Columnistas Ver todas las columnas

2017, el año del optimismo

Cuesta encontrar indicadores firmes de que se ha tocado fondo, pero éste pareciera ser el consenso

Todos los indicadores económicos que dio a conocer el INDEC durante la semana pasada pintan un panorama bastante desolador para la economía. El PBI se contrajo 3,4% en el segundo trimestre, el EMAE indicó que la actividad siguió cayendo en julio y la producción industrial se desplomó en agosto. El indicador positivo, la reversión de signo en la balanza comercial, también parecería indicar cierta debilidad interna, que impulsó una suba de las exportaciones y una caída de las importaciones. El corolario nefasto lo aportó el dato de que hay 32% de argentinos bajo la línea de pobreza. Un dato que volvió a publicar el INDEC y que no hace más que ratificar las cifras que desde hace años difundía el Observatorio de la Deuda Social publicado por la UCA.

A la malaria de los indicadores, el gobierno, los economistas y el mercado financiero les responden que el futuro será mejor. Que la economía ya tocó fondo. No están solos: también las encuestas de opinión recogen ese optimismo entre la gente de a pie.

El gobierno ha hecho explícito su optimismo en el proyecto de Ley de Presupuesto para el año 2017, con proyecciones económicas que a la luz de los resultados recientes lucen optimistas: un crecimiento real del PBI de 3,5%, una tasa de inflación de entre 12 y 17%, y un tipo de cambio promedio para el año de 17,92 (que representaría una depreciación del peso de 16% en 2017). Números que sugieren una reversión importante de las tendencias recientes.

Este optimismo es compartido por el común de los economistas, que a pesar de sostener algunas reservas para con el déficit fiscal, pintan un horizonte que no dista mucho del que pinta el gobierno. Ni el Relevamiento de Expectativas del Mercado que realiza el Banco Central, ni el consenso de 20 economistas que recoge el sistema Bloomberg se alejan demasiado de las expectativas del gobierno en cuanto a crecimiento y tipo de cambio, aunque son más escépticos en lo relativo a la inflación.

Los economistas se entusiasman con la enumeración de brotes verdes, los indicadores que anticipan tendencias, y que por repetidos ya aburren: aumento de los despachos de cemento, en los patentamientos, en el empleo según las cifras que maneja la ANSES, y disminución de la inflación núcleo y de la tasa de interés.

Factores, éstos, que mantienen encendido el interés de los mercados financieros por los papeles argentinos. Quizás sea éste el principal sostén del optimismo: el apoyo externo para el experimento Macri es incondicional. De los mercados, el FMI y el G-20. Al punto que ha tolerado con estoicismo el festival de bonos que le ha brindado un equipo económico que insiste en que no volverá a los mercados este año, para volver a caer en la tentación con prontitud. Esta semana fueron más de 60 mil millones de pesos en bonos con vencimiento a 2 y 5 años. La semana entrante habrá una colocación de bonos en euros. Con todo, el mercado no afloja y, aún sabedor de que el año que viene las emisiones continuarán a toda marcha, confía en que el gobierno logrará encarrilar el curso.

Este optimismo marca un contraste notable con la sucesión de titulares negativos y conduce a una pregunta obligada: ¿qué es lo que no vemos?

Quizás lo que no vemos sea intangible, y sea la continuidad de la esperanza que llevó a Macri a ser electo y que luego despertó el interés externo. Y quizás esa esperanza tenga fuerza para doblegar el temor que debería despertar (y despierta, en algunos economistas) el combo de política monetaria estricta y política fiscal laxa. El beneficio institucional que trae aparejado tener un Banco Central independiente, con un foco explícito en bajar la inflación, tiene el costo asociado de que las necesidades fiscales del Tesoro, que no son pocas, deban cubrirse ya no con emisión monetaria, sino con deuda.

Cuesta creer que este combo no tenga efectos secundarios sobre el tipo de cambio (con un flujo entrante de divisas que lo retrasa) y sobre el crédito interno (retraído mientras persistan las tasas de interés altas). Efectos que en definitiva podrían desincentivar las inversiones a largo plazo, retrasando así la recuperación económica y extendiendo riesgosamente el déficit fiscal.

Pero esta es la teoría. La que nos hace dudar. Aunque crecer con menor inflación parezca improbable, en la Argentina de la intangible esperanza para muchos es posible.

¡Comentá esta nota!

Para escribir un comentario, antes deberás seleccionar una identidad.

[X]

* 600 caracteres disponibles

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.