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Campaña sucia

Cada vez que hay elecciones, se repite la acusación de que la campaña es sucia, aunque quizás lo sea a pedido de la sociedad

El Brexit y las extremas derechas en Europa, la crisis política en Brasil, la polarización en Chile, Venezuela y hasta en la históricamente flemática política de los EE.UU., constituyen ejemplos visibles de una etapa de crisis política en gran parte de occidente.

Una crisis que puede atribuirse a la falta de representación que los ciudadanos sienten en la clase política, pero que también parece provenir de algo más profundo que a la vez causa esa falta de representación. El sistema está revuelto y pareciera necesitar de dosis crecientes de agresividad para sostenerse.

No sólo los políticos parecen haberse vuelto locos en su agresividad; su locura es una respuesta a la voracidad ciudadana. Acostumbra decirse que, para mantener un ambiente cordial durante un encuentro de amigos, lo mejor es no hablar de política o de religión. En la sociedad secularizada del siglo XXI, a casi nadie le interesa ya discutir sobre religión.

Pero con la política, la cosa cambia. Una opinión favorable al Gobierno o a Cristina Fernández desata de inmediato una fervorosa reacción de apoyo o de rechazo en otra persona. Kirchnerista o Macrista han devenido en insultos cuando son emitidos por partidarios del signo contrario, y derivarán en una discusión acalorada que amargará la velada de quienes participen en la reunión en que se emitan. Una mirada, aunque más no fuera de soslayo, al programa Intratables, hará hervir la sangre de quienes lo estén mirando. Algo similar ocurre con los programas de Jorge Lanata, fundador de eso que ha dado en llamarse grieta – una creación muy efectiva para aumentar la audiencia, pero muy negativa para la construcción social.

Lo curioso del caso es que aunque en apariencia las discusiones abundan en contenido ideológico, de lo que menos acaba por discutirse es la ideología. Porque aunque los precitados términos de kirchnerista o macrista parecieran contener mucha ideología en sí mismos, como las calificaciones de zurdo o gorila lo hacían antes, han pasado a ser más una forma despectiva de descalificar la opinión ajena resaltando una cualidad del opinante por sobre una referencia concreta a su pensamiento.

Durante la campaña electoral, la falta de contenido y la virulencia verbal ampliadas se hacen más visibles. Los políticos viven de ganar elecciones, y buscan dar a sus electores lo que éstos piden. Y al parecer, lo que piden es cada vez más emoción, más violencia, más imagen? y menos razón. Así se repite, campaña tras campaña, la campaña sucia. La cuestión es tratar al otro de traidor, oportunista, corrupto o insensible. Cada cual sabrá a quién atribuye estos epítetos.

Así, hasta la acusación de sucia que se endilga a las campañas pierde sentido. Lo que se dice en la campaña interesa a poca gente. Gran parte del electorado ni se entera de las palabras ni de las acusaciones, pero presta mucha atención a la emoción, a la imagen. Mientras los analistas desmenuzan cada discurso, la gente se queda con lo que sintió.

Cuando la gente cree en la grieta, siente y elige en función de la identificación o del rechazo. Aunque las fidelidades ideológicas son cada vez más débiles, la fidelidad a las figuras luce cada vez más fervorosa. Todo lo que haga o diga mi candidato está bien. Todo lo que haga o diga el otro es terrible.

Gestión y campaña son cuestiones muy distintas. No es que la gente sea tonta, sino que se comunica y de mira cosas que nada tienen que ver con las de hace 20 años. Formas que requieren más respuestas contundentes e inmediatas y que dejan poco lugar a la duda o la paciencia. El Brexit, o Trump, pueden haber sido decisiones del momento, aunque sus consecuencias sean de largo aliento. ¿Fueron fruto de un hartazgo social o de una campaña exitosa?

Hay quienes ven en la campaña sucia un signo de decadencia, pero parece ser más bien un signo de este tiempo. La moción para desplazar a De Vido es parte de eso: mostró con claridad ambos lados de la grieta y a los candidatos les sirvió para exhibirse con claridad. Existe porque la suciedad en la campaña es una forma de emitir mensajes contundentes mientras se pone uno la cara de oveja, o una forma de decir nada, pero decirlo con enorme convicción. En eso ha devenido la política. Lo que no es ni mejor ni peor en sí mismo, sino que la adaptación a lo que los tiempos violentos y de satisfacción inmediata demandan.

Queda rogar que la racionalidad les llegue a quienes ganen, cuando les toque legislar o gobernar.

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