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Unos pocos pesos. . .

Los partidos políticos son la herramienta más poderosa de la democracia, toda vez que desde su estructura surgen las pautas cívicas que dan forma a las propuestas que pujan por gobernar un país. Roto el tradicional esquema bipartidista que caracterizó el país por largos años, el desafío de las nuevas fuerzas es sostenerse en una línea de tiempo en la que -más allá de triunfos o derrotas – imprima una opción válida que enriquezca el menú democrático.

Conforme se consolidó la democracia desde 1983 a la fecha, paradójicamente los partidos políticos fueron perdiendo el vigor. Un magro crecimiento en sus afiliaciones y una fuga masiva de las juventudes, conspiró contra el robustecimiento de estas fuerzas que han nutrido el debate, la escena y la vida institucional del país.

Del antagonismo de fuerzas a la construcción plural de un frente que sintetice varias expresiones han pasado pocos años, lo que demuestra que a la hora de las urgencias y de los resultados, las orgánicas y las doctrinas pueden ser mucho más flexibles de lo que parecen. Incluso superando a sus dirigentes.

Ciertos sectores tienen el privilegio de ver más lejos y vislumbrar, desde ese lugar, las estrategias apropiadas para no quedar fuera en la próxima elección. La mutación política ha dejado especímenes variados, algunos admirables por su versatilidad y otros, también destacados por su resistencia al paso del tiempo. De hecho, desde 1983 a la fecha, son dos o tres los nombres o apellidos que se alternan en el manejo de la cosa pública y al mismo tiempo en el enroque de evitar que otros ingresen a esa disputa en la que hay mucho para pocos.

Aceptar el axioma de la muerte de las ideologías, desde la concepción de Fukuyama hasta la noción más moderna aplicada por Carlos Menem, no es otra cosa que asegurar en una apretada síntesis que las ideologías ya no son necesarias y que han sido sustituidas por la economía.

En ese marco, justamente, y bajo la mirada atenta de algunos convencionales de la reforma constitucional de Ente Ríos, en 2008 es que promovieron una manda que garantizara el financiamiento de los partidos políticos.

Algunos, más inspirados que otros, actuaron bajo el entendimiento de la igualdad ante la ley y las garantías de participación de todos y para todos por igual. Otros, más perceptivos, empujaron el artículo a sabiendas de que los fuertes personalismos que había cimentado la política para sobrevivir, iban a ser los también los responsables de su futuro opaco.

En los hechos, y en la historia reciente, la decisión de cerrar las puertas de las casas peronistas, ocultar su simbología y hacer a un lado la marchita, fueron parte de un vaciamiento ideológico que alimentó un personalismo: El mismo que lo llevó luego a la derrota.

El artículo 29 de la Constitución sancionada en 2008, en medio del desprendimiento político de Urribarri y Busti, dejó establecido que la provincia "contribuye a sostener los partido políticos mediante un fondo partidario permanente y que los partidos políticos destinarán parte de los aportes públicos que reciban a actividades de capacitación e investigación, debiendo rendir cuentas periódicamente del origen y destino de sus fondos y de su patrimonio".

La letra de los convencionales nunca llegó, como muchos de los institutos, a reglamentarse, pero en este caso puntual, la ausencia de una reglamentación conspiró contra el oxígeno que muchos partidos necesitan para sobrevivir.

La discusión siempre se subestimó porque los aportes del Estado por los votos, subsumió un debate que sigue latente y que imprime más igualdad entre los que pujan por ser elegidos.

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