijada escuela de Paraná?

¿Qué pasa con los gurises que van descalzos en el lodozal para llegar a su escuela después de varios kilómetros en el barro?

Quizás el campo, que sufre con los caminos rurales y las lluvias encuentre un común denominador de lucha con cada estudiante que queda empantanado sin llegar a la escuela.

Para cerrar, y más allá de las culpas en todo esto, lo cierto es que el paradigma público-privado no puede ser un eje de discusión cuando la pelea pasa por otro vértice.

Que los maestros deben ganar mejor no hay dudas, como tampoco las hay acerca de que su dirigencia debería poner en la carpeta de los reclamos algún par más de puntos para que la educación pública siga siendo la primera opción.

Finalmente, Bordet como Vidal están atravesados por un mismo conflicto que tiene un perfil político y social pero sustancialmente económico. Desde ese lugar las respuestas son pocas, y tan escasas que invitan a un revisionismo de todo el proceso donde seguramente todos tendrán algo que aportar para poner fin a un problema que lleva casi una década.

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