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Diálogo de sordos

Cabe preguntarse si una convocatoria al diálogo puede, de una buena vez, cosechar algún éxito

¿Para qué puede servir un llamado al diálogo entre Gobierno, sindicatos y empresarios? No es la primera vez que una iniciativa de este tenor intenta llevarse a cabo. Los antecedentes, en nuestro país, no son favorables a este tipo de iniciativas. En muchas ocasiones por intereses sectoriales irreconciliables, y en muchas otras por intereses personales, no del todo alineados con los intereses sectoriales, el diálogo no ha resultado en un acuerdo concreto que pudiera perdurar.

El hecho de que en esta ocasión la sugerencia de la Iglesia al Gobierno para que éste realice una convocatoria apunta a recrear una cultura del diálogo que estuvo varios años en desuso. Se apuró monseñor Arancedo en aclarar que la constitución de la Mesa del Diálogo en 2001 se dio en un contexto de acefalía, distinto de la situación actual en que corresponde al Gobierno hacer la convocatoria y a la Iglesia simplemente ofrecer un "espacio de encuentro" ni "un clima convulsionado".

Ni siquiera la intervención de la Iglesia basta para borrar el escepticismo que despierta una convocatoria al diálogo como la que ahora se intenta llevar a cabo. Convocatorias similares en el pasado resultaron mayormente infructuosas por la desconfianza, que muchos consideran natural, entre las partes. Una desconfianza que parte del hecho de que en nuestro país muchas veces las cosas son bastante distintas de lo que parecen y la tarea que a cada uno compete no es la que necesariamente realiza.

Es demasiado largo el tiempo que los sindicalistas llevan más preocupados por transar su capacidad de choque a cambio de aportes a las obras sociales que por las negociaciones salariales en sí. Como también es demasiado prolongado el período durante el cual muchas empresas han vivido a costa de un estado que las contrata y las protege de la competencia. Y desde siempre parece que quienes ocupan cargos en el Gobierno se enriquecen negociando con las otras partes.

Desde este punto de partida escéptico, la convocatoria no parece que tenga chances de generar mucho más que una buena foto.

Por lo pronto, el diálogo empieza casi roto por la decisión del Comité Central Confederal de la CGT unificada de llamar al primer paro general contra el gobierno de Mauricio Macri, que promete llevar a cabo en algún momento de octubre.

Los sindicalistas convocan a un paro por razones económicas y por la "falta de respuesta" del Gobierno. Una crítica curiosa, pues el llamado al paro llega sólo un día después del llamado de la Iglesia a dialogar y a pocos días de una reunión que los dirigentes sindicales tendrán con el Gobierno el próximo jueves. Pero no solo por eso es curiosa la crítica. Parece extemporáneo levantar ahora un reclamo por la cuestión económica: hace dos meses que el empleo viene creciendo, la inflación cayendo y el salario real ganando terreno.

Llegar a la mesa del diálogo con un paro anunciado no parece una buena carta de presentación para aspirar a que el diálogo prospere. Pero es coherente con la histórica forma de operar de los líderes sindicales, acostumbrados a esta estrategia de disparar primero y dialogar después. Es probable que la detención de Omar "Caballo" Suárez por pecados a los que los otros líderes sindicales no se deben sentir tan ajenos sea parte de esta animosidad interesada.

La Iglesia se ha involucrado no para convocar, que eso ha dejado en claro que corresponde al Gobierno, sino para promover un "espacio de encuentro".

Aspirar a conseguir un consenso al estilo del Pacto de la Moncloa con el fin de consolidar el proceso de normalización de la economía, tendiente a reducir la inflación y a generar crecimiento y más empleos, luce como un objetivo demasiado lejano.

Una convocatoria al diálogo debería constituir una buena noticia para una Argentina en la que el diálogo era una rareza. Sin embargo, los participantes no demuestran entusiasmo alguno por la oportunidad que se les abre. El bienestar común parecería representarles un objetivo demasiado etéreo.

A la luz de los tropiezos con que empieza el camino del diálogo, será difícil superar el escepticismo que su convocatoria despierta.

La CGT unificada determinó que el primer paro general contra el gobierno de Mauricio Macri tendrá lugar durante octubre, aunque no estableció aún una fecha precisa para el mismo.

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