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El 32% no es único en el mundo

Trabajos académicos recientes demuestra la relación entre el estancamiento global y la concentración de la riqueza

Ocho años pasaron desde la crisis financiera global. Ocho años durante los cuales los estados nacionales y los bancos centrales de los países desarrollados se ocuparon de crear condiciones de liquidez tales que permitieran evitar un colapso como el que el mundo había sufrido en 1930. El resultado, dicen quienes tuvieron a su cargo esta tarea, ha sido exitoso: se logró evitar un gran colapso de la economía.

Algunos grandes detractores, sin embargo, dicen que las intervenciones no resolvieron el fondo del problema, esto es, el exceso de deuda. Apenas si reemplazaron deuda privada por deuda pública.

Pero otro grupo, casi inaudible en los medios, reclama que los ingentes esfuerzos monetarios y fiscales sólo han servido para proteger los beneficios de aquellos privilegiados por el sistema económico. Sospecha de la amenaza del colapso que se dice haber evitado y a la vez observa que los resultados en materia de crecimiento económico no han sido satisfactorios. En los últimos 8 años, la tasa promedio de crecimiento de los países desarrollados ha oscilado entre 1% y 1.5% y la inflación ha sido menor a 1% a pesar de la gran cantidad de dinero emitido.

Este grupo mira con recelo el hecho de que quienes más tienen no sólo parecen tener cada vez más. Realmente tienen cada vez más, como lo detecta un número creciente de estudios académicos y bases de datos que intentan reflejar lo que parece evidente. Quizás la parte más curiosa de este esfuerzo de la academia radique en que recién en el último lustro comenzó a preocuparse por el asunto y a concederle un peso importante en la explicación de problemas centrales de las economías desarrolladas.

La Base de Datos de los Mayores Ingresos (en inglés, World Top Incomes Database), que cubre 29 países, ha detectado, por ejemplo, que en los EE.UU. el 0,01% de la población recibe el 3,1% del ingreso (0,5% en 1970), y que el 1% de mayores ingresos se queda con el 18% de la torta (7,7% en 1970). Del otro lado de la distribución, el 90% de menores ingresos se reparte el 53% del ingreso nacional (68,1% en 1970). Cómo estos cambios no provocaron una reacción violenta de los más afectados lo explica el auge de la deuda, que se triplicó como porcentaje del PBI entre 1970 y 2015 y "confundió" a quienes "financiaron" su consumo con una sensación de bienestar que no provenía de mayores ingresos.

El auge de la investigación en este campo tiene que ver con que comienza a presentirse que el estancamiento está vinculado con la inequidad en la distribución del ingreso. Una gran parte de la expansión monetaria y fiscal beneficia a personas cuya propensión marginal a consumir es bajísima.

Algo no funciona bien, dice el papa Francisco en su Carta Encíclica Laudato Si, cuando denuncia que "los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto?".

Algo no funciona bien, parecen decir las poblaciones de distintos países cuando rechazan decisiones gubernamentales que parecen sensatas y amenazan adoptar otras decisiones que parecen insensatas. El Brexit, el rechazo al acuerdo de paz en Colombia y la inesperada cercanía de Donald Trump en las encuestas pueden parecer fenómenos aislados unos de otros, pero no carecen de tintes comunes. Hay una concentración de la riqueza en pocas manos que parecer comenzar a sobrepasar lo que las mayorías parecen dispuestas a tolerar. El rechazo termina por reflejarse, quizás, donde no debería reflejarse. Pero las opciones para demostrarlo no son demasiadas.

En nuestro país, el INDEC acaba de golpearnos en la cara con una cifra inaceptable: 32% de los argentinos vive debajo de la línea de pobreza. Todos los falsos índices de éxito que se exponían como trofeos resultaron ser un fracaso. No los necesitábamos. Bastaba con recorrer los alrededores de Concordia, Rosario o Buenos Aires para encontrarnos con los datos reales.

También acá ese índice jugó su papel en diciembre del año pasado. Es obligación del gobierno y de toda la dirigencia aprender a balancearse entre el populismo irresponsable y la eficiencia descorazonada para dar esperanza a ese 32%. Que no consiste en un mero número sino que trata de personas de carne hueso.

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