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El éxodo a Chile o el alto costo argentino

El éxodo masivo a Chile durante este fin de semana debería llevar a rever la política comercial e industrial

Poco eco ha tenido la noticia de que el gobierno reducirá a cero el arancel para la importación de computadoras, notebooks y tablets. Más allá de las protestas esperables de los fabricantes locales y de algunos oportunistas opinólogos de la oposición, que dicen defender los puestos de trabajo, la onda expansiva de la noticia se diluyó rápidamente.

Es más, ni siquiera hubo demasiadas vinculaciones entre esta noticia y la novedad de este fin de semana: 30.000 turistas argentinos están aprovechando el fin de semana largo para cruzar a Chile a aprovisionarse de todo tipo de bienes manufacturados que en el país vecino cuestan mucho menos que en Argentina.

Algo anda mal si aún después de prorratear el costo de viajar y alojarse en el exterior, el producto comprado en el extranjero sigue siendo más barato que en el país. Mucho hay de contrabando, por cierto, en estas excursiones. Pero incluso quienes declaran y pagan todos los aranceles debidos, generan ahorros respecto de los precios locales. Las entrevistas televisivas en la frontera con Chile muestran que el interés responde a todo tipo de productos: ropa, electrónica, muebles y grifería, entre otros.

Para los fabricantes locales, internet debe ser el demonio mismo. A solo un click, cualquier persona puede comparar precios no solo entre proveedores locales, sino entre éstos y cualquier comercio del exterior. En ocasiones, las diferencias de precio indignan.

Esta corroboración irrefutable es contestada por las cámaras industriales y por los economistas de sesgo desarrollista con la proverbial explicación de que la culpa la tiene el atraso cambiario.

Sin embargo, la historia poco favor hace a esta explicación. De hecho, pese a que luego de la crisis de 2001 el tipo de cambio trepó hasta niveles que hoy representarían una cotización de $30 por dólar, la competitividad de largo plazo de la industria nacional no mejoró. Aún las empresas que más reclaman hoy por el atraso cambiario no utilizaron las ganancias extraordinarias que generó aquella anomalía para reinvertir en el país, sino que se expandieron en el exterior. Y lo hicieron con razón, porque a aquella buena época le sucedieron los años del híperintervencionismo de Moreno y Kicillof y un atraso cambiario demoledor.

Pero lo cierto es que el tipo de cambio real es una variable volátil en todos los países y no es la variable más importante a la hora de determinar la competitividad del sector industrial ni de atraer inversiones. La realidad es que el tipo de cambio es apenas la variable fácil, y son otros factores directos e indirectos que influyen en la estructura de costos aquellos que hacen más o menos atractivo a un país como destino para instalar una operación.

El costo salarial, el costo de los fletes, el costo financiero y el costo tributario, son factores que influyen de manera directa sobre tal decisión. Todos estos son muy superiores a los que enfrentan los industriales brasileños, mexicanos y sobre todo los asiáticos. La solidez de las regulaciones y de las instituciones son factores igualmente relevantes, en los que también corremos con años de desventaja.

No es solo una cuestión de tipo de cambio. De hecho, los años buenos ocurrieron con un tipo de cambio que hoy sería insoportable para el resto de la sociedad. Y que la historia dice que ni siquiera garantizaría reinversiones masivas de las ganancias.

No hubo grandes críticas a la idea de bajar el arancel a la importación de PC, notebooks y tablets. Desde el sector reclamaron por los 5500 puestos de trabajo en riesgo. Pero millones de argentinos usan computadoras y se verán favorecidos por su menor precio. La realidad es que lo mismo ocurriría con muchísimos otros productos.

Un economista libertario optaría por la solución darwinista de abrir la economía y dejar que subsistan solo aquellos sectores y empresas que son competitivos. No parece viable desde el punto de vista político ni tampoco en el contexto del Mercosur.

Pero en Chile, donde no hay industria manufacturera, los precios son mucho menores que acá, donde los fabricamos. Solo esto debería provocar un debate estratégico. Hay muchos puestos de trabajo en juego. Pero también hay mucho costo argentino en el proteccionismo que fuerza a toda la sociedad a pagar de más por los bienes protegidos.

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